SOMOS POLVO DE ESTRELLAS

SOMOS POLVO DE ESTRELLAS

21 de junio de 2015

EL EJERCICIO DEL PODER

Ya desde sus inicios, una vez se formaron las primeras sociedades, la humanidad vio la necesidad de organizar el ejercicio del poder, con el fin de facilitar el gobierno de las primeras comunidades. Entonces surgió la política.

Si nos atenemos a los tratados sobre la historia de la humanidad, encontramos que este arte fue adquiriendo refinamiento con el transcurso de los tiempos.

Como quiera que nuestra civilización tiene sus orígenes en Grecia, pues es hacia allá adonde debemos remontarnos para encontrar su significado y su orientación. Más aún, su etimología tiene su génesis en la cultura griega, en donde tomó arraigo gracias al tratado homónimo de Aristóteles.

No obstante, los inicios de la política se remontan al neolítico, cuando la sociedad comenzó a organizarse en un sistema jerárquico y ciertos individuos adquirieron poder sobre los demás miembros de la comunidad. Antes de esto, el poder residía en quien tuviera mayor fortaleza física o en el más inteligente del grupo. Algunos teóricos aseguran que este tipo de organización también puede ser considerado como una forma de política, por lo que se podría afirmar que la política es tan antigua como la propia humanidad.

Los sistemas políticos de la antigüedad eran generalmente absolutistas ya que la totalidad del poder se encontraba en manos de un único sujeto. En Grecia, existían también algunas ciudades-estado donde se practicaba una democracia parcial y se llevaban a cabo asambleas. Sin embargo, es a partir de la Revolución Francesa cuando el esquema político experimentó un cambio significativo, porque desde ese momento se instauraron regímenes con características democráticas, donde la toma de decisiones debe responder a la voluntad general.

Empero, no siempre se logra ese ideal democrático de un gobierno “del pueblo, con el pueblo y para el pueblo”, objetivo primario de la democracia, pues son muchos los gobernantes que en la historia de cada nación han sido, que interponen sus propios intereses y los de sus allegados familiares o de secta, a los del pueblo que los eligió, Y, entonces, la democracia en este tipo de países se convierte en un simple juego electoral, pues la codicia, la avaricia y la soberbia (éstas sí, pasiones del alma -y de las más negativas-) se convierten en los paradigmas de la política.

Lamentablemente Colombia está dentro de esa extensa lista de países con una democracia de papel. Es decir que sólo existe en la Constitución Política, pero no se pone en práctica.

Y lo que es peor, estos gobernantes, no contentos con haber administrado con intereses mezquinos (y hasta haber llegado a cometer desafueros e incluso delitos), al dejar el gobierno su sed de poder puede más que la vergüenza y la dignidad e insisten (mediante frases melifluas) en ponerle palos a la rueda gubernamental de su sucesor, con el único ánimo de convertirse ante los miopes ojos de sus parciales, como el único capaz de salