En algún momento de la existencia leí que la vida es un parpadeo entre dos eternidades y esto me causo un impacto. Antes de nacer y después de morir. Cuando veo pasar el tiempo de los humanos siento que cada vez estamos más cerca de la otra frontera de la eternidad.
El hombre con el trascender del tiempo se aproxima cada vez más a dar ese gran salto. La vida es el camino que une la frontera entre lo que antes no era y lo que después ya no es. Es el camino entre tener conciencia del universo y el perder esa conciencia. Si no existiese la vida inteligente el universo no existiese. Basta una conciencia humana para que el universo exista. Será esto la aproximación al concepto de eternidad?
Somos seres vivos y concientes y hemos sido construidos para vivir unos 70 años. Este es el reto que nos da la vida para entender el universo y para entender su eternidad. Luego nos sumiremos en algo desconocido, pero que se intuye. Vamos inexorablemente hacia el fin del universo. Somos criaturas eternas con un momento de vida para disfrutar.
Después, ya no seremos, haremos parte de la nada y haremos parte del todo en el universo.
Existen dos concepciones para adentrarse en la comprensión de la eternidad, la que se fundamenta en la luz de la fe y la que se interpreta a la luz de la razón. Para esta última la eternidad es un espacio que no tiene principio ni tiene fin, es una perpetuidad y dentro de este se mueve el hombre bajo sus dos formas materia y espíritu.
La física moderna, de tendencia más bien eternalista, describe el comienzo físico del universo como una gran explosión, o Big Bang. La NASA ha sido capaz de verificar la época del origen del universo a partir de la reciente detección de la radiación de fondo emanada por el Big Bang. El tiempo, el espacio y la materia surgieron hace alrededor de 13 mil millones de años.
El concepto de eternidad (del latín aeternitas), relacionado con el de inmortalidad, se refiere popularmente, unas veces a una duración infinita y sin límites, y otras designa una existencia sin tiempo o fuera del tiempo. Es el trabajo de la ciencia en su objetividad, racionalidad y sistematicidad.
En ciertas religiones, la eternidad es la vida del alma después de la muerte. Primero fueron las religiones, después la ciencia. La búsqueda de la inmortalidad o del elixir de la eterna juventud existe desde que la humanidad es consciente de que es mortal. Las culturas primitivas consideraban que la sangre de los animales transmitía energía vital y por eso se la bebían. Los egipcios desarrollaron buena parte de su cultura en la creencia de que el faraón era un ser inmortal, de ahí la importancia que daban a la construcción de las pirámides y a todo el proceso de momificación.
Isaac Asimov trata el tema de eternidad, en su obra: El Fin de la Eternidad, novela de ciencia ficción. Trata el tema de una sociedad capaz de viajar a través del tiempo. La historia se desarrolla en un insólito mundo de hombres viajeros del tiempo llamados Eternos, organizados en extrañas jerarquías y rangos, que se reclutan entre las diferentes épocas de la historia humana a partir del siglo XXVII.
La Eternidad es un lugar y una organización que existe más allá del tiempo. Está compuesta de humanos que son reclutados de diferentes momentos de la historia de la humanidad, desde el siglo XXVII. Los Eternos tienen la capacidad de, por medios tecnológicos, entrar y salir en casi cualquier punto de la corriente temporal y viajar por ella, alterándola.
Los ensayos que se han hecho sobre la eternidad siempre nos dejan en esa incapacidad de comprender que hay más allá del universo y que sigue después de haber caminado entre las dos fronteras enunciadas.
El hombre es eterno por su pensamiento, porque es capaz de observar, verificar y comprobar. El hombre es inmortal durante su vida misma, pero un día el universo le reclama toda su energía y se la lleva para si. Que bella eternidad.
SOMOS POLVO DE ESTRELLAS
8 de julio de 2011
EL ECO DE LA VIDA
La vida es un presente que se extingue en el tiempo. Todos llevamos algo de afán para vivirla y comprenderla, y esto es el reflejo de la forma como la hemos conducido. Así como el eco nos devuelve las palabras que lanzamos, la vida nos devuelve lo que hemos sembrado en ella, lo bueno o lo malo.
Cuando hablamos cosas que hieren al humano estamos generando situaciones que se devuelven en algún momento de la existencia. El eco es la repetición de un sonido al chocar sus ondas sonoras contra una superficie sólida y regresar al lugar de la emisión con la fuerza y la tardanza suficientes para que se perciba como un sonido distinto del original, como sucede a veces en ciertas montañas, valles o plazas. Lo mismo ocurre con el acto humano. El ruido producido por el daño se expande socialmente y esto produce desacierto y desconfianza.
Por eso creo que la tardanza, en la acción solidaria hacia los demás, se refleja en una forma contraria que menoscaba a la vida misma y a la sociedad en la que militamos. La vida nos devuelve todo lo que decimos o hacemos. Por eso, nuestra vida es el reflejo de nuestro actuar.
Ante un mundo convulsionado se requiere poner más amor y dedicación para con los humanos. La violencia se ataca con sobredosis de amor y este debe ser sembrado en todos los rincones del mundo como estrategia de convivencia. Si deseamos felicidad habremos de darla a todos para que la vida nos la devuelva como el eco.
Cuando construyo bienestar y calidad de vida habré de encontrar algo que viene de rebote. La felicidad la devuelve la vida cuando damos más de lo que recibimos. Pero cuando busco la de los demás, haciendo el bien, la encuentro como el eco, de rebote, recojo lo que siembro.
Estaré alegre cuando busco la alegría de los que me rodean. Si quiero una sonrisa en mi alma, he de sonreír a quienes tengo a mi lado, cada día. La vida me devolverá lo que he dado, como el eco. Esto se aplica a todo en la vida: a la belleza, la verdad y la bondad. Por mucho que vayamos por el mundo buscando la belleza, no la encontraremos nunca si no la llevamos con nosotros.
En nuestras vidas, muchas veces tenemos que resguardarnos por algún tiempo y comenzar un proceso de renovación para continuar un vuelo de victoria, debemos desprendernos de costumbres, tradiciones y recuerdos que nos causaron dolor.
Solamente libres del peso del pasado podremos aprovechar el resultado valioso que una renovación siempre trae. El eco de la vida es el bumerán que nos devuelve lo que sembramos durante ella, es el proceso de cosechar actos de inteligencia y de gratificación o de amarguras y sinsabores.
La vida nos da de regreso exactamente lo que le hemos dado. Nos devuelve todo lo que decimos y hacemos. Si no nos gusta lo que recibimos de regreso, debemos revisar bien lo que estamos dando.
Cuando hablamos cosas que hieren al humano estamos generando situaciones que se devuelven en algún momento de la existencia. El eco es la repetición de un sonido al chocar sus ondas sonoras contra una superficie sólida y regresar al lugar de la emisión con la fuerza y la tardanza suficientes para que se perciba como un sonido distinto del original, como sucede a veces en ciertas montañas, valles o plazas. Lo mismo ocurre con el acto humano. El ruido producido por el daño se expande socialmente y esto produce desacierto y desconfianza.
Por eso creo que la tardanza, en la acción solidaria hacia los demás, se refleja en una forma contraria que menoscaba a la vida misma y a la sociedad en la que militamos. La vida nos devuelve todo lo que decimos o hacemos. Por eso, nuestra vida es el reflejo de nuestro actuar.
Ante un mundo convulsionado se requiere poner más amor y dedicación para con los humanos. La violencia se ataca con sobredosis de amor y este debe ser sembrado en todos los rincones del mundo como estrategia de convivencia. Si deseamos felicidad habremos de darla a todos para que la vida nos la devuelva como el eco.
Cuando construyo bienestar y calidad de vida habré de encontrar algo que viene de rebote. La felicidad la devuelve la vida cuando damos más de lo que recibimos. Pero cuando busco la de los demás, haciendo el bien, la encuentro como el eco, de rebote, recojo lo que siembro.
Estaré alegre cuando busco la alegría de los que me rodean. Si quiero una sonrisa en mi alma, he de sonreír a quienes tengo a mi lado, cada día. La vida me devolverá lo que he dado, como el eco. Esto se aplica a todo en la vida: a la belleza, la verdad y la bondad. Por mucho que vayamos por el mundo buscando la belleza, no la encontraremos nunca si no la llevamos con nosotros.
En nuestras vidas, muchas veces tenemos que resguardarnos por algún tiempo y comenzar un proceso de renovación para continuar un vuelo de victoria, debemos desprendernos de costumbres, tradiciones y recuerdos que nos causaron dolor.
Solamente libres del peso del pasado podremos aprovechar el resultado valioso que una renovación siempre trae. El eco de la vida es el bumerán que nos devuelve lo que sembramos durante ella, es el proceso de cosechar actos de inteligencia y de gratificación o de amarguras y sinsabores.
La vida nos da de regreso exactamente lo que le hemos dado. Nos devuelve todo lo que decimos y hacemos. Si no nos gusta lo que recibimos de regreso, debemos revisar bien lo que estamos dando.
ACERRIMO EN EL CHISME
Cuando el hombre necesitó comunicar sus experiencias cotidianas, gracias a su desarrollo biológico, psíquico y social, creó su propio lenguaje y escritura. A partir de allí dio comienzo a su ascenso hacia la escala superior, desde el punto de vista de las otras especies vivas.
Los impactos producidos por su entorno o medio ambiente se fueron plasmando a través de expresiones fantásticas que se construyen alrededor del mito. El hombre mítico fundamentó su sentimiento en la poesía. La explicación de los fenómenos naturales fue esculpida en concepciones nacidas del instinto y del conocimiento sensorial.
En su forma inicial el ser humano buscó entender su mundo y su universo por medio de lo que le entregaban sus sentidos. En una etapa superior desarrolló el conocimiento filosófico y en la actual hace su soporte en el conocimiento científico.
Las vivencias sucedáneas las registra por medio de expresiones que producen avance social o por medio de otros que suscitan vacío existencial. En cada momento se vuelve vehemente en registrar sus sensaciones. Se convierte en un ser acérrimo, muy firme y entusiasta, intransigente y extremado.
Las expresiones que suscitan vacío existencial caen en las denominadas: habladurías sin sentido. Aparece el acérrimo del chisme, el que dice cosas insignificantes e inútiles. El que perturba la construcción de métodos y de modelos sociales para una vida mejor, el que produce actos y palabras sin sentido o improductivos.
El lenguaje productivo en sus más diversas expresiones, es una actividad eminentemente social, que se hace presente en la vida cotidiana del hombre. Es un aspecto central de su vida que lo ayuda a diferenciarse del resto de los seres vivos ya que él es el único capaz de producirlo y disfrutarlo. El arte de decir y de escribir cosas, en beneficio del hombre, ocupa un lugar destacado para todos, es parte de la experiencia pública, ya que a través de él se manifiesta la propia cultura.
Es sabido que el hombre posee distintos niveles de actividad, algunas de ellas están referidas a lo utilitario, otras a lo científico y otras a lo artístico. La actividad utilitaria responde en primera instancia a una necesidad de subsistencia y producción para la subsistencia. La actividad científica apunta a satisfacer una necesidad de conocimiento estricto y riguroso que debe fundamentarse y demostrarse. La actividad artística, múltiple e integradora, tiene distintas funciones en diversas culturas, épocas históricas y grupos sociales, pero quizás la más importante sea la de lograr comunión, producir armonía en la personalidad, dar placer, reflejar la vida y la realidad, reflejar conflictos internos o sociales, estructurar la moral y desarrollar la capacidad creadora, base de todo nuevo descubrimiento científico que ayuda a satisfacer y mejorar la subsistencia.
En el hombre deberá prevalecer el espíritu integrador, defensor de ideales y formas de vida racionales, fundamentadas en la sobriedad y el decoro. Se debe ser acérrimo en la determinación de modelos que produzcan más bienestar y estados de paz. El hombre que desarrolla su vida sobre la concepción de la suspicacia en el hablar y en el actuar no es el hombre para nuestra época. Démosle una lección para que nos acompañe en el otro proceso cual es el de la construcción de estrategias para que el acto humano sea eminentemente racional y humanizante, alejado de las futilerías y de las cosas inútiles fundamentadas en el chisme o en el vicio de hablar paja. El acérrimo del chisme no debe hacer parte de la sociedad actual. Estamos de acuerdo?.
Los impactos producidos por su entorno o medio ambiente se fueron plasmando a través de expresiones fantásticas que se construyen alrededor del mito. El hombre mítico fundamentó su sentimiento en la poesía. La explicación de los fenómenos naturales fue esculpida en concepciones nacidas del instinto y del conocimiento sensorial.
En su forma inicial el ser humano buscó entender su mundo y su universo por medio de lo que le entregaban sus sentidos. En una etapa superior desarrolló el conocimiento filosófico y en la actual hace su soporte en el conocimiento científico.
Las vivencias sucedáneas las registra por medio de expresiones que producen avance social o por medio de otros que suscitan vacío existencial. En cada momento se vuelve vehemente en registrar sus sensaciones. Se convierte en un ser acérrimo, muy firme y entusiasta, intransigente y extremado.
Las expresiones que suscitan vacío existencial caen en las denominadas: habladurías sin sentido. Aparece el acérrimo del chisme, el que dice cosas insignificantes e inútiles. El que perturba la construcción de métodos y de modelos sociales para una vida mejor, el que produce actos y palabras sin sentido o improductivos.
El lenguaje productivo en sus más diversas expresiones, es una actividad eminentemente social, que se hace presente en la vida cotidiana del hombre. Es un aspecto central de su vida que lo ayuda a diferenciarse del resto de los seres vivos ya que él es el único capaz de producirlo y disfrutarlo. El arte de decir y de escribir cosas, en beneficio del hombre, ocupa un lugar destacado para todos, es parte de la experiencia pública, ya que a través de él se manifiesta la propia cultura.
Es sabido que el hombre posee distintos niveles de actividad, algunas de ellas están referidas a lo utilitario, otras a lo científico y otras a lo artístico. La actividad utilitaria responde en primera instancia a una necesidad de subsistencia y producción para la subsistencia. La actividad científica apunta a satisfacer una necesidad de conocimiento estricto y riguroso que debe fundamentarse y demostrarse. La actividad artística, múltiple e integradora, tiene distintas funciones en diversas culturas, épocas históricas y grupos sociales, pero quizás la más importante sea la de lograr comunión, producir armonía en la personalidad, dar placer, reflejar la vida y la realidad, reflejar conflictos internos o sociales, estructurar la moral y desarrollar la capacidad creadora, base de todo nuevo descubrimiento científico que ayuda a satisfacer y mejorar la subsistencia.
En el hombre deberá prevalecer el espíritu integrador, defensor de ideales y formas de vida racionales, fundamentadas en la sobriedad y el decoro. Se debe ser acérrimo en la determinación de modelos que produzcan más bienestar y estados de paz. El hombre que desarrolla su vida sobre la concepción de la suspicacia en el hablar y en el actuar no es el hombre para nuestra época. Démosle una lección para que nos acompañe en el otro proceso cual es el de la construcción de estrategias para que el acto humano sea eminentemente racional y humanizante, alejado de las futilerías y de las cosas inútiles fundamentadas en el chisme o en el vicio de hablar paja. El acérrimo del chisme no debe hacer parte de la sociedad actual. Estamos de acuerdo?.
ESENCIA DEL HOMBRE
En todo momento de la existencia del hombre se plasman experiencias que determinan su trascendencia hacia estados superiores. La condición de ser racional le permite moverse entre alternativas de beneficio y alternativas de daño.
Todo individuo progresa con cada día que pasa y esto se refleja en la sociedad en que se desenvuelve. Cada vez, en la dinámica humana se pasa de situaciones inferiores de bienestar a condiciones superiores. Por medio del conocimiento ha logrado crear estructuras para el mejoramiento de la condición humana, pero se ha olvidado de hacer partícipes a sus semejantes. Cuando aplica conocimiento a la solución de sus problemas le es más fácil su supervivencia, por eso hay que aprender a aprender.
La esencia del hombre como ser racional consiste en que desarrolle su potencial construyendo, a partir de la experiencia acumulada por las generaciones pasadas. Quiere decir esto que el conocimiento es transferible y por ende la solución de problemas también.
Una persona va formando su esencia a lo largo de su experiencia en la vida, modificando y corrigiendo aquellos factores que por su experiencia son incorrectos. Por ejemplo, si todas las personas estuviésemos regidas solo por el medio que nos envuelve seriamos todos iguales ya que el medio es igual para todos, es decir, que todos los que vivan dentro de una zona determinada estarán influidos de la misma manera y se comportarán todos de la misma forma.
Muchos errores se cometen por ignorancia de la historia y esa ignorancia sirve también de arma tanto defensiva como ofensiva de quienes no están interesados en el conocimiento de la verdad sino en la confusión entre verdad y error, entre el bien y el mal.
La esencia del hombre esta constituida como lo absolutamente único e incomparable en su forma de pensar y de actuar, entonces su comprensión de lo humano puede consistir en la aceptación de su responsabilidad social en la construcción de formas más armónicas en la búsqueda de la verdad.
Dentro del concepto de lo humano el hombre es invitado a tener el valor de aceptar su existencia desde el punto de vista de su recto uso de decisión y la idea que tiene de sí mismo.
Hoy el hombre posee mejores experiencias y conocimientos para enfrentar las condiciones más adversas de le existencia. A través de la historia del hombre siempre ha manifestado un afán y un deseo permanente de saber. Por eso el saber es universal e irresistible para el hombre. De ahí que las aplicaciones prácticas del conocimiento ayuden a mejorar el estado de bienestar y de calidad de vida de las generaciones actuales.
En el mundo contemporáneo ha salido a luz una serie de avances del conocimiento, plasmados en el desarrollo tecnológico, que influirá en la forma en que vivirán los humanos durante las próximas generaciones. Esto hace que cada uno de nosotros tengamos la responsabilidad de aportar concientemente a la causa de la humanidad: la búsqueda de la verdad.
Todo individuo progresa con cada día que pasa y esto se refleja en la sociedad en que se desenvuelve. Cada vez, en la dinámica humana se pasa de situaciones inferiores de bienestar a condiciones superiores. Por medio del conocimiento ha logrado crear estructuras para el mejoramiento de la condición humana, pero se ha olvidado de hacer partícipes a sus semejantes. Cuando aplica conocimiento a la solución de sus problemas le es más fácil su supervivencia, por eso hay que aprender a aprender.
La esencia del hombre como ser racional consiste en que desarrolle su potencial construyendo, a partir de la experiencia acumulada por las generaciones pasadas. Quiere decir esto que el conocimiento es transferible y por ende la solución de problemas también.
Una persona va formando su esencia a lo largo de su experiencia en la vida, modificando y corrigiendo aquellos factores que por su experiencia son incorrectos. Por ejemplo, si todas las personas estuviésemos regidas solo por el medio que nos envuelve seriamos todos iguales ya que el medio es igual para todos, es decir, que todos los que vivan dentro de una zona determinada estarán influidos de la misma manera y se comportarán todos de la misma forma.
Muchos errores se cometen por ignorancia de la historia y esa ignorancia sirve también de arma tanto defensiva como ofensiva de quienes no están interesados en el conocimiento de la verdad sino en la confusión entre verdad y error, entre el bien y el mal.
La esencia del hombre esta constituida como lo absolutamente único e incomparable en su forma de pensar y de actuar, entonces su comprensión de lo humano puede consistir en la aceptación de su responsabilidad social en la construcción de formas más armónicas en la búsqueda de la verdad.
Dentro del concepto de lo humano el hombre es invitado a tener el valor de aceptar su existencia desde el punto de vista de su recto uso de decisión y la idea que tiene de sí mismo.
Hoy el hombre posee mejores experiencias y conocimientos para enfrentar las condiciones más adversas de le existencia. A través de la historia del hombre siempre ha manifestado un afán y un deseo permanente de saber. Por eso el saber es universal e irresistible para el hombre. De ahí que las aplicaciones prácticas del conocimiento ayuden a mejorar el estado de bienestar y de calidad de vida de las generaciones actuales.
En el mundo contemporáneo ha salido a luz una serie de avances del conocimiento, plasmados en el desarrollo tecnológico, que influirá en la forma en que vivirán los humanos durante las próximas generaciones. Esto hace que cada uno de nosotros tengamos la responsabilidad de aportar concientemente a la causa de la humanidad: la búsqueda de la verdad.
17 de junio de 2011
LA INTELIGENCIA DEL HOMBRE
Entre los primates, el hombre (género homo), que aparece hace tres millones de años se distingue por su posición bípeda, su inteligencia, su lenguaje y su capacidad de producir herramientas, es decir de crear cultura. Mientras que otros animales eligieron el camino de la integración y conocimiento total de su medio ambiente, el hombre eligió el camino de la cultura. La cultura, es una herramienta que acumula y almacena cada uno de los pequeños avances y nuevos conocimientos que van realizando los diferentes individuos, para que luego todos juntos puedan ser transmitidos y utilizados por otro.
En su conciencia del universo, el hombre se cree algo especial, algo separado y superior a la naturaleza y a el resto de todas las criaturas. Sin embargo el hombre, es un animal más, de características prácticamente iguales a sus parientes cercanos los primates y también del resto de animales y seres vivos. La extrema inteligencia de la que el hombre se cree propietario no es superior a la inteligencia del resto de animales, sino que, simplemente ha avanzado por un camino diferente.
El Diccionario de la Lengua Española trae dos acepciones: Facultad de comprender, capacidad mayor o menor de saber o aprender. Conjunto de todas las funciones que tienen por objeto el conocimiento (sensación, asociación, memoria, imaginación, entendimiento, razón, conciencia).
La inteligencia es la capacidad de relacionar conocimientos que poseemos para resolver una determinada situación. Si indagamos un poco en la etimología de la propia palabra encontramos en su origen latino inteligere, compuesta de intus (entre) y legere (escoger). Por lo que podemos deducir que ser inteligente es saber elegir la mejor opción entre las que se nos brinda para resolver un problema.
La historia de la inteligencia humana se explica como el empeño del cerebro en buscar formas de comunicarse consigo mismo. Cuando el primer humano trazó la primera línea, precipitó una revolución en la conciencia humana. Una vez que los seres humanos se dieron cuenta de que eran capaces de exteriorizar sus imágenes mentales, la evolución fue más rápida.
La inteligencia humana no tiene limites , es casi infinito su potencial, diferentes textos y expositores plantean el poder que tiene sobre la manera de enfrentar las situaciones de la vida. Con su inteligencia el hombre toma todas las vivencias cotidianas y las representa en forma de mapas mentales que le facilitan su comportamiento en condiciones futuras.
Podemos construir la visión de nuestro mundo, nuestros sueños , las ganas de hacer las cosas, la actitud mental positiva. Por medio de la inteligencia estamos en capacidad de entender, motivar y ayudar a otros. Nos conduce a la sensibilidad humana entendida como la capacidad de darse cuenta y poder diferenciar entre los individuos y sus estados de ánimo, intenciones, motivaciones y temperamento y estar prontos a ayudarlos.
La primera diferencia fundamental entre el hombre y el resto de los animales se ha cifrado en su inteligencia; por ella se definía al hombre como animal racional. Hasta hace bien poco la racionalidad parecía un refugio seguro para señalar la diferencia y la supremacía del hombre. Sin embargo, con el desarrollo tecnológico, esta diferencia y supremacía se ha visto atacada, al surgir la denominada Inteligencia Artificial. No faltan voces abundantes que señalan que el oficio de pensar ya no es exclusivo de los humanos.
Es tal el entusiasmo que suscita en muchos la Inteligencia Artificial, que se discute seriamente si los artefactos que poseen propiedades antes atribuidas en exclusiva al hombre deben ser considerados personas o no, con tratamiento y derechos equivalentes. También se ha propuesto considerar a las máquinas pensantes como una suerte de hermanos que hemos fabricado, o incluso como hijos mentales.
Una bienvenida a nuestros hermanos que han sido engendrados por el dualismo hombre-máquina. Que se queden entre nosotros para el bien de la humanidad.
En su conciencia del universo, el hombre se cree algo especial, algo separado y superior a la naturaleza y a el resto de todas las criaturas. Sin embargo el hombre, es un animal más, de características prácticamente iguales a sus parientes cercanos los primates y también del resto de animales y seres vivos. La extrema inteligencia de la que el hombre se cree propietario no es superior a la inteligencia del resto de animales, sino que, simplemente ha avanzado por un camino diferente.
El Diccionario de la Lengua Española trae dos acepciones: Facultad de comprender, capacidad mayor o menor de saber o aprender. Conjunto de todas las funciones que tienen por objeto el conocimiento (sensación, asociación, memoria, imaginación, entendimiento, razón, conciencia).
La inteligencia es la capacidad de relacionar conocimientos que poseemos para resolver una determinada situación. Si indagamos un poco en la etimología de la propia palabra encontramos en su origen latino inteligere, compuesta de intus (entre) y legere (escoger). Por lo que podemos deducir que ser inteligente es saber elegir la mejor opción entre las que se nos brinda para resolver un problema.
La historia de la inteligencia humana se explica como el empeño del cerebro en buscar formas de comunicarse consigo mismo. Cuando el primer humano trazó la primera línea, precipitó una revolución en la conciencia humana. Una vez que los seres humanos se dieron cuenta de que eran capaces de exteriorizar sus imágenes mentales, la evolución fue más rápida.
La inteligencia humana no tiene limites , es casi infinito su potencial, diferentes textos y expositores plantean el poder que tiene sobre la manera de enfrentar las situaciones de la vida. Con su inteligencia el hombre toma todas las vivencias cotidianas y las representa en forma de mapas mentales que le facilitan su comportamiento en condiciones futuras.
Podemos construir la visión de nuestro mundo, nuestros sueños , las ganas de hacer las cosas, la actitud mental positiva. Por medio de la inteligencia estamos en capacidad de entender, motivar y ayudar a otros. Nos conduce a la sensibilidad humana entendida como la capacidad de darse cuenta y poder diferenciar entre los individuos y sus estados de ánimo, intenciones, motivaciones y temperamento y estar prontos a ayudarlos.
La primera diferencia fundamental entre el hombre y el resto de los animales se ha cifrado en su inteligencia; por ella se definía al hombre como animal racional. Hasta hace bien poco la racionalidad parecía un refugio seguro para señalar la diferencia y la supremacía del hombre. Sin embargo, con el desarrollo tecnológico, esta diferencia y supremacía se ha visto atacada, al surgir la denominada Inteligencia Artificial. No faltan voces abundantes que señalan que el oficio de pensar ya no es exclusivo de los humanos.
Es tal el entusiasmo que suscita en muchos la Inteligencia Artificial, que se discute seriamente si los artefactos que poseen propiedades antes atribuidas en exclusiva al hombre deben ser considerados personas o no, con tratamiento y derechos equivalentes. También se ha propuesto considerar a las máquinas pensantes como una suerte de hermanos que hemos fabricado, o incluso como hijos mentales.
Una bienvenida a nuestros hermanos que han sido engendrados por el dualismo hombre-máquina. Que se queden entre nosotros para el bien de la humanidad.
10 de junio de 2011
TRASCENDER DEL HOMBRE
El ascenso del hombre, en su proceso histórico, está marcado por una lenta y paciente forma de evolución. Sus elementos constitutivos, primero fueron biológicos, y a través de su recorrido por el tiempo ha plasmado, en etapas sucesivas, su modo de ser actual.
Lo primero que manifiesta es su condición para el mantenimiento de su especie, su reproducción y su conservación. En el desarrollo de su integralidad hacia lo síquico y lo social ha logrado construir cultura y civilización.
Articula entonces sus tres elementos constitutivos: lo biológico, lo síquico y lo social y así llega a su misma comprensión holística. Hoy el hombre es un complejo de la naturaleza configurado por aciertos y desaciertos. Se dirige hacia un futuro incierto pero siempre busca una esperanza porque tiene hambre de elevación.
El vuelo que pretende realizar, al final de sus días, le da ilusiones y formas de combatir su angustia existencial. Dentro de sus congéneres apenas hace lo que de ellos aprende, pero sólo algunos logran escaparse de la manada. Son los que buscan elevarse y trepar las cumbres de la vida.
El miedo al hondazo de las crisis otea el horizonte humano y le produce nubarrones de incertidumbre y de queja. Los procesos que desarrolla durante la existencia se presentan como reacción a situaciones de adversidad.
El trascender del hombre se refiere al reto de ir más allá del límite de su existencia. Es su dimensión trascendental y es aquí en donde adquiere el sentido de ir allende lo natural tanto en el conocimiento como en la vida plena y cabal. Adquiere entonces un carácter de finalidad que ha de cumplirse como lo más importante, lo esencial, por lo que se convierte en el fundamento de la acción y el sentido de todo lo que hace.
Los hombres que tienen hambre de elevación buscan trascender, buscan pasar de un lugar a otro distinto pero de más categorización, es el ascenso de más alta calidad, a un lugar más sutil. Así logra subir de nivel, de estar en situaciones más altas y que además es de cualidad distinta a la que deja atrás.
Es el hombre el que tiene la capacidad de volar por el universo, de acercarlo en sus partes y de comprenderlo. Al trascender en su conciencia, trasciende en el mundo y en su misma sociedad. Debe configurar la dimensión de su existencia a partir de la práctica de combatir la mediocridad y la unidimensionalidad.
Ante lo temporal, el hombre puede asumir dos actitudes fundamentales: puede vivir en el tiempo y para el tiempo, o bien, puede vivir en el tiempo para el logro de su trascender universal.
No existe el hombre en abstracto, sino este o aquel humano que vive para el tiempo o que vive para la posteridad. Por lo demás, cada ser humano es inefable y el hombre existe como existe cada hombre en particular, con todas las diversas modalidades.
Lo primero que manifiesta es su condición para el mantenimiento de su especie, su reproducción y su conservación. En el desarrollo de su integralidad hacia lo síquico y lo social ha logrado construir cultura y civilización.
Articula entonces sus tres elementos constitutivos: lo biológico, lo síquico y lo social y así llega a su misma comprensión holística. Hoy el hombre es un complejo de la naturaleza configurado por aciertos y desaciertos. Se dirige hacia un futuro incierto pero siempre busca una esperanza porque tiene hambre de elevación.
El vuelo que pretende realizar, al final de sus días, le da ilusiones y formas de combatir su angustia existencial. Dentro de sus congéneres apenas hace lo que de ellos aprende, pero sólo algunos logran escaparse de la manada. Son los que buscan elevarse y trepar las cumbres de la vida.
El miedo al hondazo de las crisis otea el horizonte humano y le produce nubarrones de incertidumbre y de queja. Los procesos que desarrolla durante la existencia se presentan como reacción a situaciones de adversidad.
El trascender del hombre se refiere al reto de ir más allá del límite de su existencia. Es su dimensión trascendental y es aquí en donde adquiere el sentido de ir allende lo natural tanto en el conocimiento como en la vida plena y cabal. Adquiere entonces un carácter de finalidad que ha de cumplirse como lo más importante, lo esencial, por lo que se convierte en el fundamento de la acción y el sentido de todo lo que hace.
Los hombres que tienen hambre de elevación buscan trascender, buscan pasar de un lugar a otro distinto pero de más categorización, es el ascenso de más alta calidad, a un lugar más sutil. Así logra subir de nivel, de estar en situaciones más altas y que además es de cualidad distinta a la que deja atrás.
Es el hombre el que tiene la capacidad de volar por el universo, de acercarlo en sus partes y de comprenderlo. Al trascender en su conciencia, trasciende en el mundo y en su misma sociedad. Debe configurar la dimensión de su existencia a partir de la práctica de combatir la mediocridad y la unidimensionalidad.
Ante lo temporal, el hombre puede asumir dos actitudes fundamentales: puede vivir en el tiempo y para el tiempo, o bien, puede vivir en el tiempo para el logro de su trascender universal.
No existe el hombre en abstracto, sino este o aquel humano que vive para el tiempo o que vive para la posteridad. Por lo demás, cada ser humano es inefable y el hombre existe como existe cada hombre en particular, con todas las diversas modalidades.
23 de mayo de 2011
TE TOCO, LUEGO EXISTO
Somos criaturas del universo, somos la consecuencia del estallido de las estrellas, somos un cúmulo de vida en el universo. Todos pertenecemos a un mundo sensorial lleno de incógnitas y de posibilidades que no las sabemos aprovechar. Somos parte de una grande variedad de especies vivas que comparten el mundo que nos rodea.
Nos damos cuenta de nuestros semejantes cuando los percibimos a través de nuestros sentidos, ver, oír, gustar, olfatear y palpar o tocar. Estas expresiones son la consecuencia de nuestro sistema nervioso. Su desarrollo y perfección es particular en cada una de las especies vivas.
Tocar es entrar en contacto las manos u otra superficie del cuerpo con un objeto o una superficie. La sensación que produce tocar todo, lo que gira a nuestro alrededor, es una de las cosas más gratificantes de nuestra existencia.
Todo el mundo necesita el contacto físico, especialmente los niños, los jóvenes, los adultos, los ancianos, en resumen todos los integrantes de la especie humana. Todos necesitamos que nos toquen. Todos queremos tocar.
La necesidad de crear un espacio donde el hombre pueda tocar a sus semejantes es producto del momento en que se encuentra. Vive en un mundo lleno de cosas, que la sociedad de consumo le provee, pero vive aislado, lejos del calor humano. La máquina le llena su vacío existencial.
El tocar favorece el camino para un encuentro sereno, gozoso, profundamente personal y por eso y en tanto y en cuanto sea profundamente personal, profundamente comunitario. Toco, luego existo. Existo para tocar, toco para existir.
En una ocasión, Bertrand Russell escribió: “No sólo nuestra geometría y nuestro físico, sino nuestra concepción completa de lo que existe fuera de nosotros, está basada en el sentido del tacto”. Pero nuestra experiencia de tocar está disminuyendo. Cada vez más vivimos solos, tenemos amigos virtuales, nos asusta cualquier tipo de contacto físico con extraños por temor a que pueda ser antihigiénico o inapropiado, o pueda volverse violento.
Se puede demostrar que los efectos de no tener contacto físico pueden ser nefastos para nuestro bienestar, como individuos y como sociedad. Cuando yo te toco, tú sientes el contacto, por lo tanto a través de mi contacto tú sientes que existes y puedes conectarte conmigo. Es un sentimiento de ser importante, de ser cuidado.
Debemos tener el tiempo para acariciar. Un estudio realizado en 1997 sobre a cantidad de contacto y de agresión entre adolescentes observó el comportamiento de 40 de ellos encontró que los adolescentes estadounidenses pasaban considerablemente menos tiempo acariciando, besando, abrazando y recostándose con sus pares que los franceses.
Estos hallazgos son preocupantes, especialmente porque la investigación sugiere que una ausencia de contacto e interacción física durante la adolescencia puede resultar en comportamientos violentos más adelante en la vida. Estar privado del contacto físico parece conducir a una disminución de la serotonina, las cuales, junto con la dopamina, son neurotransmisores que influyen en el humor.
Estamos perdiendo la visión de quiénes somos. Nos da vergüenza tocarnos, pero estamos obsesionados con la apariencia. Preferiríamos, por ejemplo, caer bajo el bisturí del cirujano que aceptar nuestros propios cuerpos. Estamos viviendo en una época materialista, donde si no se ve, no tienes.
Tocar será la acción del hombre de la tecnología y de la ciencia. Será el mecanismo de comunicación, nuevamente con su especie. Cuando así lo haga podrá decir, también, nuevamente: Toco luego existo.
Nos damos cuenta de nuestros semejantes cuando los percibimos a través de nuestros sentidos, ver, oír, gustar, olfatear y palpar o tocar. Estas expresiones son la consecuencia de nuestro sistema nervioso. Su desarrollo y perfección es particular en cada una de las especies vivas.
Tocar es entrar en contacto las manos u otra superficie del cuerpo con un objeto o una superficie. La sensación que produce tocar todo, lo que gira a nuestro alrededor, es una de las cosas más gratificantes de nuestra existencia.
Todo el mundo necesita el contacto físico, especialmente los niños, los jóvenes, los adultos, los ancianos, en resumen todos los integrantes de la especie humana. Todos necesitamos que nos toquen. Todos queremos tocar.
La necesidad de crear un espacio donde el hombre pueda tocar a sus semejantes es producto del momento en que se encuentra. Vive en un mundo lleno de cosas, que la sociedad de consumo le provee, pero vive aislado, lejos del calor humano. La máquina le llena su vacío existencial.
El tocar favorece el camino para un encuentro sereno, gozoso, profundamente personal y por eso y en tanto y en cuanto sea profundamente personal, profundamente comunitario. Toco, luego existo. Existo para tocar, toco para existir.
En una ocasión, Bertrand Russell escribió: “No sólo nuestra geometría y nuestro físico, sino nuestra concepción completa de lo que existe fuera de nosotros, está basada en el sentido del tacto”. Pero nuestra experiencia de tocar está disminuyendo. Cada vez más vivimos solos, tenemos amigos virtuales, nos asusta cualquier tipo de contacto físico con extraños por temor a que pueda ser antihigiénico o inapropiado, o pueda volverse violento.
Se puede demostrar que los efectos de no tener contacto físico pueden ser nefastos para nuestro bienestar, como individuos y como sociedad. Cuando yo te toco, tú sientes el contacto, por lo tanto a través de mi contacto tú sientes que existes y puedes conectarte conmigo. Es un sentimiento de ser importante, de ser cuidado.
Debemos tener el tiempo para acariciar. Un estudio realizado en 1997 sobre a cantidad de contacto y de agresión entre adolescentes observó el comportamiento de 40 de ellos encontró que los adolescentes estadounidenses pasaban considerablemente menos tiempo acariciando, besando, abrazando y recostándose con sus pares que los franceses.
Estos hallazgos son preocupantes, especialmente porque la investigación sugiere que una ausencia de contacto e interacción física durante la adolescencia puede resultar en comportamientos violentos más adelante en la vida. Estar privado del contacto físico parece conducir a una disminución de la serotonina, las cuales, junto con la dopamina, son neurotransmisores que influyen en el humor.
Estamos perdiendo la visión de quiénes somos. Nos da vergüenza tocarnos, pero estamos obsesionados con la apariencia. Preferiríamos, por ejemplo, caer bajo el bisturí del cirujano que aceptar nuestros propios cuerpos. Estamos viviendo en una época materialista, donde si no se ve, no tienes.
Tocar será la acción del hombre de la tecnología y de la ciencia. Será el mecanismo de comunicación, nuevamente con su especie. Cuando así lo haga podrá decir, también, nuevamente: Toco luego existo.
13 de mayo de 2011
SER VERAZ ANTE LA VERDAD
Cuando nos encontramos en situaciones donde debemos obrar según lo correcto, nos preguntamos sobre que es esto. El hombre hace parte del gran conglomerado humano y tiene la responsabilidad de utilizar su recto uso de decisión. La existencia del hombre es del todo ininteligible separada de la verdad. Una vida humana sin nada que ver con la verdad es, sencillamente, lo más opuesto a la vida humana. Porque la verdad es conciencia y es sentido.
Decir la verdad duele pero es la verdad. En el momento actual se habla de mentiras piadosas y se utilizan para salir de apuros. Quien utiliza esta estrategia esta en contra de la verdad. En el mundo del fanatismo, del consumismo, del terrorismo y de la corrupción, la verdad es atacada, en forma permanente, porque lo primero es la utilidad propia y el provecho particular.
En todos los procesos del hombre la verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita siempre complicidad. La verdad se robustece con la investigación y la dilación; la falsedad, con el apresuramiento y la incertidumbre. La verdad es un juicio o proposición que no se puede negar racionalmente y que es aceptado de forma general por una colectividad. Cada vez que el hombre actúa debe hacerlo bajo la estrategia de la verdad.
Toda ciencia porta un dinamismo centrado en la búsqueda de la verdad. Es cierto que las libertades básicas humanas y el proceso de discernir la verdad están unidas. El conocimiento de la verdad es liberador. Desde cada ángulo de acción del hombre se requiere obrar conforme a la verdad. El derecho a conocer la verdad es un derecho humano y un principio fundamental de la vida en sociedad.
Apel y Habermas defienden la teoría consensual de la verdad y dicen que “la verdad es algo sobre la cual hay acuerdo y que se llega a ese acuerdo a través del dialogo”. Me identifico con esta teoría porque me parece correcto que todo el mundo diga su opinión sobre cualquier tema pero que lo defienda y responda por sus consecuencias.
La verdad identifica al hombre sabio y prudente, la verdad es moral, la mentira es inmoral. La primera produce desarrollo social humano, la segunda corrompe. Toda sociedad combate el engaño y el dolo pero las sociedades insensatas se engañan mutuamente. El continuo embuste del mundo actual, consume todas las fuerzas vitales de las sociedades.
Nos queda el reto de construir la verdad así sea que se derrumben los cielos. El hombre veraz hace parte de la verdad misma. Verdad y humanidad como una expresión de coexistencia entre los pueblos. La defensa de la verdad, desde lo particular, lleva al encuentro de una vida sana, y desde lo general, a la construcción colectiva de una sociedad justa.
Vamos a lograr una forma inteligente de vivir cuando podamos relucir la verdad en los actos que realizamos. El hombre debe ser veraz ante la verdad.
Decir la verdad duele pero es la verdad. En el momento actual se habla de mentiras piadosas y se utilizan para salir de apuros. Quien utiliza esta estrategia esta en contra de la verdad. En el mundo del fanatismo, del consumismo, del terrorismo y de la corrupción, la verdad es atacada, en forma permanente, porque lo primero es la utilidad propia y el provecho particular.
En todos los procesos del hombre la verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita siempre complicidad. La verdad se robustece con la investigación y la dilación; la falsedad, con el apresuramiento y la incertidumbre. La verdad es un juicio o proposición que no se puede negar racionalmente y que es aceptado de forma general por una colectividad. Cada vez que el hombre actúa debe hacerlo bajo la estrategia de la verdad.
Toda ciencia porta un dinamismo centrado en la búsqueda de la verdad. Es cierto que las libertades básicas humanas y el proceso de discernir la verdad están unidas. El conocimiento de la verdad es liberador. Desde cada ángulo de acción del hombre se requiere obrar conforme a la verdad. El derecho a conocer la verdad es un derecho humano y un principio fundamental de la vida en sociedad.
Apel y Habermas defienden la teoría consensual de la verdad y dicen que “la verdad es algo sobre la cual hay acuerdo y que se llega a ese acuerdo a través del dialogo”. Me identifico con esta teoría porque me parece correcto que todo el mundo diga su opinión sobre cualquier tema pero que lo defienda y responda por sus consecuencias.
La verdad identifica al hombre sabio y prudente, la verdad es moral, la mentira es inmoral. La primera produce desarrollo social humano, la segunda corrompe. Toda sociedad combate el engaño y el dolo pero las sociedades insensatas se engañan mutuamente. El continuo embuste del mundo actual, consume todas las fuerzas vitales de las sociedades.
Nos queda el reto de construir la verdad así sea que se derrumben los cielos. El hombre veraz hace parte de la verdad misma. Verdad y humanidad como una expresión de coexistencia entre los pueblos. La defensa de la verdad, desde lo particular, lleva al encuentro de una vida sana, y desde lo general, a la construcción colectiva de una sociedad justa.
Vamos a lograr una forma inteligente de vivir cuando podamos relucir la verdad en los actos que realizamos. El hombre debe ser veraz ante la verdad.
9 de mayo de 2011
DESHUMANIZACION
Duele y lo comparto…
Importante, impactante! Refleja en todos los sentidos el Mundo de hoy.
Un corto de 5 minutos, titulado La Fotógrafa.
Muestra el “suicidio” moral de la humanidad al olvidar la ética para llegar al éxito.
Que cada uno de nosotros saque sus propias conclusiones de este que bien podría ser un documento muy representativo sobre aquello en lo cual nos hemos convertido…
http://video.bugun.com.tr/bugunPlayer.swf?file=dagilfilm.flv
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Importante, impactante! Refleja en todos los sentidos el Mundo de hoy.
Un corto de 5 minutos, titulado La Fotógrafa.
Muestra el “suicidio” moral de la humanidad al olvidar la ética para llegar al éxito.
Que cada uno de nosotros saque sus propias conclusiones de este que bien podría ser un documento muy representativo sobre aquello en lo cual nos hemos convertido…
http://video.bugun.com.tr/bugunPlayer.swf?file=dagilfilm.flv
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25 de marzo de 2011
MEMORIA DE LA ESPECIE
Cuando vamos acumulando las experiencias de la vida estamos haciendo registro en nuestra memoria. Todo lo que nos sucede es producto de la gestión que hacemos en nuestro paso por el sendero de la existencia. Cada vez tenemos un mayor número de situaciones vividas, moldeadas en éxitos y fracasos, que comprometen el desempeño cotidiano.
La memoria es la capacidad mental que posibilita a un sujeto registrar, conservar y evocar las experiencias (ideas, imágenes, acontecimientos, sentimientos, etc.). El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española la define como: «Potencia del alma, por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado».
En el transcurso del tiempo el hombre recibe estímulos y en su proceso de enseñanza aprendizaje graba todo lo que le sucede. Esto lo hace a través de su memoria individual; lo que me lleva a concluir que cada ser de la especie humana acumula su propia vida y es capaz de construir modelos que le permiten sobrepasar aspectos que comprometen su supervivencia.
Sólo el hombre, vive el tiempo. Se podría decir que el hombre es el único animal finito, porque es el único que lo sabe. Por eso acumula en su memoria y en un momento la utiliza. Los seres vivos por debajo del hombre viven completamente ajenos al tiempo, les importa un bledo. Su vida está ligada al tiempo por mediación del instinto; pero se quedan siempre en el instinto, no alcanzan nunca el tiempo (aunque el tiempo sí les alcance a ellos).
El tiempo en la existencia del hombre tiene un significado cuando se configura el concepto de recuerdo y de nostalgia, que tiene que ver con el pasado; también con la esperanza y del deseo de renovación que tiene que ver con el futuro. A través de su memoria individual puede construir estados adelantes de su pensamiento.
Ser de memoria significa que el pasado no ha dejado de existir, no se ha evaporado sin dejar rastro, no es algo clausurado y olvidado, sino algo que de algún modo gravita en el presente, lo condiciona y lo configura; de un modo real, en el hoy del hombre está presente su pasado. El tiempo del hombre es acumulativo, también sus experiencias.
En cada uno de nosotros está plasmada una memoria, producto de las vivencias a lo largo de la existencia. Está memoria termina cuando morimos, pues dejamos de conocer y de saber más. Queda sólo la memoria de la especie humana.
La especie humana posee una memoria colectiva, por medio de la que logra adaptarse y aprovechar su entorno natural, pero ésta no es ya sólo genética sino también cultural. Esta memoria de especie toma la forma de una sabiduría, de una experiencia aprendida y perfeccionada colectivamente a lo largo del tiempo, de un saber transmitido de generación en generación.
Mientras que la memoria individual es finita y hace parte de cada uno de nosotros, la memoria de la especie es eterna. Queda plasmada en los libros y en los medios de registro actual. Esta es aprovechada por las generaciones subsiguientes para la construcción de sus propios modelos de vida.
El hombre plasma su memoria individual a través de mecanismos de difusión y esta en la totalidad hace parte de la colectiva.
La memoria es la capacidad mental que posibilita a un sujeto registrar, conservar y evocar las experiencias (ideas, imágenes, acontecimientos, sentimientos, etc.). El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española la define como: «Potencia del alma, por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado».
En el transcurso del tiempo el hombre recibe estímulos y en su proceso de enseñanza aprendizaje graba todo lo que le sucede. Esto lo hace a través de su memoria individual; lo que me lleva a concluir que cada ser de la especie humana acumula su propia vida y es capaz de construir modelos que le permiten sobrepasar aspectos que comprometen su supervivencia.
Sólo el hombre, vive el tiempo. Se podría decir que el hombre es el único animal finito, porque es el único que lo sabe. Por eso acumula en su memoria y en un momento la utiliza. Los seres vivos por debajo del hombre viven completamente ajenos al tiempo, les importa un bledo. Su vida está ligada al tiempo por mediación del instinto; pero se quedan siempre en el instinto, no alcanzan nunca el tiempo (aunque el tiempo sí les alcance a ellos).
El tiempo en la existencia del hombre tiene un significado cuando se configura el concepto de recuerdo y de nostalgia, que tiene que ver con el pasado; también con la esperanza y del deseo de renovación que tiene que ver con el futuro. A través de su memoria individual puede construir estados adelantes de su pensamiento.
Ser de memoria significa que el pasado no ha dejado de existir, no se ha evaporado sin dejar rastro, no es algo clausurado y olvidado, sino algo que de algún modo gravita en el presente, lo condiciona y lo configura; de un modo real, en el hoy del hombre está presente su pasado. El tiempo del hombre es acumulativo, también sus experiencias.
En cada uno de nosotros está plasmada una memoria, producto de las vivencias a lo largo de la existencia. Está memoria termina cuando morimos, pues dejamos de conocer y de saber más. Queda sólo la memoria de la especie humana.
La especie humana posee una memoria colectiva, por medio de la que logra adaptarse y aprovechar su entorno natural, pero ésta no es ya sólo genética sino también cultural. Esta memoria de especie toma la forma de una sabiduría, de una experiencia aprendida y perfeccionada colectivamente a lo largo del tiempo, de un saber transmitido de generación en generación.
Mientras que la memoria individual es finita y hace parte de cada uno de nosotros, la memoria de la especie es eterna. Queda plasmada en los libros y en los medios de registro actual. Esta es aprovechada por las generaciones subsiguientes para la construcción de sus propios modelos de vida.
El hombre plasma su memoria individual a través de mecanismos de difusión y esta en la totalidad hace parte de la colectiva.
4 de marzo de 2011
EL TIEMPO EN LA HISTORIA DEL HOMBRE
La historicidad es, junto a la libertad, una de las características esenciales de la persona humana, de su modo de vivir. Esta instalación del hombre en el tiempo puede ser estudiada al menos desde dos puntos de vista distintos pero complementarios. Por un lado, el tiempo como medio en el que se despliega la vida del hombre, es decir, la vida del hombre como esencialmente afectada de temporalidad; y en segundo lugar, el hecho mismo de que esta afectación revista también el carácter de medida: la vida del hombre parece tener un final, que es la muerte.
Son cuestiones que se abordarán por separado.
1. Sentido antropológico del tiempo.
Cuando se habla del tiempo, se está utilizando una palabra que admite al menos una doble interpretación. Por un lado el tiempo cosmológico, el tiempo como magnitud física que utilizan las Ciencias y la Técnica, el tiempo que miden los relojes: se trata de la simple y regular fluencia de instantes sucesivos. Pero este tiempo físico no es el tiempo del hombre, el tiempo antropológico. El hombre tiene un modo específico de vivir el tiempo, completamente distinto del resto de las criaturas.
La profundización en el modo específico con que el tiempo afecta a la vida del hombre es, en cierta manera, un descubrimiento de la filosofía moderna, y más particularmente de la filoso-fía del siglo XX. Hasta entonces, el papel del tiempo en la reflexión filosófica es secundario, incluso en Hegel. La nueva valoración del tiempo corre pareja a la revalorización de la filoso-fía como búsqueda del sentido de la vida del hombre individual, que se ha perdido tanto en el racionalismo como en el idealismo. La vida humana, ese despliegue del hombre en el tiempo, tiene unas connotaciones específicas respecto a los demás vivientes.
Esa diferencia entre esas dos distintas concepciones o percepciones del tiempo se podrían ilustrar, desde dentro del vivir del hombre, haciendo referencia a los distintos significados de las palabras madurar y envejecer (Alvira). Las dos hacen referencia al tiempo, al transcurso temporal. Envejecer tiene un significado negativo: el paso del tiempo es vivido como derrota, como humillación y, sobre todo, con una connotación de pasividad, de asunto inevitable, irremediable: envejecer es vivir cronológicamente el tiempo. Madurar tiene una connotación positiva: es un modo de vivir el tiempo que tiene que ver con el crecimiento, con la plenitud, con el sentido.
En primer lugar, sólo el hombre, vive el tiempo. Se podría decir que el hombre es el único animal finito, porque es el único que lo sabe. Los seres vivos por debajo del hombre viven completamente ajenos al tiempo, les importa un bledo. Su vida está ligada al tiempo por me-diación del instinto; pero se quedan siempre en el instinto, no alcanzan nunca el tiempo (aun-que el tiempo sí les alcance a ellos).
Viven en el tiempo, sometidos a los efectos de la temporalidad, pero desconociendo esa irremediable caducidad que los habita y los traspasa. El hombre, en cambio, está hecho de tiempo tanto como de materia y de espíritu. La duración media previsible de su vida no es pa-ra él una circunstancia sino que forma parte de su definición; con arreglo a ella el hombre or-ganiza su vida. El hombre se entiende a sí mismo a la luz del hecho de que su vida está me-dida en el tiempo; sabe que va a vivir unos ochenta años y de acuerdo con este dato proyecta su vida. Si la duración media de la vida de la especie humana fuera doble o triple que la ac-tual, su concepto de la vida y de él mismo variaría notablemente, quizás sustancialmente. El pasado y el futuro y por eso mismo también el presente- tendrían un sentido muy distinto del que tienen entre nosotros.
¿Qué nuevo significado cobrarían para ellos esos conceptos que configuran la vida del hom-bre: el recuerdo y la nostalgia que tienen que ver con el pasado-, la esperanza y el deseo de renovación que tienen que ver con el futuro-, etc.? Esa distinta duración originaría cambios tan fundamentales que, en cierto sentido, quizás fuera razonable dice Kundera- preguntarse si ellos y nosotros perteneceríamos a la misma especie.
En segundo lugar conviene reparar en el distinto significado y la peculiar configuración que tiene el futuro en el tiempo cosmológico y en el tiempo antropológico. Puesto que el tiempo cosmológico es lineal podemos abarcarlo como si existiera ya en su totalidad: pasado, pre-sente y futuro son homogéneos, lo que significa que el futuro es predecible y de alguna ma-nera su conocimiento está a nuestro alcance.
Pero esto precisamente es lo que no ocurre en el tiempo antropológico; en él el futuro no es predecible porque la vida del hombre es un acontecimiento de libertad. Ya los antiguos grie-gos distinguían esos dos conceptos de vida: zoé (la vida biológica del hombre, las distintas etapas que el tiempo le marca, lo que le pasa) y bios (la vida biográfica, lo que el hombre hace con lo que le pasa). El tiempo del hombre se convierte en biografía; y el de la humani-dad se llama historia.
Dijimos ya anteriormente, citando a Ballesteros, que el hombre es un ser de memoria y pro-yecto. Ser de memoria no significa la materialidad misma de que el hombre pueda evocar las imágenes de su pasado (aparte de que el hombre no recuerda su vida, su pasado, como re-cuerda la lista de los reyes godos que aprendió en su infancia). Ser de memoria significa que el pasado no ha dejado de existir, no se ha evaporado sin dejar rastro, no es algo clausurado y olvidado, sino algo que de algún modo gravita en el presente, lo condiciona y lo configura; de un modo real, en el hoy del hombre está presente su pasado. El tiempo del hombre es acumulativo. De ahí que la contraposición dialéctica entre tradición y progreso (la disyuntiva: tradición o progreso) sea falsa.
Tradición y progreso se implican y se reconocen mutuamente en el concepto de cultura. Cul-tura tiene la misma raíz etimológica que culto y que cultivo: la palabra latina cultus, que signi-fica dedicación cuidadosa a una tarea. De ahí que cultura sea aquello a lo que el hombre se ha dedicado preferentemente, la cosecha de su propia historia, el grano sin paja, lo valioso acumulado de su experiencia. La cultura es el contenido esencial de la tradición (del latín tra-dere, entregar), el legado que una generación entrega como dote a la siguiente: su tesoro, su fortuna.
El hombre necesita de la tradición para no empezar de cero en cada generación; el hombre es lo que es, el hombre progresa, precisamente porque es cultural. Ser cultural significa ser de tradición, apoyarse en la tradición, en la valiosa experiencia heredada de nuestros mejores predecesores. El progreso no está reñido con la tradición, sino que más bien la necesita.
Caben posturas radicales, formas poco equilibradas de entender el tiempo, en las que la pro-funda conexión entre esos dos conceptos se rompe: el tradicionalismo entendido como nos-talgia radical del pasado, como aquel “cualquier tiempo pasado fue mejor” del poeta castella-no; o el progresismo, en el que se entiende el futuro como ruptura total con el pasado, como renuncia expresa del hombre a sus propias fuentes.
También en la vida de cada persona se da esa relación indisoluble entre pasado, presente y futuro, ese equilibrio entre tradición y progreso. Todo aquello que hemos vivido permanece en nosotros de dos maneras. Una primera, como anotaciones en el registro vivo de la memoria; la memoria es el tiempo acumulado del hombre, que se puede expandir, revisar, revivir y vol-ver a guardar. El hombre es también su remordimiento, su dolor, su nostalgia, su alegría, el sufrimiento por su vida mal perdida, la serenidad por su vida lograda... Todo eso es también el hombre.
Una segunda manera, menos evidente a primera vista pero igualmente real, es entender que mi ser personal actual -es decir, yo mismo tal como soy- es el registro más preciso y certero de mi biografía. Lo que soy ahora es fruto y resultado de todo mi pasado: soy todo lo que he sido. Somos también, como consecuencia, resultado de las posibilidades descartadas, de to-do aquello que pudimos ser y no quisimos, eso que a veces suscita en el hombre la nostalgia: “Hay eco de pisadas en la memoria por el pasadizo que no tomamos, la puerta que nunca abrimos” (Eliot)
Esa forma de condensación del pasado en el presente es lo que expresa Pessoa con tanta fuerza:
Sí, soy yo, yo mismo, tal cual he resultado de todo…Cuanto fui, cuanto no fui, todo eso soy. Cuanto quise, cuanto no quise, todo eso me forma. Cuanto amé o dejé de amar es en mí la misma condición. Y al mismo tiempo la impresión un tanto lejana, como de sueño que se quiere recordar en la penumbra a la que despertamos, de que hay en mí algo mejor que yo. (F. Pessoa)
Por ello podemos decir que el pasado, paradójicamente, nunca acaba de pasar. No se puede cortar con él; renunciar a él sería renunciar a la propia identidad: el resultado de ese olvido to-tal, de esa cisura con el pasado no sería tanto el no saber quién soy sino ser nadie. Proust lo expresa certera y admirablemente en el primer tomo de A la busca del tiempo perdido cuan-do, al evocar ciertos despertares de la infancia, escribe: “al despertarme, en el primer mo-mento, como no sabía dónde me encontraba, tampoco sabía quién era; en mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez primitiva tal como puede vibrar en lo hondo de un animal, y me hallaba en mayor desnudez de todo que el hombre de las caver-nas; pero entonces el recuerdo descendía hasta mí como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada”.
A la vez, el hombre es ser de proyecto, no en el sentido de que esté simplemente abierto al futuro -esto sería una obviedad- sino que no sabe vivir sin planear, sin buscar: es proclive al futuro (Ruiz de la Peña), capaz de la sorpresa, de la invención, capaz de novedad. De nove-dad también sobre sí mismo, sobre su propia vida: el pasado no es para él una realidad defi-nitiva, irreparable, irremediable.
De manera análoga a como antes hemos dicho que el pasado sigue vivo en el hoy, también el futuro está de algún modo contenido en el presente. No como ya predeterminado o prefija-do, sino en cuanto que de algún modo el futuro tira de él hacia adelante, lo moviliza. La pre-sencia estimulante del futuro en el presente se llama esperanza.
El hombre pierde la esperanza cuando el futuro personal ha desaparecido porque ha dejado de ser interesante; la vida entonces se estanca y paraliza como aquellas películas antiguas de celuloide que al romperse dejaban proyectada en la pantalla la imagen fija del fotograma que había quedado atrapado. Si el futuro no existe la vida pierde sentido.
La esperanza es, pues, el futuro anticipado en el presente, que dinamiza los resortes vitales ya que el hombre entiende que no cualquier modo de vivir es adecuado si quiere tener dispo-nible el futuro que anhela. El futuro no es para él un regalo, ni un feliz hallazgo casual, ni un triste e ineludible destino, sino una tarea; el hombre es constructor de su propio futuro. Nues-tro hoy condiciona nuestro futuro, nuestro futuro es hoy. A quien pasa del presente le ocurrirá que, por eso mismo, el futuro pasará de él. En este caso la esperanza -si todavía se puede seguir llamando así a ese deseo inconsistente y efímero, incapaz de movilizar la vida, es va-na, vacía: esperanza cero.
2. La vida como relato y representación
El hecho de que la vida del hombre sea una realidad que se distiende en el tiempo, significa que aún no somos lo que hemos de llegar a ser. Por otro lado está el hecho de que la vida humana no está compuesta sólo ni principalmente de lo que a uno le pasa, aunque en la vida pasan cosas, sino de lo que uno hace con aquello que le pasa. Hemos hablado de esa distin-ción que ya hacían los clásicos entre zoé -la vida biológica- y biós -la vida biográfica-. La vida propiamente humana es biografía, vivir es estar metidos de lleno en cada momento en el cui-dado de escribir la propia biografía. Aparece así la idea, tan sugerente como veraz, de la vida como relato.
Hace tiempo que la filosofía -particularmente la antropología- reparó en la consideración de la estructura narrativa de la existencia humana. Vivir es construir una historia, inventar cada uno su propia historia y contarla a los demás, mostrarla a quienes deseen oírla. A los hombres nos pasa lo que a Sherezade, la protagonista de Las mil y una noches: que para seguir vivos, cada día se ha de saldar con un cuento (Marín). ¿Recuerdan el argumento de esa historia? Un califa (en realidad son dos) es engañado por su esposa; como venganza, la mata y decide no volver a casarse, sino elegir cada noche una mujer, a la que hace matar de madrugada. Sherezade, la hija del visir, en contra de los consejos de su padre, se empeña en acudir a las sesiones nocturnas del califa y, ante el asombro de todos, no es ejecutada al romper el día. Esta situación se prolonga durante mil noches, al cabo de las cuales el califa termina casán-dose con ella. El medio empleado por Sherezade para sobrevivir es sencillo: consiste en con-tar al califa distintos cuentos que nunca terminan de madrugada, sino que siempre ocurre que el alba sobreviene en el punto más interesante de la narración. El califa, intrigado por el inte-rés del cuento, pospone la ejecución para el día siguiente; y así un día y otro, porque apenas terminado un cuento, Sherezade comienza otro, con el que ocurre lo mismo que con el ante-rior, etc.
Vivir es, de algún modo, repetir la audacia de Sherezade: atreverse a inventar cada día la propia historia, la historia personal. Teniendo en cuenta también que nosotros nos jugamos mucho en ello: también a nosotros -nunca mejor dicho- nos va la vida en ello. Dos cosas fue-ron necesarias para que el intento de Sherezade resultara un éxito: el interés de los cuentos en sí mismos y la gracia y el estilo en la manera de contarlos.
Sobre el interés cabe decir que la narrativa moderna -ya desde Chéjov, al menos- ha descu-bierto el valor de lo ordinario, de lo cotidiano, como motivo literario. No se trata de grandes re-latos épicos, de realizar grandes hazañas, sino de caer en la cuenta de que lo verdaderamen-te interesante, lo prodigioso, es el hombre mismo. Lo prodigioso está ahí, con su apariencia de obviedad, de vulgaridad casi, pero hay que saber verlo. Ya advirtió Proust que “el verdade-ro viaje del descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en mirar con ojos nuevos”.
Esto contrasta con cierta tendencia a interpretar la vida como algo que nos viene desde fuera, que nos asalta desde el exterior. Ya hemos dicho con anterioridad que de esos dos elemen-tos fundamentales y complementarios de la vida del hombre -lo que al hombre le pasa y lo que el hombre decide hacer con lo que le pasa- el específicamente humano es el segundo. Vivir es hacer un acto positivo sobre la propia vida, un acto de posesión y de dominio: poner las manos sobre lo que nos pasa y, como si fuera una masa, atraparlo y moldearlo.
La aceptación sistemática y pasiva de lo que nos ocurre equivaldría a ausentarse de la tarea de construirse una vida. La pasividad, el asistir a nuestra vida como tan sólo de cuerpo pre-sente, significaría la aceptación de ser nadie. Es esencial esa decisión, esa audacia para to-mar posesión de la propia vida. Y como en todas las cuestiones prácticas en las que intervie-ne el tiempo, también aquí se cumple que no tomar una decisión debida significa haber to-mado ya una; hay decisiones que se toman por omisión, por inhibición.
Que el hombre sea autor de su propia biografía significa que cada uno, al vivir, está decidien-do entre varias posibilidades que se le presentan:
• si desea escribir él mismo su propia vida o, a la vista de las dificultades que entraña, de-siste y se la encarga a otros (los negros, escritores a sueldo de memorias y discursos por cuenta ajena que se publican con la firma no del autor sino del patrón). La vida hecha por encargo es la vida aceptada pasivamente, en la que el sujeto renuncia en la práctica al dominio efectivo de los resortes controladores del propio vivir. Es uno de los modos de abdicar de la identidad personal de no ser nadie.
• si desea que su vida sea una historia personal, original, o se dedica a la productiva y fácil industria del plagio, de la copia. En este caso uno no se ausenta de su vida pero la con-vierte en una historia repetitiva y monótona, mil veces contada, aburrida y pesada: la mis-ma historia de siempre. Vidas estandarizadas conforme a los patrones sociales vigentes en las que cambia únicamente el nombre del protagonista (por llamarle de alguna manera, porque en realidad no protagoniza nada) pero no la peripecia, idéntica en todos los casos. Esto puede ocurrir cuando se aceptan acríticamente los eslóganes y consignas dominan-tes en el medio social. La opinión pública, la publicidad, los criterios sociales y las modas pueden no sólo influir -esto es lógico- sino también conformar sustancialmente la vida, las líneas decisivas del proyecto personal, que por eso mismo acaba teniendo muy poco de personal. También aquí se cumple, como en la Biología, la ley de que quien se adapta tan completamente al medio que se uniforma con él, pierde la capacidad de sobrevivir a los cambios. La supervivencia está en ese equilibrio no muy definible entre adaptación e in-novación. Para innovar, para no estancarse y hacer progresar al hombre, hace falta no agotar las energías en el esfuerzo de mimetizarse.
Son cuestiones que se abordarán por separado.
1. Sentido antropológico del tiempo.
Cuando se habla del tiempo, se está utilizando una palabra que admite al menos una doble interpretación. Por un lado el tiempo cosmológico, el tiempo como magnitud física que utilizan las Ciencias y la Técnica, el tiempo que miden los relojes: se trata de la simple y regular fluencia de instantes sucesivos. Pero este tiempo físico no es el tiempo del hombre, el tiempo antropológico. El hombre tiene un modo específico de vivir el tiempo, completamente distinto del resto de las criaturas.
La profundización en el modo específico con que el tiempo afecta a la vida del hombre es, en cierta manera, un descubrimiento de la filosofía moderna, y más particularmente de la filoso-fía del siglo XX. Hasta entonces, el papel del tiempo en la reflexión filosófica es secundario, incluso en Hegel. La nueva valoración del tiempo corre pareja a la revalorización de la filoso-fía como búsqueda del sentido de la vida del hombre individual, que se ha perdido tanto en el racionalismo como en el idealismo. La vida humana, ese despliegue del hombre en el tiempo, tiene unas connotaciones específicas respecto a los demás vivientes.
Esa diferencia entre esas dos distintas concepciones o percepciones del tiempo se podrían ilustrar, desde dentro del vivir del hombre, haciendo referencia a los distintos significados de las palabras madurar y envejecer (Alvira). Las dos hacen referencia al tiempo, al transcurso temporal. Envejecer tiene un significado negativo: el paso del tiempo es vivido como derrota, como humillación y, sobre todo, con una connotación de pasividad, de asunto inevitable, irremediable: envejecer es vivir cronológicamente el tiempo. Madurar tiene una connotación positiva: es un modo de vivir el tiempo que tiene que ver con el crecimiento, con la plenitud, con el sentido.
En primer lugar, sólo el hombre, vive el tiempo. Se podría decir que el hombre es el único animal finito, porque es el único que lo sabe. Los seres vivos por debajo del hombre viven completamente ajenos al tiempo, les importa un bledo. Su vida está ligada al tiempo por me-diación del instinto; pero se quedan siempre en el instinto, no alcanzan nunca el tiempo (aun-que el tiempo sí les alcance a ellos).
Viven en el tiempo, sometidos a los efectos de la temporalidad, pero desconociendo esa irremediable caducidad que los habita y los traspasa. El hombre, en cambio, está hecho de tiempo tanto como de materia y de espíritu. La duración media previsible de su vida no es pa-ra él una circunstancia sino que forma parte de su definición; con arreglo a ella el hombre or-ganiza su vida. El hombre se entiende a sí mismo a la luz del hecho de que su vida está me-dida en el tiempo; sabe que va a vivir unos ochenta años y de acuerdo con este dato proyecta su vida. Si la duración media de la vida de la especie humana fuera doble o triple que la ac-tual, su concepto de la vida y de él mismo variaría notablemente, quizás sustancialmente. El pasado y el futuro y por eso mismo también el presente- tendrían un sentido muy distinto del que tienen entre nosotros.
¿Qué nuevo significado cobrarían para ellos esos conceptos que configuran la vida del hom-bre: el recuerdo y la nostalgia que tienen que ver con el pasado-, la esperanza y el deseo de renovación que tienen que ver con el futuro-, etc.? Esa distinta duración originaría cambios tan fundamentales que, en cierto sentido, quizás fuera razonable dice Kundera- preguntarse si ellos y nosotros perteneceríamos a la misma especie.
En segundo lugar conviene reparar en el distinto significado y la peculiar configuración que tiene el futuro en el tiempo cosmológico y en el tiempo antropológico. Puesto que el tiempo cosmológico es lineal podemos abarcarlo como si existiera ya en su totalidad: pasado, pre-sente y futuro son homogéneos, lo que significa que el futuro es predecible y de alguna ma-nera su conocimiento está a nuestro alcance.
Pero esto precisamente es lo que no ocurre en el tiempo antropológico; en él el futuro no es predecible porque la vida del hombre es un acontecimiento de libertad. Ya los antiguos grie-gos distinguían esos dos conceptos de vida: zoé (la vida biológica del hombre, las distintas etapas que el tiempo le marca, lo que le pasa) y bios (la vida biográfica, lo que el hombre hace con lo que le pasa). El tiempo del hombre se convierte en biografía; y el de la humani-dad se llama historia.
Dijimos ya anteriormente, citando a Ballesteros, que el hombre es un ser de memoria y pro-yecto. Ser de memoria no significa la materialidad misma de que el hombre pueda evocar las imágenes de su pasado (aparte de que el hombre no recuerda su vida, su pasado, como re-cuerda la lista de los reyes godos que aprendió en su infancia). Ser de memoria significa que el pasado no ha dejado de existir, no se ha evaporado sin dejar rastro, no es algo clausurado y olvidado, sino algo que de algún modo gravita en el presente, lo condiciona y lo configura; de un modo real, en el hoy del hombre está presente su pasado. El tiempo del hombre es acumulativo. De ahí que la contraposición dialéctica entre tradición y progreso (la disyuntiva: tradición o progreso) sea falsa.
Tradición y progreso se implican y se reconocen mutuamente en el concepto de cultura. Cul-tura tiene la misma raíz etimológica que culto y que cultivo: la palabra latina cultus, que signi-fica dedicación cuidadosa a una tarea. De ahí que cultura sea aquello a lo que el hombre se ha dedicado preferentemente, la cosecha de su propia historia, el grano sin paja, lo valioso acumulado de su experiencia. La cultura es el contenido esencial de la tradición (del latín tra-dere, entregar), el legado que una generación entrega como dote a la siguiente: su tesoro, su fortuna.
El hombre necesita de la tradición para no empezar de cero en cada generación; el hombre es lo que es, el hombre progresa, precisamente porque es cultural. Ser cultural significa ser de tradición, apoyarse en la tradición, en la valiosa experiencia heredada de nuestros mejores predecesores. El progreso no está reñido con la tradición, sino que más bien la necesita.
Caben posturas radicales, formas poco equilibradas de entender el tiempo, en las que la pro-funda conexión entre esos dos conceptos se rompe: el tradicionalismo entendido como nos-talgia radical del pasado, como aquel “cualquier tiempo pasado fue mejor” del poeta castella-no; o el progresismo, en el que se entiende el futuro como ruptura total con el pasado, como renuncia expresa del hombre a sus propias fuentes.
También en la vida de cada persona se da esa relación indisoluble entre pasado, presente y futuro, ese equilibrio entre tradición y progreso. Todo aquello que hemos vivido permanece en nosotros de dos maneras. Una primera, como anotaciones en el registro vivo de la memoria; la memoria es el tiempo acumulado del hombre, que se puede expandir, revisar, revivir y vol-ver a guardar. El hombre es también su remordimiento, su dolor, su nostalgia, su alegría, el sufrimiento por su vida mal perdida, la serenidad por su vida lograda... Todo eso es también el hombre.
Una segunda manera, menos evidente a primera vista pero igualmente real, es entender que mi ser personal actual -es decir, yo mismo tal como soy- es el registro más preciso y certero de mi biografía. Lo que soy ahora es fruto y resultado de todo mi pasado: soy todo lo que he sido. Somos también, como consecuencia, resultado de las posibilidades descartadas, de to-do aquello que pudimos ser y no quisimos, eso que a veces suscita en el hombre la nostalgia: “Hay eco de pisadas en la memoria por el pasadizo que no tomamos, la puerta que nunca abrimos” (Eliot)
Esa forma de condensación del pasado en el presente es lo que expresa Pessoa con tanta fuerza:
Sí, soy yo, yo mismo, tal cual he resultado de todo…Cuanto fui, cuanto no fui, todo eso soy. Cuanto quise, cuanto no quise, todo eso me forma. Cuanto amé o dejé de amar es en mí la misma condición. Y al mismo tiempo la impresión un tanto lejana, como de sueño que se quiere recordar en la penumbra a la que despertamos, de que hay en mí algo mejor que yo. (F. Pessoa)
Por ello podemos decir que el pasado, paradójicamente, nunca acaba de pasar. No se puede cortar con él; renunciar a él sería renunciar a la propia identidad: el resultado de ese olvido to-tal, de esa cisura con el pasado no sería tanto el no saber quién soy sino ser nadie. Proust lo expresa certera y admirablemente en el primer tomo de A la busca del tiempo perdido cuan-do, al evocar ciertos despertares de la infancia, escribe: “al despertarme, en el primer mo-mento, como no sabía dónde me encontraba, tampoco sabía quién era; en mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez primitiva tal como puede vibrar en lo hondo de un animal, y me hallaba en mayor desnudez de todo que el hombre de las caver-nas; pero entonces el recuerdo descendía hasta mí como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada”.
A la vez, el hombre es ser de proyecto, no en el sentido de que esté simplemente abierto al futuro -esto sería una obviedad- sino que no sabe vivir sin planear, sin buscar: es proclive al futuro (Ruiz de la Peña), capaz de la sorpresa, de la invención, capaz de novedad. De nove-dad también sobre sí mismo, sobre su propia vida: el pasado no es para él una realidad defi-nitiva, irreparable, irremediable.
De manera análoga a como antes hemos dicho que el pasado sigue vivo en el hoy, también el futuro está de algún modo contenido en el presente. No como ya predeterminado o prefija-do, sino en cuanto que de algún modo el futuro tira de él hacia adelante, lo moviliza. La pre-sencia estimulante del futuro en el presente se llama esperanza.
El hombre pierde la esperanza cuando el futuro personal ha desaparecido porque ha dejado de ser interesante; la vida entonces se estanca y paraliza como aquellas películas antiguas de celuloide que al romperse dejaban proyectada en la pantalla la imagen fija del fotograma que había quedado atrapado. Si el futuro no existe la vida pierde sentido.
La esperanza es, pues, el futuro anticipado en el presente, que dinamiza los resortes vitales ya que el hombre entiende que no cualquier modo de vivir es adecuado si quiere tener dispo-nible el futuro que anhela. El futuro no es para él un regalo, ni un feliz hallazgo casual, ni un triste e ineludible destino, sino una tarea; el hombre es constructor de su propio futuro. Nues-tro hoy condiciona nuestro futuro, nuestro futuro es hoy. A quien pasa del presente le ocurrirá que, por eso mismo, el futuro pasará de él. En este caso la esperanza -si todavía se puede seguir llamando así a ese deseo inconsistente y efímero, incapaz de movilizar la vida, es va-na, vacía: esperanza cero.
2. La vida como relato y representación
El hecho de que la vida del hombre sea una realidad que se distiende en el tiempo, significa que aún no somos lo que hemos de llegar a ser. Por otro lado está el hecho de que la vida humana no está compuesta sólo ni principalmente de lo que a uno le pasa, aunque en la vida pasan cosas, sino de lo que uno hace con aquello que le pasa. Hemos hablado de esa distin-ción que ya hacían los clásicos entre zoé -la vida biológica- y biós -la vida biográfica-. La vida propiamente humana es biografía, vivir es estar metidos de lleno en cada momento en el cui-dado de escribir la propia biografía. Aparece así la idea, tan sugerente como veraz, de la vida como relato.
Hace tiempo que la filosofía -particularmente la antropología- reparó en la consideración de la estructura narrativa de la existencia humana. Vivir es construir una historia, inventar cada uno su propia historia y contarla a los demás, mostrarla a quienes deseen oírla. A los hombres nos pasa lo que a Sherezade, la protagonista de Las mil y una noches: que para seguir vivos, cada día se ha de saldar con un cuento (Marín). ¿Recuerdan el argumento de esa historia? Un califa (en realidad son dos) es engañado por su esposa; como venganza, la mata y decide no volver a casarse, sino elegir cada noche una mujer, a la que hace matar de madrugada. Sherezade, la hija del visir, en contra de los consejos de su padre, se empeña en acudir a las sesiones nocturnas del califa y, ante el asombro de todos, no es ejecutada al romper el día. Esta situación se prolonga durante mil noches, al cabo de las cuales el califa termina casán-dose con ella. El medio empleado por Sherezade para sobrevivir es sencillo: consiste en con-tar al califa distintos cuentos que nunca terminan de madrugada, sino que siempre ocurre que el alba sobreviene en el punto más interesante de la narración. El califa, intrigado por el inte-rés del cuento, pospone la ejecución para el día siguiente; y así un día y otro, porque apenas terminado un cuento, Sherezade comienza otro, con el que ocurre lo mismo que con el ante-rior, etc.
Vivir es, de algún modo, repetir la audacia de Sherezade: atreverse a inventar cada día la propia historia, la historia personal. Teniendo en cuenta también que nosotros nos jugamos mucho en ello: también a nosotros -nunca mejor dicho- nos va la vida en ello. Dos cosas fue-ron necesarias para que el intento de Sherezade resultara un éxito: el interés de los cuentos en sí mismos y la gracia y el estilo en la manera de contarlos.
Sobre el interés cabe decir que la narrativa moderna -ya desde Chéjov, al menos- ha descu-bierto el valor de lo ordinario, de lo cotidiano, como motivo literario. No se trata de grandes re-latos épicos, de realizar grandes hazañas, sino de caer en la cuenta de que lo verdaderamen-te interesante, lo prodigioso, es el hombre mismo. Lo prodigioso está ahí, con su apariencia de obviedad, de vulgaridad casi, pero hay que saber verlo. Ya advirtió Proust que “el verdade-ro viaje del descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en mirar con ojos nuevos”.
Esto contrasta con cierta tendencia a interpretar la vida como algo que nos viene desde fuera, que nos asalta desde el exterior. Ya hemos dicho con anterioridad que de esos dos elemen-tos fundamentales y complementarios de la vida del hombre -lo que al hombre le pasa y lo que el hombre decide hacer con lo que le pasa- el específicamente humano es el segundo. Vivir es hacer un acto positivo sobre la propia vida, un acto de posesión y de dominio: poner las manos sobre lo que nos pasa y, como si fuera una masa, atraparlo y moldearlo.
La aceptación sistemática y pasiva de lo que nos ocurre equivaldría a ausentarse de la tarea de construirse una vida. La pasividad, el asistir a nuestra vida como tan sólo de cuerpo pre-sente, significaría la aceptación de ser nadie. Es esencial esa decisión, esa audacia para to-mar posesión de la propia vida. Y como en todas las cuestiones prácticas en las que intervie-ne el tiempo, también aquí se cumple que no tomar una decisión debida significa haber to-mado ya una; hay decisiones que se toman por omisión, por inhibición.
Que el hombre sea autor de su propia biografía significa que cada uno, al vivir, está decidien-do entre varias posibilidades que se le presentan:
• si desea escribir él mismo su propia vida o, a la vista de las dificultades que entraña, de-siste y se la encarga a otros (los negros, escritores a sueldo de memorias y discursos por cuenta ajena que se publican con la firma no del autor sino del patrón). La vida hecha por encargo es la vida aceptada pasivamente, en la que el sujeto renuncia en la práctica al dominio efectivo de los resortes controladores del propio vivir. Es uno de los modos de abdicar de la identidad personal de no ser nadie.
• si desea que su vida sea una historia personal, original, o se dedica a la productiva y fácil industria del plagio, de la copia. En este caso uno no se ausenta de su vida pero la con-vierte en una historia repetitiva y monótona, mil veces contada, aburrida y pesada: la mis-ma historia de siempre. Vidas estandarizadas conforme a los patrones sociales vigentes en las que cambia únicamente el nombre del protagonista (por llamarle de alguna manera, porque en realidad no protagoniza nada) pero no la peripecia, idéntica en todos los casos. Esto puede ocurrir cuando se aceptan acríticamente los eslóganes y consignas dominan-tes en el medio social. La opinión pública, la publicidad, los criterios sociales y las modas pueden no sólo influir -esto es lógico- sino también conformar sustancialmente la vida, las líneas decisivas del proyecto personal, que por eso mismo acaba teniendo muy poco de personal. También aquí se cumple, como en la Biología, la ley de que quien se adapta tan completamente al medio que se uniforma con él, pierde la capacidad de sobrevivir a los cambios. La supervivencia está en ese equilibrio no muy definible entre adaptación e in-novación. Para innovar, para no estancarse y hacer progresar al hombre, hace falta no agotar las energías en el esfuerzo de mimetizarse.
EL TIEMPO EN LA VIDA DEL HOMBRE
La historicidad es, junto a la libertad, una de las características esenciales de la persona humana, de su modo de vivir. Esta instalación del hombre en el tiempo puede ser estudiada al menos desde dos puntos de vista distintos pero complementarios. Por un lado, el tiempo como medio en el que se despliega la vida del hombre, es decir, la vida del hombre como esencialmente afectada de temporalidad; y en segundo lugar, el hecho mismo de que esta afectación revista también el carácter de medida: la vida del hombre parece tener un final, que es la muerte.
Son cuestiones que se abordarán por separado.
1. Sentido antropológico del tiempo.
Cuando se habla del tiempo, se está utilizando una palabra que admite al menos una doble interpretación. Por un lado el tiempo cosmológico, el tiempo como magnitud física que utilizan las Ciencias y la Técnica, el tiempo que miden los relojes: se trata de la simple y regular fluencia de instantes sucesivos. Pero este tiempo físico no es el tiempo del hombre, el tiempo antropológico. El hombre tiene un modo específico de vivir el tiempo, completamente distinto del resto de las criaturas.
La profundización en el modo específico con que el tiempo afecta a la vida del hombre es, en cierta manera, un descubrimiento de la filosofía moderna, y más particularmente de la filoso-fía del siglo XX. Hasta entonces, el papel del tiempo en la reflexión filosófica es secundario, incluso en Hegel. La nueva valoración del tiempo corre pareja a la revalorización de la filoso-fía como búsqueda del sentido de la vida del hombre individual, que se ha perdido tanto en el racionalismo como en el idealismo. La vida humana, ese despliegue del hombre en el tiempo, tiene unas connotaciones específicas respecto a los demás vivientes.
Esa diferencia entre esas dos distintas concepciones o percepciones del tiempo se podrían ilustrar, desde dentro del vivir del hombre, haciendo referencia a los distintos significados de las palabras madurar y envejecer (Alvira). Las dos hacen referencia al tiempo, al transcurso temporal. Envejecer tiene un significado negativo: el paso del tiempo es vivido como derrota, como humillación y, sobre todo, con una connotación de pasividad, de asunto inevitable, irremediable: envejecer es vivir cronológicamente el tiempo. Madurar tiene una connotación positiva: es un modo de vivir el tiempo que tiene que ver con el crecimiento, con la plenitud, con el sentido.
En primer lugar, sólo el hombre, vive el tiempo. Se podría decir que el hombre es el único animal finito, porque es el único que lo sabe. Los seres vivos por debajo del hombre viven completamente ajenos al tiempo, les importa un bledo. Su vida está ligada al tiempo por me-diación del instinto; pero se quedan siempre en el instinto, no alcanzan nunca el tiempo (aun-que el tiempo sí les alcance a ellos).
Viven en el tiempo, sometidos a los efectos de la temporalidad, pero desconociendo esa irremediable caducidad que los habita y los traspasa. El hombre, en cambio, está hecho de tiempo tanto como de materia y de espíritu. La duración media previsible de su vida no es pa-ra él una circunstancia sino que forma parte de su definición; con arreglo a ella el hombre or-ganiza su vida. El hombre se entiende a sí mismo a la luz del hecho de que su vida está me-dida en el tiempo; sabe que va a vivir unos ochenta años y de acuerdo con este dato proyecta su vida. Si la duración media de la vida de la especie humana fuera doble o triple que la ac-tual, su concepto de la vida y de él mismo variaría notablemente, quizás sustancialmente. El pasado y el futuro y por eso mismo también el presente- tendrían un sentido muy distinto del que tienen entre nosotros.
¿Qué nuevo significado cobrarían para ellos esos conceptos que configuran la vida del hom-bre: el recuerdo y la nostalgia que tienen que ver con el pasado-, la esperanza y el deseo de renovación que tienen que ver con el futuro-, etc.? Esa distinta duración originaría cambios tan fundamentales que, en cierto sentido, quizás fuera razonable dice Kundera- preguntarse si ellos y nosotros perteneceríamos a la misma especie.
En segundo lugar conviene reparar en el distinto significado y la peculiar configuración que tiene el futuro en el tiempo cosmológico y en el tiempo antropológico. Puesto que el tiempo cosmológico es lineal podemos abarcarlo como si existiera ya en su totalidad: pasado, pre-sente y futuro son homogéneos, lo que significa que el futuro es predecible y de alguna ma-nera su conocimiento está a nuestro alcance.
Pero esto precisamente es lo que no ocurre en el tiempo antropológico; en él el futuro no es predecible porque la vida del hombre es un acontecimiento de libertad. Ya los antiguos grie-gos distinguían esos dos conceptos de vida: zoé (la vida biológica del hombre, las distintas etapas que el tiempo le marca, lo que le pasa) y bios (la vida biográfica, lo que el hombre hace con lo que le pasa). El tiempo del hombre se convierte en biografía; y el de la humani-dad se llama historia.
Dijimos ya anteriormente, citando a Ballesteros, que el hombre es un ser de memoria y pro-yecto. Ser de memoria no significa la materialidad misma de que el hombre pueda evocar las imágenes de su pasado (aparte de que el hombre no recuerda su vida, su pasado, como re-cuerda la lista de los reyes godos que aprendió en su infancia). Ser de memoria significa que el pasado no ha dejado de existir, no se ha evaporado sin dejar rastro, no es algo clausurado y olvidado, sino algo que de algún modo gravita en el presente, lo condiciona y lo configura; de un modo real, en el hoy del hombre está presente su pasado. El tiempo del hombre es acumulativo. De ahí que la contraposición dialéctica entre tradición y progreso (la disyuntiva: tradición o progreso) sea falsa.
Tradición y progreso se implican y se reconocen mutuamente en el concepto de cultura. Cul-tura tiene la misma raíz etimológica que culto y que cultivo: la palabra latina cultus, que signi-fica dedicación cuidadosa a una tarea. De ahí que cultura sea aquello a lo que el hombre se ha dedicado preferentemente, la cosecha de su propia historia, el grano sin paja, lo valioso acumulado de su experiencia. La cultura es el contenido esencial de la tradición (del latín tra-dere, entregar), el legado que una generación entrega como dote a la siguiente: su tesoro, su fortuna.
El hombre necesita de la tradición para no empezar de cero en cada generación; el hombre es lo que es, el hombre progresa, precisamente porque es cultural. Ser cultural significa ser de tradición, apoyarse en la tradición, en la valiosa experiencia heredada de nuestros mejores predecesores. El progreso no está reñido con la tradición, sino que más bien la necesita.
Caben posturas radicales, formas poco equilibradas de entender el tiempo, en las que la pro-funda conexión entre esos dos conceptos se rompe: el tradicionalismo entendido como nos-talgia radical del pasado, como aquel “cualquier tiempo pasado fue mejor” del poeta castella-no; o el progresismo, en el que se entiende el futuro como ruptura total con el pasado, como renuncia expresa del hombre a sus propias fuentes.
También en la vida de cada persona se da esa relación indisoluble entre pasado, presente y futuro, ese equilibrio entre tradición y progreso. Todo aquello que hemos vivido permanece en nosotros de dos maneras. Una primera, como anotaciones en el registro vivo de la memoria; la memoria es el tiempo acumulado del hombre, que se puede expandir, revisar, revivir y vol-ver a guardar. El hombre es también su remordimiento, su dolor, su nostalgia, su alegría, el sufrimiento por su vida mal perdida, la serenidad por su vida lograda... Todo eso es también el hombre.
Una segunda manera, menos evidente a primera vista pero igualmente real, es entender que mi ser personal actual -es decir, yo mismo tal como soy- es el registro más preciso y certero de mi biografía. Lo que soy ahora es fruto y resultado de todo mi pasado: soy todo lo que he sido. Somos también, como consecuencia, resultado de las posibilidades descartadas, de to-do aquello que pudimos ser y no quisimos, eso que a veces suscita en el hombre la nostalgia: “Hay eco de pisadas en la memoria por el pasadizo que no tomamos, la puerta que nunca abrimos” (Eliot)
Esa forma de condensación del pasado en el presente es lo que expresa Pessoa con tanta fuerza:
Sí, soy yo, yo mismo, tal cual he resultado de todo…Cuanto fui, cuanto no fui, todo eso soy. Cuanto quise, cuanto no quise, todo eso me forma. Cuanto amé o dejé de amar es en mí la misma condición. Y al mismo tiempo la impresión un tanto lejana, como de sueño que se quiere recordar en la penumbra a la que despertamos, de que hay en mí algo mejor que yo. (F. Pessoa)
Por ello podemos decir que el pasado, paradójicamente, nunca acaba de pasar. No se puede cortar con él; renunciar a él sería renunciar a la propia identidad: el resultado de ese olvido to-tal, de esa cisura con el pasado no sería tanto el no saber quién soy sino ser nadie. Proust lo expresa certera y admirablemente en el primer tomo de A la busca del tiempo perdido cuan-do, al evocar ciertos despertares de la infancia, escribe: “al despertarme, en el primer mo-mento, como no sabía dónde me encontraba, tampoco sabía quién era; en mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez primitiva tal como puede vibrar en lo hondo de un animal, y me hallaba en mayor desnudez de todo que el hombre de las caver-nas; pero entonces el recuerdo descendía hasta mí como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada”.
A la vez, el hombre es ser de proyecto, no en el sentido de que esté simplemente abierto al futuro -esto sería una obviedad- sino que no sabe vivir sin planear, sin buscar: es proclive al futuro (Ruiz de la Peña), capaz de la sorpresa, de la invención, capaz de novedad. De nove-dad también sobre sí mismo, sobre su propia vida: el pasado no es para él una realidad defi-nitiva, irreparable, irremediable.
De manera análoga a como antes hemos dicho que el pasado sigue vivo en el hoy, también el futuro está de algún modo contenido en el presente. No como ya predeterminado o prefija-do, sino en cuanto que de algún modo el futuro tira de él hacia adelante, lo moviliza. La pre-sencia estimulante del futuro en el presente se llama esperanza.
El hombre pierde la esperanza cuando el futuro personal ha desaparecido porque ha dejado de ser interesante; la vida entonces se estanca y paraliza como aquellas películas antiguas de celuloide que al romperse dejaban proyectada en la pantalla la imagen fija del fotograma que había quedado atrapado. Si el futuro no existe la vida pierde sentido.
La esperanza es, pues, el futuro anticipado en el presente, que dinamiza los resortes vitales ya que el hombre entiende que no cualquier modo de vivir es adecuado si quiere tener dispo-nible el futuro que anhela. El futuro no es para él un regalo, ni un feliz hallazgo casual, ni un triste e ineludible destino, sino una tarea; el hombre es constructor de su propio futuro. Nues-tro hoy condiciona nuestro futuro, nuestro futuro es hoy. A quien pasa del presente le ocurrirá que, por eso mismo, el futuro pasará de él. En este caso la esperanza -si todavía se puede seguir llamando así a ese deseo inconsistente y efímero, incapaz de movilizar la vida, es va-na, vacía: esperanza cero.
2. La vida como relato y representación
El hecho de que la vida del hombre sea una realidad que se distiende en el tiempo, significa que aún no somos lo que hemos de llegar a ser. Por otro lado está el hecho de que la vida humana no está compuesta sólo ni principalmente de lo que a uno le pasa, aunque en la vida pasan cosas, sino de lo que uno hace con aquello que le pasa. Hemos hablado de esa distin-ción que ya hacían los clásicos entre zoé -la vida biológica- y biós -la vida biográfica-. La vida propiamente humana es biografía, vivir es estar metidos de lleno en cada momento en el cui-dado de escribir la propia biografía. Aparece así la idea, tan sugerente como veraz, de la vida como relato.
Hace tiempo que la filosofía -particularmente la antropología- reparó en la consideración de la estructura narrativa de la existencia humana. Vivir es construir una historia, inventar cada uno su propia historia y contarla a los demás, mostrarla a quienes deseen oírla. A los hombres nos pasa lo que a Sherezade, la protagonista de Las mil y una noches: que para seguir vivos, cada día se ha de saldar con un cuento (Marín). ¿Recuerdan el argumento de esa historia? Un califa (en realidad son dos) es engañado por su esposa; como venganza, la mata y decide no volver a casarse, sino elegir cada noche una mujer, a la que hace matar de madrugada. Sherezade, la hija del visir, en contra de los consejos de su padre, se empeña en acudir a las sesiones nocturnas del califa y, ante el asombro de todos, no es ejecutada al romper el día. Esta situación se prolonga durante mil noches, al cabo de las cuales el califa termina casán-dose con ella. El medio empleado por Sherezade para sobrevivir es sencillo: consiste en con-tar al califa distintos cuentos que nunca terminan de madrugada, sino que siempre ocurre que el alba sobreviene en el punto más interesante de la narración. El califa, intrigado por el inte-rés del cuento, pospone la ejecución para el día siguiente; y así un día y otro, porque apenas terminado un cuento, Sherezade comienza otro, con el que ocurre lo mismo que con el ante-rior, etc.
Vivir es, de algún modo, repetir la audacia de Sherezade: atreverse a inventar cada día la propia historia, la historia personal. Teniendo en cuenta también que nosotros nos jugamos mucho en ello: también a nosotros -nunca mejor dicho- nos va la vida en ello. Dos cosas fue-ron necesarias para que el intento de Sherezade resultara un éxito: el interés de los cuentos en sí mismos y la gracia y el estilo en la manera de contarlos.
Sobre el interés cabe decir que la narrativa moderna -ya desde Chéjov, al menos- ha descu-bierto el valor de lo ordinario, de lo cotidiano, como motivo literario. No se trata de grandes re-latos épicos, de realizar grandes hazañas, sino de caer en la cuenta de que lo verdaderamen-te interesante, lo prodigioso, es el hombre mismo. Lo prodigioso está ahí, con su apariencia de obviedad, de vulgaridad casi, pero hay que saber verlo. Ya advirtió Proust que “el verdade-ro viaje del descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en mirar con ojos nuevos”.
Esto contrasta con cierta tendencia a interpretar la vida como algo que nos viene desde fuera, que nos asalta desde el exterior. Ya hemos dicho con anterioridad que de esos dos elemen-tos fundamentales y complementarios de la vida del hombre -lo que al hombre le pasa y lo que el hombre decide hacer con lo que le pasa- el específicamente humano es el segundo. Vivir es hacer un acto positivo sobre la propia vida, un acto de posesión y de dominio: poner las manos sobre lo que nos pasa y, como si fuera una masa, atraparlo y moldearlo.
La aceptación sistemática y pasiva de lo que nos ocurre equivaldría a ausentarse de la tarea de construirse una vida. La pasividad, el asistir a nuestra vida como tan sólo de cuerpo pre-sente, significaría la aceptación de ser nadie. Es esencial esa decisión, esa audacia para to-mar posesión de la propia vida. Y como en todas las cuestiones prácticas en las que intervie-ne el tiempo, también aquí se cumple que no tomar una decisión debida significa haber to-mado ya una; hay decisiones que se toman por omisión, por inhibición.
Que el hombre sea autor de su propia biografía significa que cada uno, al vivir, está decidien-do entre varias posibilidades que se le presentan:
• si desea escribir él mismo su propia vida o, a la vista de las dificultades que entraña, de-siste y se la encarga a otros (los negros, escritores a sueldo de memorias y discursos por cuenta ajena que se publican con la firma no del autor sino del patrón). La vida hecha por encargo es la vida aceptada pasivamente, en la que el sujeto renuncia en la práctica al dominio efectivo de los resortes controladores del propio vivir. Es uno de los modos de abdicar de la identidad personal de no ser nadie.
• si desea que su vida sea una historia personal, original, o se dedica a la productiva y fácil industria del plagio, de la copia. En este caso uno no se ausenta de su vida pero la con-vierte en una historia repetitiva y monótona, mil veces contada, aburrida y pesada: la mis-ma historia de siempre. Vidas estandarizadas conforme a los patrones sociales vigentes en las que cambia únicamente el nombre del protagonista (por llamarle de alguna manera, porque en realidad no protagoniza nada) pero no la peripecia, idéntica en todos los casos. Esto puede ocurrir cuando se aceptan acríticamente los eslóganes y consignas dominan-tes en el medio social. La opinión pública, la publicidad, los criterios sociales y las modas pueden no sólo influir -esto es lógico- sino también conformar sustancialmente la vida, las líneas decisivas del proyecto personal, que por eso mismo acaba teniendo muy poco de personal. También aquí se cumple, como en la Biología, la ley de que quien se adapta tan completamente al medio que se uniforma con él, pierde la capacidad de sobrevivir a los cambios. La supervivencia está en ese equilibrio no muy definible entre adaptación e in-novación. Para innovar, para no estancarse y hacer progresar al hombre, hace falta no agotar las energías en el esfuerzo de mimetizarse.
Son cuestiones que se abordarán por separado.
1. Sentido antropológico del tiempo.
Cuando se habla del tiempo, se está utilizando una palabra que admite al menos una doble interpretación. Por un lado el tiempo cosmológico, el tiempo como magnitud física que utilizan las Ciencias y la Técnica, el tiempo que miden los relojes: se trata de la simple y regular fluencia de instantes sucesivos. Pero este tiempo físico no es el tiempo del hombre, el tiempo antropológico. El hombre tiene un modo específico de vivir el tiempo, completamente distinto del resto de las criaturas.
La profundización en el modo específico con que el tiempo afecta a la vida del hombre es, en cierta manera, un descubrimiento de la filosofía moderna, y más particularmente de la filoso-fía del siglo XX. Hasta entonces, el papel del tiempo en la reflexión filosófica es secundario, incluso en Hegel. La nueva valoración del tiempo corre pareja a la revalorización de la filoso-fía como búsqueda del sentido de la vida del hombre individual, que se ha perdido tanto en el racionalismo como en el idealismo. La vida humana, ese despliegue del hombre en el tiempo, tiene unas connotaciones específicas respecto a los demás vivientes.
Esa diferencia entre esas dos distintas concepciones o percepciones del tiempo se podrían ilustrar, desde dentro del vivir del hombre, haciendo referencia a los distintos significados de las palabras madurar y envejecer (Alvira). Las dos hacen referencia al tiempo, al transcurso temporal. Envejecer tiene un significado negativo: el paso del tiempo es vivido como derrota, como humillación y, sobre todo, con una connotación de pasividad, de asunto inevitable, irremediable: envejecer es vivir cronológicamente el tiempo. Madurar tiene una connotación positiva: es un modo de vivir el tiempo que tiene que ver con el crecimiento, con la plenitud, con el sentido.
En primer lugar, sólo el hombre, vive el tiempo. Se podría decir que el hombre es el único animal finito, porque es el único que lo sabe. Los seres vivos por debajo del hombre viven completamente ajenos al tiempo, les importa un bledo. Su vida está ligada al tiempo por me-diación del instinto; pero se quedan siempre en el instinto, no alcanzan nunca el tiempo (aun-que el tiempo sí les alcance a ellos).
Viven en el tiempo, sometidos a los efectos de la temporalidad, pero desconociendo esa irremediable caducidad que los habita y los traspasa. El hombre, en cambio, está hecho de tiempo tanto como de materia y de espíritu. La duración media previsible de su vida no es pa-ra él una circunstancia sino que forma parte de su definición; con arreglo a ella el hombre or-ganiza su vida. El hombre se entiende a sí mismo a la luz del hecho de que su vida está me-dida en el tiempo; sabe que va a vivir unos ochenta años y de acuerdo con este dato proyecta su vida. Si la duración media de la vida de la especie humana fuera doble o triple que la ac-tual, su concepto de la vida y de él mismo variaría notablemente, quizás sustancialmente. El pasado y el futuro y por eso mismo también el presente- tendrían un sentido muy distinto del que tienen entre nosotros.
¿Qué nuevo significado cobrarían para ellos esos conceptos que configuran la vida del hom-bre: el recuerdo y la nostalgia que tienen que ver con el pasado-, la esperanza y el deseo de renovación que tienen que ver con el futuro-, etc.? Esa distinta duración originaría cambios tan fundamentales que, en cierto sentido, quizás fuera razonable dice Kundera- preguntarse si ellos y nosotros perteneceríamos a la misma especie.
En segundo lugar conviene reparar en el distinto significado y la peculiar configuración que tiene el futuro en el tiempo cosmológico y en el tiempo antropológico. Puesto que el tiempo cosmológico es lineal podemos abarcarlo como si existiera ya en su totalidad: pasado, pre-sente y futuro son homogéneos, lo que significa que el futuro es predecible y de alguna ma-nera su conocimiento está a nuestro alcance.
Pero esto precisamente es lo que no ocurre en el tiempo antropológico; en él el futuro no es predecible porque la vida del hombre es un acontecimiento de libertad. Ya los antiguos grie-gos distinguían esos dos conceptos de vida: zoé (la vida biológica del hombre, las distintas etapas que el tiempo le marca, lo que le pasa) y bios (la vida biográfica, lo que el hombre hace con lo que le pasa). El tiempo del hombre se convierte en biografía; y el de la humani-dad se llama historia.
Dijimos ya anteriormente, citando a Ballesteros, que el hombre es un ser de memoria y pro-yecto. Ser de memoria no significa la materialidad misma de que el hombre pueda evocar las imágenes de su pasado (aparte de que el hombre no recuerda su vida, su pasado, como re-cuerda la lista de los reyes godos que aprendió en su infancia). Ser de memoria significa que el pasado no ha dejado de existir, no se ha evaporado sin dejar rastro, no es algo clausurado y olvidado, sino algo que de algún modo gravita en el presente, lo condiciona y lo configura; de un modo real, en el hoy del hombre está presente su pasado. El tiempo del hombre es acumulativo. De ahí que la contraposición dialéctica entre tradición y progreso (la disyuntiva: tradición o progreso) sea falsa.
Tradición y progreso se implican y se reconocen mutuamente en el concepto de cultura. Cul-tura tiene la misma raíz etimológica que culto y que cultivo: la palabra latina cultus, que signi-fica dedicación cuidadosa a una tarea. De ahí que cultura sea aquello a lo que el hombre se ha dedicado preferentemente, la cosecha de su propia historia, el grano sin paja, lo valioso acumulado de su experiencia. La cultura es el contenido esencial de la tradición (del latín tra-dere, entregar), el legado que una generación entrega como dote a la siguiente: su tesoro, su fortuna.
El hombre necesita de la tradición para no empezar de cero en cada generación; el hombre es lo que es, el hombre progresa, precisamente porque es cultural. Ser cultural significa ser de tradición, apoyarse en la tradición, en la valiosa experiencia heredada de nuestros mejores predecesores. El progreso no está reñido con la tradición, sino que más bien la necesita.
Caben posturas radicales, formas poco equilibradas de entender el tiempo, en las que la pro-funda conexión entre esos dos conceptos se rompe: el tradicionalismo entendido como nos-talgia radical del pasado, como aquel “cualquier tiempo pasado fue mejor” del poeta castella-no; o el progresismo, en el que se entiende el futuro como ruptura total con el pasado, como renuncia expresa del hombre a sus propias fuentes.
También en la vida de cada persona se da esa relación indisoluble entre pasado, presente y futuro, ese equilibrio entre tradición y progreso. Todo aquello que hemos vivido permanece en nosotros de dos maneras. Una primera, como anotaciones en el registro vivo de la memoria; la memoria es el tiempo acumulado del hombre, que se puede expandir, revisar, revivir y vol-ver a guardar. El hombre es también su remordimiento, su dolor, su nostalgia, su alegría, el sufrimiento por su vida mal perdida, la serenidad por su vida lograda... Todo eso es también el hombre.
Una segunda manera, menos evidente a primera vista pero igualmente real, es entender que mi ser personal actual -es decir, yo mismo tal como soy- es el registro más preciso y certero de mi biografía. Lo que soy ahora es fruto y resultado de todo mi pasado: soy todo lo que he sido. Somos también, como consecuencia, resultado de las posibilidades descartadas, de to-do aquello que pudimos ser y no quisimos, eso que a veces suscita en el hombre la nostalgia: “Hay eco de pisadas en la memoria por el pasadizo que no tomamos, la puerta que nunca abrimos” (Eliot)
Esa forma de condensación del pasado en el presente es lo que expresa Pessoa con tanta fuerza:
Sí, soy yo, yo mismo, tal cual he resultado de todo…Cuanto fui, cuanto no fui, todo eso soy. Cuanto quise, cuanto no quise, todo eso me forma. Cuanto amé o dejé de amar es en mí la misma condición. Y al mismo tiempo la impresión un tanto lejana, como de sueño que se quiere recordar en la penumbra a la que despertamos, de que hay en mí algo mejor que yo. (F. Pessoa)
Por ello podemos decir que el pasado, paradójicamente, nunca acaba de pasar. No se puede cortar con él; renunciar a él sería renunciar a la propia identidad: el resultado de ese olvido to-tal, de esa cisura con el pasado no sería tanto el no saber quién soy sino ser nadie. Proust lo expresa certera y admirablemente en el primer tomo de A la busca del tiempo perdido cuan-do, al evocar ciertos despertares de la infancia, escribe: “al despertarme, en el primer mo-mento, como no sabía dónde me encontraba, tampoco sabía quién era; en mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez primitiva tal como puede vibrar en lo hondo de un animal, y me hallaba en mayor desnudez de todo que el hombre de las caver-nas; pero entonces el recuerdo descendía hasta mí como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada”.
A la vez, el hombre es ser de proyecto, no en el sentido de que esté simplemente abierto al futuro -esto sería una obviedad- sino que no sabe vivir sin planear, sin buscar: es proclive al futuro (Ruiz de la Peña), capaz de la sorpresa, de la invención, capaz de novedad. De nove-dad también sobre sí mismo, sobre su propia vida: el pasado no es para él una realidad defi-nitiva, irreparable, irremediable.
De manera análoga a como antes hemos dicho que el pasado sigue vivo en el hoy, también el futuro está de algún modo contenido en el presente. No como ya predeterminado o prefija-do, sino en cuanto que de algún modo el futuro tira de él hacia adelante, lo moviliza. La pre-sencia estimulante del futuro en el presente se llama esperanza.
El hombre pierde la esperanza cuando el futuro personal ha desaparecido porque ha dejado de ser interesante; la vida entonces se estanca y paraliza como aquellas películas antiguas de celuloide que al romperse dejaban proyectada en la pantalla la imagen fija del fotograma que había quedado atrapado. Si el futuro no existe la vida pierde sentido.
La esperanza es, pues, el futuro anticipado en el presente, que dinamiza los resortes vitales ya que el hombre entiende que no cualquier modo de vivir es adecuado si quiere tener dispo-nible el futuro que anhela. El futuro no es para él un regalo, ni un feliz hallazgo casual, ni un triste e ineludible destino, sino una tarea; el hombre es constructor de su propio futuro. Nues-tro hoy condiciona nuestro futuro, nuestro futuro es hoy. A quien pasa del presente le ocurrirá que, por eso mismo, el futuro pasará de él. En este caso la esperanza -si todavía se puede seguir llamando así a ese deseo inconsistente y efímero, incapaz de movilizar la vida, es va-na, vacía: esperanza cero.
2. La vida como relato y representación
El hecho de que la vida del hombre sea una realidad que se distiende en el tiempo, significa que aún no somos lo que hemos de llegar a ser. Por otro lado está el hecho de que la vida humana no está compuesta sólo ni principalmente de lo que a uno le pasa, aunque en la vida pasan cosas, sino de lo que uno hace con aquello que le pasa. Hemos hablado de esa distin-ción que ya hacían los clásicos entre zoé -la vida biológica- y biós -la vida biográfica-. La vida propiamente humana es biografía, vivir es estar metidos de lleno en cada momento en el cui-dado de escribir la propia biografía. Aparece así la idea, tan sugerente como veraz, de la vida como relato.
Hace tiempo que la filosofía -particularmente la antropología- reparó en la consideración de la estructura narrativa de la existencia humana. Vivir es construir una historia, inventar cada uno su propia historia y contarla a los demás, mostrarla a quienes deseen oírla. A los hombres nos pasa lo que a Sherezade, la protagonista de Las mil y una noches: que para seguir vivos, cada día se ha de saldar con un cuento (Marín). ¿Recuerdan el argumento de esa historia? Un califa (en realidad son dos) es engañado por su esposa; como venganza, la mata y decide no volver a casarse, sino elegir cada noche una mujer, a la que hace matar de madrugada. Sherezade, la hija del visir, en contra de los consejos de su padre, se empeña en acudir a las sesiones nocturnas del califa y, ante el asombro de todos, no es ejecutada al romper el día. Esta situación se prolonga durante mil noches, al cabo de las cuales el califa termina casán-dose con ella. El medio empleado por Sherezade para sobrevivir es sencillo: consiste en con-tar al califa distintos cuentos que nunca terminan de madrugada, sino que siempre ocurre que el alba sobreviene en el punto más interesante de la narración. El califa, intrigado por el inte-rés del cuento, pospone la ejecución para el día siguiente; y así un día y otro, porque apenas terminado un cuento, Sherezade comienza otro, con el que ocurre lo mismo que con el ante-rior, etc.
Vivir es, de algún modo, repetir la audacia de Sherezade: atreverse a inventar cada día la propia historia, la historia personal. Teniendo en cuenta también que nosotros nos jugamos mucho en ello: también a nosotros -nunca mejor dicho- nos va la vida en ello. Dos cosas fue-ron necesarias para que el intento de Sherezade resultara un éxito: el interés de los cuentos en sí mismos y la gracia y el estilo en la manera de contarlos.
Sobre el interés cabe decir que la narrativa moderna -ya desde Chéjov, al menos- ha descu-bierto el valor de lo ordinario, de lo cotidiano, como motivo literario. No se trata de grandes re-latos épicos, de realizar grandes hazañas, sino de caer en la cuenta de que lo verdaderamen-te interesante, lo prodigioso, es el hombre mismo. Lo prodigioso está ahí, con su apariencia de obviedad, de vulgaridad casi, pero hay que saber verlo. Ya advirtió Proust que “el verdade-ro viaje del descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en mirar con ojos nuevos”.
Esto contrasta con cierta tendencia a interpretar la vida como algo que nos viene desde fuera, que nos asalta desde el exterior. Ya hemos dicho con anterioridad que de esos dos elemen-tos fundamentales y complementarios de la vida del hombre -lo que al hombre le pasa y lo que el hombre decide hacer con lo que le pasa- el específicamente humano es el segundo. Vivir es hacer un acto positivo sobre la propia vida, un acto de posesión y de dominio: poner las manos sobre lo que nos pasa y, como si fuera una masa, atraparlo y moldearlo.
La aceptación sistemática y pasiva de lo que nos ocurre equivaldría a ausentarse de la tarea de construirse una vida. La pasividad, el asistir a nuestra vida como tan sólo de cuerpo pre-sente, significaría la aceptación de ser nadie. Es esencial esa decisión, esa audacia para to-mar posesión de la propia vida. Y como en todas las cuestiones prácticas en las que intervie-ne el tiempo, también aquí se cumple que no tomar una decisión debida significa haber to-mado ya una; hay decisiones que se toman por omisión, por inhibición.
Que el hombre sea autor de su propia biografía significa que cada uno, al vivir, está decidien-do entre varias posibilidades que se le presentan:
• si desea escribir él mismo su propia vida o, a la vista de las dificultades que entraña, de-siste y se la encarga a otros (los negros, escritores a sueldo de memorias y discursos por cuenta ajena que se publican con la firma no del autor sino del patrón). La vida hecha por encargo es la vida aceptada pasivamente, en la que el sujeto renuncia en la práctica al dominio efectivo de los resortes controladores del propio vivir. Es uno de los modos de abdicar de la identidad personal de no ser nadie.
• si desea que su vida sea una historia personal, original, o se dedica a la productiva y fácil industria del plagio, de la copia. En este caso uno no se ausenta de su vida pero la con-vierte en una historia repetitiva y monótona, mil veces contada, aburrida y pesada: la mis-ma historia de siempre. Vidas estandarizadas conforme a los patrones sociales vigentes en las que cambia únicamente el nombre del protagonista (por llamarle de alguna manera, porque en realidad no protagoniza nada) pero no la peripecia, idéntica en todos los casos. Esto puede ocurrir cuando se aceptan acríticamente los eslóganes y consignas dominan-tes en el medio social. La opinión pública, la publicidad, los criterios sociales y las modas pueden no sólo influir -esto es lógico- sino también conformar sustancialmente la vida, las líneas decisivas del proyecto personal, que por eso mismo acaba teniendo muy poco de personal. También aquí se cumple, como en la Biología, la ley de que quien se adapta tan completamente al medio que se uniforma con él, pierde la capacidad de sobrevivir a los cambios. La supervivencia está en ese equilibrio no muy definible entre adaptación e in-novación. Para innovar, para no estancarse y hacer progresar al hombre, hace falta no agotar las energías en el esfuerzo de mimetizarse.
6 de febrero de 2011
EL DAÑO HUMANO
La sociedad es una construcción del hombre, porque este en su estado de indefensión tiene que recurrir a sus semejantes como estrategia de supervivencia. El agregado de seres humanos a cualquier comunidad tiene dos sentidos, el del compromiso para que sus pueblos se desarrollen o todo lo contrario.
Realizar actos en beneficio social conduce al deseo de una coexistencia y de una tolerancia. La polarización en que se suele incumbir cuando se presentan partes diametralmente opuestas, en apreciaciones y criterios, se ha convertido ya en un serio problema socio político, en donde reinan las pasiones más que las razones. Se impone así el detrimento de las sociedades, en su forma mas explicita, el daño.
Es difícil decir quién hace el mayor daño: los enemigos con sus peores intenciones o los amigos con las mejores. Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere. El que busca un amigo sin defectos se queda sin amigos.
Aristóteles hace en su libro de la Ética de Nicómaco una reflexión sobre la amistad. Dice “Sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera los demás bienes, porque la prosperidad no sirve de nada si se está privado de la posibilidad de hacer el bien, la cual se ejercita, sobre todo, respecto de los amigos. Asimismo, en los infortunios se considera a los amigos como único refugio”.defiende que algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud. Para ser amigos se debe evitar el daño humano. Es una forma consciente de vivir en sociedad. Si alguien daña a otra persona, esta dañando a la sociedad misma, esta violando todos los derechos sociales. Ante esta necesidad hay que cuidarse de los excesos en el actuar y en el sentir.
El daño humano se refleja en la Ley misma. El hombre la ha creado para evitarlo, porque la ley reconoce el fin justo y útil, pero puede acontecer que en ciertas circunstancias se tornen injustas en algunas consecuencias. Solamente la ley tiene el poder y la obligación de limitar las actividades del ser humano mientras estén dentro de los límites de lo correcto y de la defensa de la integridad del hombre.
Por lo tanto el hombre debe saber de antemano que es lo que puede hacer y lo que no, fijándose a través de la ley si va a producir el daño o no. El daño puede ser material, intelectual o daño ideal.
Frente al daño se encuentra el castigo, este es una forma clave de control social, con la explícita función de corregir el comportamiento de los individuos. El no cumplimiento de la Ley conlleva un daño social. El análisis sobre los problemas del daño, la responsabilidad y la reparación varía con cada horizonte de época. Hoy debe verse el daño humano como el resultado de una convergencia de elementos como el hecho, la causalidad y la culpa y de este, la indemnización que merece la victima ante el injusto sufrido con el fin de concretar el ideal de justicia humana.
No se puede hacer daño al hombre, su condición de ser integro e irrepetible lo determina en su exigencia de merecer respeto y acatamiento. Es una forma de vida más racional y de más sentido social. El hombre debe vivir dignamente y ser valorado para evitarle dañar la sociedad.
Realizar actos en beneficio social conduce al deseo de una coexistencia y de una tolerancia. La polarización en que se suele incumbir cuando se presentan partes diametralmente opuestas, en apreciaciones y criterios, se ha convertido ya en un serio problema socio político, en donde reinan las pasiones más que las razones. Se impone así el detrimento de las sociedades, en su forma mas explicita, el daño.
Es difícil decir quién hace el mayor daño: los enemigos con sus peores intenciones o los amigos con las mejores. Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere. El que busca un amigo sin defectos se queda sin amigos.
Aristóteles hace en su libro de la Ética de Nicómaco una reflexión sobre la amistad. Dice “Sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera los demás bienes, porque la prosperidad no sirve de nada si se está privado de la posibilidad de hacer el bien, la cual se ejercita, sobre todo, respecto de los amigos. Asimismo, en los infortunios se considera a los amigos como único refugio”.defiende que algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud. Para ser amigos se debe evitar el daño humano. Es una forma consciente de vivir en sociedad. Si alguien daña a otra persona, esta dañando a la sociedad misma, esta violando todos los derechos sociales. Ante esta necesidad hay que cuidarse de los excesos en el actuar y en el sentir.
El daño humano se refleja en la Ley misma. El hombre la ha creado para evitarlo, porque la ley reconoce el fin justo y útil, pero puede acontecer que en ciertas circunstancias se tornen injustas en algunas consecuencias. Solamente la ley tiene el poder y la obligación de limitar las actividades del ser humano mientras estén dentro de los límites de lo correcto y de la defensa de la integridad del hombre.
Por lo tanto el hombre debe saber de antemano que es lo que puede hacer y lo que no, fijándose a través de la ley si va a producir el daño o no. El daño puede ser material, intelectual o daño ideal.
Frente al daño se encuentra el castigo, este es una forma clave de control social, con la explícita función de corregir el comportamiento de los individuos. El no cumplimiento de la Ley conlleva un daño social. El análisis sobre los problemas del daño, la responsabilidad y la reparación varía con cada horizonte de época. Hoy debe verse el daño humano como el resultado de una convergencia de elementos como el hecho, la causalidad y la culpa y de este, la indemnización que merece la victima ante el injusto sufrido con el fin de concretar el ideal de justicia humana.
No se puede hacer daño al hombre, su condición de ser integro e irrepetible lo determina en su exigencia de merecer respeto y acatamiento. Es una forma de vida más racional y de más sentido social. El hombre debe vivir dignamente y ser valorado para evitarle dañar la sociedad.
INTELIGENCIA DEL HOMBRE
Entre los primates, el hombre (género homo), que aparece hace tres millones de años se distingue por su posición bípeda, su inteligencia, su lenguaje y su capacidad de producir herramientas, es decir de crear cultura. Mientras que otros animales eligieron el camino de la integración y conocimiento total de su medio ambiente, el hombre eligió el camino de la cultura. La cultura, es una herramienta que acumula y almacena cada uno de los pequeños avances y nuevos conocimientos que van realizando los diferentes individuos, para que luego todos juntos puedan ser transmitidos y utilizados por otro.
En su conciencia del universo, el hombre se cree algo especial, algo separado y superior a la naturaleza y a el resto de todas las criaturas. Sin embargo el hombre, es un animal más, de características prácticamente iguales a sus parientes cercanos los primates y también del resto de animales y seres vivos. La extrema inteligencia de la que el hombre se cree propietario no es superior a la inteligencia del resto de animales, sino que, simplemente ha avanzado por un camino diferente.
El Diccionario de la Lengua Española trae dos acepciones: Facultad de comprender, capacidad mayor o menor de saber o aprender. Conjunto de todas las funciones que tienen por objeto el conocimiento (sensación, asociación, memoria, imaginación, entendimiento, razón, conciencia).
La inteligencia es la capacidad de relacionar conocimientos que poseemos para resolver una determinada situación. Si indagamos un poco en la etimología de la propia palabra encontramos en su origen latino inteligere, compuesta de intus (entre) y legere (escoger). Por lo que podemos deducir que ser inteligente es saber elegir la mejor opción entre las que se nos brinda para resolver un problema.
La historia de la inteligencia humana se explica como el empeño del cerebro en buscar formas de comunicarse consigo mismo. Cuando el primer humano trazó la primera línea, precipitó una revolución en la conciencia humana. Una vez que los seres humanos se dieron cuenta de que eran capaces de exteriorizar sus imágenes mentales, la evolución fue más rápida.
La inteligencia humana no tiene limites , es casi infinito su potencial, diferentes textos y expositores plantean el poder que tiene sobre la manera de enfrentar las situaciones de la vida. Con su inteligencia el hombre toma todas las vivencias cotidianas y las representa en forma de mapas mentales que le facilitan su comportamiento en condiciones futuras.
Podemos construir la visión de nuestro mundo, nuestros sueños , las ganas de hacer las cosas, la actitud mental positiva. Por medio de la inteligencia estamos en capacidad de entender, motivar y ayudar a otros. Nos conduce a la sensibilidad humana entendida como la capacidad de darse cuenta y poder diferenciar entre los individuos y sus estados de ánimo, intenciones, motivaciones y temperamento y estar prontos a ayudarlos.
La primera diferencia fundamental entre el hombre y el resto de los animales se ha cifrado en su inteligencia; por ella se definía al hombre como animal racional. Hasta hace bien poco la racionalidad parecía un refugio seguro para señalar la diferencia y la supremacía del hombre. Sin embargo, con el desarrollo tecnológico, esta diferencia y supremacía se ha visto atacada, al surgir la denominada Inteligencia Artificial. No faltan voces abundantes que señalan que el oficio de pensar ya no es exclusivo de los humanos.
Es tal el entusiasmo que suscita en muchos la Inteligencia Artificial, que se discute seriamente si los artefactos que poseen propiedades antes atribuidas en exclusiva al hombre deben ser considerados personas o no, con tratamiento y derechos equivalentes. También se ha propuesto considerar a las máquinas pensantes como una suerte de hermanos que hemos fabricado, o incluso como hijos mentales.
Una bienvenida a nuestros hermanos que han sido engendrados por el dualismo hombre-máquina. Que se queden entre nosotros para el bien de la humanidad.
En su conciencia del universo, el hombre se cree algo especial, algo separado y superior a la naturaleza y a el resto de todas las criaturas. Sin embargo el hombre, es un animal más, de características prácticamente iguales a sus parientes cercanos los primates y también del resto de animales y seres vivos. La extrema inteligencia de la que el hombre se cree propietario no es superior a la inteligencia del resto de animales, sino que, simplemente ha avanzado por un camino diferente.
El Diccionario de la Lengua Española trae dos acepciones: Facultad de comprender, capacidad mayor o menor de saber o aprender. Conjunto de todas las funciones que tienen por objeto el conocimiento (sensación, asociación, memoria, imaginación, entendimiento, razón, conciencia).
La inteligencia es la capacidad de relacionar conocimientos que poseemos para resolver una determinada situación. Si indagamos un poco en la etimología de la propia palabra encontramos en su origen latino inteligere, compuesta de intus (entre) y legere (escoger). Por lo que podemos deducir que ser inteligente es saber elegir la mejor opción entre las que se nos brinda para resolver un problema.
La historia de la inteligencia humana se explica como el empeño del cerebro en buscar formas de comunicarse consigo mismo. Cuando el primer humano trazó la primera línea, precipitó una revolución en la conciencia humana. Una vez que los seres humanos se dieron cuenta de que eran capaces de exteriorizar sus imágenes mentales, la evolución fue más rápida.
La inteligencia humana no tiene limites , es casi infinito su potencial, diferentes textos y expositores plantean el poder que tiene sobre la manera de enfrentar las situaciones de la vida. Con su inteligencia el hombre toma todas las vivencias cotidianas y las representa en forma de mapas mentales que le facilitan su comportamiento en condiciones futuras.
Podemos construir la visión de nuestro mundo, nuestros sueños , las ganas de hacer las cosas, la actitud mental positiva. Por medio de la inteligencia estamos en capacidad de entender, motivar y ayudar a otros. Nos conduce a la sensibilidad humana entendida como la capacidad de darse cuenta y poder diferenciar entre los individuos y sus estados de ánimo, intenciones, motivaciones y temperamento y estar prontos a ayudarlos.
La primera diferencia fundamental entre el hombre y el resto de los animales se ha cifrado en su inteligencia; por ella se definía al hombre como animal racional. Hasta hace bien poco la racionalidad parecía un refugio seguro para señalar la diferencia y la supremacía del hombre. Sin embargo, con el desarrollo tecnológico, esta diferencia y supremacía se ha visto atacada, al surgir la denominada Inteligencia Artificial. No faltan voces abundantes que señalan que el oficio de pensar ya no es exclusivo de los humanos.
Es tal el entusiasmo que suscita en muchos la Inteligencia Artificial, que se discute seriamente si los artefactos que poseen propiedades antes atribuidas en exclusiva al hombre deben ser considerados personas o no, con tratamiento y derechos equivalentes. También se ha propuesto considerar a las máquinas pensantes como una suerte de hermanos que hemos fabricado, o incluso como hijos mentales.
Una bienvenida a nuestros hermanos que han sido engendrados por el dualismo hombre-máquina. Que se queden entre nosotros para el bien de la humanidad.
DIOS DEL UNIVERSO
Señor: Soy criatura de la ciencia, más no de la fe. Creo en la conciencia que forja el conocimiento. Creo en su avance.
Señor: Si tú perteneces a la conciencia del universo, porque eres su hacedor, dadme un momento para comprenderte y aceptarte.
Señor: Si eres eterno y haz sido el autor del universo, dadme un momento de la vida para entenderte y difundir tu obra.
Señor: Si perteneces al infinito y les haz dado a los hombres la finitud te pido humildemente tu presencia infinita para que todos los humanos seamos parte de ti.
Señor: la vida es inmensa y es grande porque tenemos conciencia de ti. Muéstranos tu presencia y deja ver tu infinita sabiduría.
Señor: Somos impotentes ante las fuerzas del universo y si tú las haz creado, nos rendimos ante ti. Por eso te pedimos tu manifestación para que la mente humana tenga la mente del universo y de su hacedor.
Señor: Te pedimos tu asistencia, desde cualquier punto del universo en donde te encuentres, para que este género homo tome conciencia de que el universo existe, y en este la vida, que hoy permite la búsqueda de la comprensión del infinito y de tu autoría.
Señor: Si tú perteneces a la conciencia del universo, porque eres su hacedor, dadme un momento para comprenderte y aceptarte.
Señor: Si eres eterno y haz sido el autor del universo, dadme un momento de la vida para entenderte y difundir tu obra.
Señor: Si perteneces al infinito y les haz dado a los hombres la finitud te pido humildemente tu presencia infinita para que todos los humanos seamos parte de ti.
Señor: la vida es inmensa y es grande porque tenemos conciencia de ti. Muéstranos tu presencia y deja ver tu infinita sabiduría.
Señor: Somos impotentes ante las fuerzas del universo y si tú las haz creado, nos rendimos ante ti. Por eso te pedimos tu manifestación para que la mente humana tenga la mente del universo y de su hacedor.
Señor: Te pedimos tu asistencia, desde cualquier punto del universo en donde te encuentres, para que este género homo tome conciencia de que el universo existe, y en este la vida, que hoy permite la búsqueda de la comprensión del infinito y de tu autoría.
CIENCIA DE LA VIDA
La ciencia se estructura en lo que se llama el método científico cuyo soporte es la observación, la experimentación y la comprobación. La vida hace parte de la ciencia y ésta trata de comprenderla desde su observación y desde sus manifestaciones.
La comprobación de los actos del hombre es la determinante de su paso por el tiempo. La verdadera ciencia de la vida consiste en aprovechar al máximo el día presente, el día de hoy, olvidando el pasado y dejando en paz el futuro.
Hay personas que complican a diario su quehacer y cargan sacos pequeños de penas, trabajos y alegrías de un solo día, el día de hoy. Otras cargan un saco pesado, abrumador, el del pasado: son esas gentes que vuelven y vuelven a recordar las penas pasadas, los fracasos que tuvieron, las heridas que sufrieron. Se empeñan en rascar las heridas y así siempre están sangrando y nunca se curan.
El presente es el momento que registra la historia del hombre y hace parte de su libertad individual. La historicidad es, junto a la libertad, una de las características esenciales de la persona humana, de su modo de vivir. Esta instalación del hombre en el tiempo define su condición de vivo, concepto afectado de temporalidad. La vida del hombre parece tener un final que es la muerte.
El hombre pierde la esperanza cuando el futuro personal ha desaparecido porque ha dejado de ser interesante; la vida entonces se estanca y paraliza como aquellas películas antiguas de celuloide que al romperse dejaban proyectada en la pantalla la imagen fija del fotograma que había quedado atrapado.
La esperanza es, pues, el futuro anticipado en el presente, que dinamiza los resortes vitales ya que el hombre entiende que no cualquier modo de vivir es adecuado si quiere tener disponible el futuro que anhela. El futuro no es para él un regalo, ni un feliz hallazgo casual, ni un triste e ineludible destino, sino una tarea; el hombre es constructor de su propio futuro.
La ciencia de la vida está en el vivir mismo, es atreverse a inventar cada día la propia historia, la historia personal. Teniendo en cuenta también que nosotros nos jugamos mucho en ello: también a nosotros, nunca mejor dicho, nos va la vida en ello.
Vivir es aprender a hacer un uso lúcido y consciente de nuestra libertad. Para ello es condición previa una decisión: la de elegir la vida que se desea llevar, la decisión tener una vida propia, personal. Vivir es tener una historia que contar, y contarla: la vida humana tiene estructura argumental. Y siguiendo con la analogía de la vida como relato, habría que resaltar la importancia del estilo, del modo de contar esa historia.
Hoy estamos atentos a los movimientos, al devenir permanente de la vida, a la intensidad, el ritmo, el tono con que se desliza por nosotros la vida. Debemos impulsar nuestra vida a partir de la premisa: Bástale a cada día su afán. Así en realidad la vida consta de un solo día. Cada noche podríamos decir que nos morimos por unas horas cuando dormimos, para resucitar nuevamente al despertar por la mañana.
Lo único que tengo, lo único de lo que soy dueño, es de este día de hoy, por tanto lo voy a vivir y disfrutar como si fuera el único día que voy a tener. Un día es una vida entera en miniatura. Mira a este día porque es la vida, la mismísima vida de la vida.
En su breve curso están todas las verdades y realidades de la existencia, la bendición del desarrollo, la gloria de la acción, el esplendor de las realizaciones. Todos pueden vivir, pacientemente, de modo amable y sano hasta que el sol se ponga y esto es realmente lo que la vida significa.
No corras por la vida tan rápido que olvides, no solamente donde has estado sino hacia donde vas. La vida no se mide por los descansos que tomamos sino por los momentos que nos roban el aliento. Esta es la ciencia de la vida.
La comprobación de los actos del hombre es la determinante de su paso por el tiempo. La verdadera ciencia de la vida consiste en aprovechar al máximo el día presente, el día de hoy, olvidando el pasado y dejando en paz el futuro.
Hay personas que complican a diario su quehacer y cargan sacos pequeños de penas, trabajos y alegrías de un solo día, el día de hoy. Otras cargan un saco pesado, abrumador, el del pasado: son esas gentes que vuelven y vuelven a recordar las penas pasadas, los fracasos que tuvieron, las heridas que sufrieron. Se empeñan en rascar las heridas y así siempre están sangrando y nunca se curan.
El presente es el momento que registra la historia del hombre y hace parte de su libertad individual. La historicidad es, junto a la libertad, una de las características esenciales de la persona humana, de su modo de vivir. Esta instalación del hombre en el tiempo define su condición de vivo, concepto afectado de temporalidad. La vida del hombre parece tener un final que es la muerte.
El hombre pierde la esperanza cuando el futuro personal ha desaparecido porque ha dejado de ser interesante; la vida entonces se estanca y paraliza como aquellas películas antiguas de celuloide que al romperse dejaban proyectada en la pantalla la imagen fija del fotograma que había quedado atrapado.
La esperanza es, pues, el futuro anticipado en el presente, que dinamiza los resortes vitales ya que el hombre entiende que no cualquier modo de vivir es adecuado si quiere tener disponible el futuro que anhela. El futuro no es para él un regalo, ni un feliz hallazgo casual, ni un triste e ineludible destino, sino una tarea; el hombre es constructor de su propio futuro.
La ciencia de la vida está en el vivir mismo, es atreverse a inventar cada día la propia historia, la historia personal. Teniendo en cuenta también que nosotros nos jugamos mucho en ello: también a nosotros, nunca mejor dicho, nos va la vida en ello.
Vivir es aprender a hacer un uso lúcido y consciente de nuestra libertad. Para ello es condición previa una decisión: la de elegir la vida que se desea llevar, la decisión tener una vida propia, personal. Vivir es tener una historia que contar, y contarla: la vida humana tiene estructura argumental. Y siguiendo con la analogía de la vida como relato, habría que resaltar la importancia del estilo, del modo de contar esa historia.
Hoy estamos atentos a los movimientos, al devenir permanente de la vida, a la intensidad, el ritmo, el tono con que se desliza por nosotros la vida. Debemos impulsar nuestra vida a partir de la premisa: Bástale a cada día su afán. Así en realidad la vida consta de un solo día. Cada noche podríamos decir que nos morimos por unas horas cuando dormimos, para resucitar nuevamente al despertar por la mañana.
Lo único que tengo, lo único de lo que soy dueño, es de este día de hoy, por tanto lo voy a vivir y disfrutar como si fuera el único día que voy a tener. Un día es una vida entera en miniatura. Mira a este día porque es la vida, la mismísima vida de la vida.
En su breve curso están todas las verdades y realidades de la existencia, la bendición del desarrollo, la gloria de la acción, el esplendor de las realizaciones. Todos pueden vivir, pacientemente, de modo amable y sano hasta que el sol se ponga y esto es realmente lo que la vida significa.
No corras por la vida tan rápido que olvides, no solamente donde has estado sino hacia donde vas. La vida no se mide por los descansos que tomamos sino por los momentos que nos roban el aliento. Esta es la ciencia de la vida.
LA ACCION DEL HOMO
En el paso por la vida se recoge lo que se siembra. La acción humana es la condición determinante del trascender del hombre, y en todo momento sus manifestaciones producen un efecto que es posible evaluar. Frente a una actitud de bondad transmite generosamente lo que recibe. Es capaz de remediar la sequía producida por la tormenta humana que vive en función de hacer el daño.
El hombre se hace consciente de realizar una conducta y lo hace, desde su voluntad, cuando la transforma en actuación que pretende alcanzar precisos fines y objetivos. La acción del Homo es una respuesta consciente del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es una reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que está influyendo en su misma vida.
A veces se me ocurre pensar que el hombre cada vez se parece más a estos relojes de cuerda que andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que se repita una vez más la necesidad de construir un mundo mejor, lejos de enajenaciones y de dañinas intenciones.
La naturaleza del ser humano se apuntala en su cultura y a través de ésta se desarrolla a sí mismo. En su medio cotidiano busca transformar la naturaleza y para ello requiere convivir o interactuar con sus semejantes. Así participa en la configuración del mundo.
La acción del homo es toda actividad emprendida por un humano con miras a un fin, el encuentro de un resultado práctico. Aristóteles determina una actividad muy propia del hombre: la teorética o contemplativa, la que se dirige al conocimiento, no a la acción. La vida teorética, la vida contemplativa, es la más feliz y su virtud, la sabiduría, la máxima virtud. De todos modos una vida puramente contemplativa no es dable al hombre, quien se encuentra siempre requerido por cuestiones mundanas, lo que no impide que dicha vida permanezca como un ideal y ni que intentemos vivir según lo mejor que hay en nosotros.
Sí le queda al hombre el afán de buscar un camino que le permita comprender su propia existencia y la de los demás con el fin de articular procesos de conducción humana en aras del progreso social.
La acción del homo, en el momento actual, esta determinada por el desarrollo científico y tecnológico, que la circunscriben y la moldean, haciendo de aquella algo que se puede manipular. Entonces el hombre es un objeto que se puede manejar desde los intereses de la ciencia y la tecnología.
Sólo cuando se es consciente de esta situación el ser humano puede soltar aquellas ataduras que le impiden su recto uso de decisión y su capacidad de creación de ambientes propios que le produzcan felicidad.
Somos frágiles ante el actuar, somos débiles ante el mundo de la técnica, somos instrumentos de los procesos que se estructuran en intereses particulares. Es el momento de tomar conciencia para que la acción del homo sea propia y no dependiente de formas mezquinas de comportamiento que sólo engendran incertidumbre en la vida que nos corresponde.
Vale la pena combatir las estructuras que se tejen para la manipulación de nuestra mente y para el sometimiento ante intereses oscuros que comprometen la existencia misma de la sociedad mundial.
La acción del homo debe ser la huella digital del pensamiento humano, estructurada en la valentía en el actuar y en la decisión propia.
El hombre se hace consciente de realizar una conducta y lo hace, desde su voluntad, cuando la transforma en actuación que pretende alcanzar precisos fines y objetivos. La acción del Homo es una respuesta consciente del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es una reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que está influyendo en su misma vida.
A veces se me ocurre pensar que el hombre cada vez se parece más a estos relojes de cuerda que andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que se repita una vez más la necesidad de construir un mundo mejor, lejos de enajenaciones y de dañinas intenciones.
La naturaleza del ser humano se apuntala en su cultura y a través de ésta se desarrolla a sí mismo. En su medio cotidiano busca transformar la naturaleza y para ello requiere convivir o interactuar con sus semejantes. Así participa en la configuración del mundo.
La acción del homo es toda actividad emprendida por un humano con miras a un fin, el encuentro de un resultado práctico. Aristóteles determina una actividad muy propia del hombre: la teorética o contemplativa, la que se dirige al conocimiento, no a la acción. La vida teorética, la vida contemplativa, es la más feliz y su virtud, la sabiduría, la máxima virtud. De todos modos una vida puramente contemplativa no es dable al hombre, quien se encuentra siempre requerido por cuestiones mundanas, lo que no impide que dicha vida permanezca como un ideal y ni que intentemos vivir según lo mejor que hay en nosotros.
Sí le queda al hombre el afán de buscar un camino que le permita comprender su propia existencia y la de los demás con el fin de articular procesos de conducción humana en aras del progreso social.
La acción del homo, en el momento actual, esta determinada por el desarrollo científico y tecnológico, que la circunscriben y la moldean, haciendo de aquella algo que se puede manipular. Entonces el hombre es un objeto que se puede manejar desde los intereses de la ciencia y la tecnología.
Sólo cuando se es consciente de esta situación el ser humano puede soltar aquellas ataduras que le impiden su recto uso de decisión y su capacidad de creación de ambientes propios que le produzcan felicidad.
Somos frágiles ante el actuar, somos débiles ante el mundo de la técnica, somos instrumentos de los procesos que se estructuran en intereses particulares. Es el momento de tomar conciencia para que la acción del homo sea propia y no dependiente de formas mezquinas de comportamiento que sólo engendran incertidumbre en la vida que nos corresponde.
Vale la pena combatir las estructuras que se tejen para la manipulación de nuestra mente y para el sometimiento ante intereses oscuros que comprometen la existencia misma de la sociedad mundial.
La acción del homo debe ser la huella digital del pensamiento humano, estructurada en la valentía en el actuar y en la decisión propia.
TRASCENDER DEL HOMBRE
El ascenso del hombre, en su proceso histórico, está marcado por una lenta y paciente forma de evolución. Sus elementos constitutivos, primero fueron biológicos, y a través de su recorrido por el tiempo ha plasmado, en etapas sucesivas, su modo de ser actual.
Lo primero que manifiesta es su condición para el mantenimiento de su especie, su reproducción y su conservación. En el desarrollo de su integralidad hacia lo psíquico y lo social ha logrado construir cultura y civilización.
Articula entonces sus tres elementos constitutivos: lo biológico, lo psíquico y lo social y así llega a su misma comprensión holística. Hoy el hombre es un complejo de la naturaleza configurado por aciertos y desaciertos. Se dirige hacia un futuro incierto pero siempre busca una esperanza porque tiene hambre de elevación.
El vuelo que pretende realizar, al final de sus días, le da ilusiones y formas de combatir su angustia existencial. Dentro de sus congéneres apenas hace lo que de ellos aprende, pero sólo algunos logran escaparse de la manada. Son los que buscan elevarse y trepar las cumbres de la vida.
El miedo al hondazo de las crisis otea el horizonte humano y le produce nubarrones de incertidumbre y de queja. Los procesos que desarrolla durante la existencia se presentan como reacción a situaciones de adversidad.
El trascender del hombre se refiere al reto de ir más allá del límite de su existencia. Es su dimensión trascendental y es aquí en donde adquiere el sentido de ir allende lo natural tanto en el conocimiento como en la vida plena y cabal. Adquiere entonces un carácter de finalidad que ha de cumplirse como lo más importante, lo esencial, por lo que se convierte en el fundamento de la acción y el sentido de todo lo que hace.
Los hombres que tienen hambre de elevación buscan trascender, buscan pasar de un lugar a otro distinto pero de más categorización, es el ascenso de más alta calidad, a un lugar más sutil. Así logra subir de nivel, de estar en situaciones más altas y que además es de cualidad distinta a la que deja atrás.
Es el hombre el que tiene la capacidad de volar por el universo, de acercarlo en sus partes y de comprenderlo. Al trascender en su conciencia, trasciende en el mundo y en su misma sociedad. Debe configurar la dimensión de su existencia a partir de la práctica de combatir la mediocridad y la unidimensionalidad.
Ante lo temporal, el hombre puede asumir dos actitudes fundamentales: puede vivir en el tiempo y para el tiempo, o bien, puede vivir en el tiempo para el logro de su trascender universal.
No existe el hombre en abstracto, sino este o aquel humano que vive para el tiempo o que vive para la posteridad. Por lo demás, cada ser humano es inefable y el hombre existe como existe cada hombre en particular, con todas las diversas modalidades.
Lo primero que manifiesta es su condición para el mantenimiento de su especie, su reproducción y su conservación. En el desarrollo de su integralidad hacia lo psíquico y lo social ha logrado construir cultura y civilización.
Articula entonces sus tres elementos constitutivos: lo biológico, lo psíquico y lo social y así llega a su misma comprensión holística. Hoy el hombre es un complejo de la naturaleza configurado por aciertos y desaciertos. Se dirige hacia un futuro incierto pero siempre busca una esperanza porque tiene hambre de elevación.
El vuelo que pretende realizar, al final de sus días, le da ilusiones y formas de combatir su angustia existencial. Dentro de sus congéneres apenas hace lo que de ellos aprende, pero sólo algunos logran escaparse de la manada. Son los que buscan elevarse y trepar las cumbres de la vida.
El miedo al hondazo de las crisis otea el horizonte humano y le produce nubarrones de incertidumbre y de queja. Los procesos que desarrolla durante la existencia se presentan como reacción a situaciones de adversidad.
El trascender del hombre se refiere al reto de ir más allá del límite de su existencia. Es su dimensión trascendental y es aquí en donde adquiere el sentido de ir allende lo natural tanto en el conocimiento como en la vida plena y cabal. Adquiere entonces un carácter de finalidad que ha de cumplirse como lo más importante, lo esencial, por lo que se convierte en el fundamento de la acción y el sentido de todo lo que hace.
Los hombres que tienen hambre de elevación buscan trascender, buscan pasar de un lugar a otro distinto pero de más categorización, es el ascenso de más alta calidad, a un lugar más sutil. Así logra subir de nivel, de estar en situaciones más altas y que además es de cualidad distinta a la que deja atrás.
Es el hombre el que tiene la capacidad de volar por el universo, de acercarlo en sus partes y de comprenderlo. Al trascender en su conciencia, trasciende en el mundo y en su misma sociedad. Debe configurar la dimensión de su existencia a partir de la práctica de combatir la mediocridad y la unidimensionalidad.
Ante lo temporal, el hombre puede asumir dos actitudes fundamentales: puede vivir en el tiempo y para el tiempo, o bien, puede vivir en el tiempo para el logro de su trascender universal.
No existe el hombre en abstracto, sino este o aquel humano que vive para el tiempo o que vive para la posteridad. Por lo demás, cada ser humano es inefable y el hombre existe como existe cada hombre en particular, con todas las diversas modalidades.
27 de diciembre de 2010
ESTRELLAS AL AMANECER
Cada vez que miramos el firmamento, en una noche de estrellas, nos asombramos de la vastedad del universo. Si dejamos vagar nuestra imaginación apenas alcanzamos a comprender el infinito. Nuestra mente nos permite relacionar la forma como se presentan aquellos corpúsculos brillantes y como nos transmiten su luz. Muchas de las estrellas están a millones de años luz. Un año luz es la distancia que recorre un rayo de luz, viajando a 300.000 kilómetros por segundo, en un año. Qué enorme distancia para entenderla.
El hombre ha logrado penetrar en el misterio que rodea el nacimiento de una estrella. Supongamos una nube de hidrógeno en el espacio. Poco a poco la gravedad va actuando sobre la nube, haciendo que su masa se contraiga bajo su propio peso, lo que se denomina colapso gravitatorio. Ese colapso es muy gradual, pero es fácil deducir que cuanto mayor sea su masa, más rápido ocurrirá esa contracción.
Una nube cuya masa sea el 8% de la masa del Sol tardaría unos 800 millones de años en convertirse en una estrella estable, mientras que una nube con una masa como la que originó nuestro Sol tardó aproximadamente unos 10 millones de años.
A medida que se produce el colapso, la temperatura en el centro de la nube va aumentando como consecuencia del aumento de presión. Tenemos lo que se llama una protoestrella.
Las cosas ocurren ahora bastante deprisa: en unos 1.000 años más la protoestrella se ha contraído hasta convertirse en una esfera más luminosa. La cuestión es que a medida que la densidad y la temperatura del centro de la nube va aumentando, se hace más probable que se inicien reacciones de fusión que produzcan energía de tal magnitud que dan origen a la estrella.
Qué proceso tan simple para que el universo esté lleno de estrellas. El hombre en su proceso de construcción debe semejarse a una estrella. En su interior debe brillar la luz de su recta conciencia y en su exterior, plasmar su accionar en los demás de modo que sus actos se traduzcan en soluciones al conglomerado social al que pertenece.
El hombre que mira al cielo y trata de comprenderlo, también mira a su homólogo y debe comprenderlo. Es la estrategia de la paz del universo. Hombre y estrella juntos de la mano, llevan el mensaje para un día mejor. Miremos todos las estrellas y traigamos su luz para que alumbre la convulsión del mundo.
El hombre ha logrado penetrar en el misterio que rodea el nacimiento de una estrella. Supongamos una nube de hidrógeno en el espacio. Poco a poco la gravedad va actuando sobre la nube, haciendo que su masa se contraiga bajo su propio peso, lo que se denomina colapso gravitatorio. Ese colapso es muy gradual, pero es fácil deducir que cuanto mayor sea su masa, más rápido ocurrirá esa contracción.
Una nube cuya masa sea el 8% de la masa del Sol tardaría unos 800 millones de años en convertirse en una estrella estable, mientras que una nube con una masa como la que originó nuestro Sol tardó aproximadamente unos 10 millones de años.
A medida que se produce el colapso, la temperatura en el centro de la nube va aumentando como consecuencia del aumento de presión. Tenemos lo que se llama una protoestrella.
Las cosas ocurren ahora bastante deprisa: en unos 1.000 años más la protoestrella se ha contraído hasta convertirse en una esfera más luminosa. La cuestión es que a medida que la densidad y la temperatura del centro de la nube va aumentando, se hace más probable que se inicien reacciones de fusión que produzcan energía de tal magnitud que dan origen a la estrella.
Qué proceso tan simple para que el universo esté lleno de estrellas. El hombre en su proceso de construcción debe semejarse a una estrella. En su interior debe brillar la luz de su recta conciencia y en su exterior, plasmar su accionar en los demás de modo que sus actos se traduzcan en soluciones al conglomerado social al que pertenece.
El hombre que mira al cielo y trata de comprenderlo, también mira a su homólogo y debe comprenderlo. Es la estrategia de la paz del universo. Hombre y estrella juntos de la mano, llevan el mensaje para un día mejor. Miremos todos las estrellas y traigamos su luz para que alumbre la convulsión del mundo.
DISFRUTE DE SU SABIDURIA
Somos un cúmulo de experiencias y de conocimientos que han sido plasmados a base de las vivencias y de las estrategias de aprendizaje. Vamos rodando hacia el abismo del infinito, pero ya tenemos un mundo de cosas que ya hemos resuelto y otro mundo que todavía nos falta. Por eso vivimos, por eso amamos, por eso estamos dispuestos, en forma permanente, a asumir retos. Esta es la energía de nuestra vida, esta es la detención del acelerador que nos empuja hacia aquel infinito. Es el momento en que combinamos las experiencias con el conocimiento, es nuestra sabiduría.
Todos llevamos el gene de la sabiduría, la experiencia con el correr de los años nos dice que hemos caminado mucho por el sendero de la vida, que hemos aprendido de la gente, que hemos cometido errores pero también aciertos.
Todos pertenecemos a este mundo de afanes y contradicciones, al mundo del desarrollo tecnológico y de la guerra, al mundo del orden y del caos. Tenemos el deber, como humanos, de reconstruirlo bajo el concepto de una formación de sociedad más justa y menos consumista.
Cuando tomemos conciencia de aquello empezamos a disfrutar de la sabiduría. La sabiduría es el pleno goce de la vida porque ya hemos aprendido a articular la experiencia con el conocimiento. Cada paso de nuestra existencia ya lo medimos y calculamos, y aún más sacamos las conclusiones necesarias. Sabemos para donde van nuestras acciones.
La prudencia hace parte de la sabiduría. El recato y la discreción van colmando nuestros actos. Somos la consecuencia del haber aprendido a asimilar la vida en una forma constructiva y dinámica.
La felicidad del hombre es el disfrute de su sabiduría. Es enmendar el error en aras de la verdad así se sacrifique parte de la vida. La verdad nos une en hermandad. Los pueblos que buscan y encuentran la verdad se vuelven hermanos.
El hombre de la verdad no será destruido porque es el hombre de la sabiduría. En la identidad de los pueblos siempre estará la mano de los sabios, de los que propugnan porque el caos se convierta en orden y porque la justicia se construya sobre la verdad, y no como la realidad del mundo actual, sobre la mentira.
Todos llevamos el gene de la sabiduría, la experiencia con el correr de los años nos dice que hemos caminado mucho por el sendero de la vida, que hemos aprendido de la gente, que hemos cometido errores pero también aciertos.
Todos pertenecemos a este mundo de afanes y contradicciones, al mundo del desarrollo tecnológico y de la guerra, al mundo del orden y del caos. Tenemos el deber, como humanos, de reconstruirlo bajo el concepto de una formación de sociedad más justa y menos consumista.
Cuando tomemos conciencia de aquello empezamos a disfrutar de la sabiduría. La sabiduría es el pleno goce de la vida porque ya hemos aprendido a articular la experiencia con el conocimiento. Cada paso de nuestra existencia ya lo medimos y calculamos, y aún más sacamos las conclusiones necesarias. Sabemos para donde van nuestras acciones.
La prudencia hace parte de la sabiduría. El recato y la discreción van colmando nuestros actos. Somos la consecuencia del haber aprendido a asimilar la vida en una forma constructiva y dinámica.
La felicidad del hombre es el disfrute de su sabiduría. Es enmendar el error en aras de la verdad así se sacrifique parte de la vida. La verdad nos une en hermandad. Los pueblos que buscan y encuentran la verdad se vuelven hermanos.
El hombre de la verdad no será destruido porque es el hombre de la sabiduría. En la identidad de los pueblos siempre estará la mano de los sabios, de los que propugnan porque el caos se convierta en orden y porque la justicia se construya sobre la verdad, y no como la realidad del mundo actual, sobre la mentira.
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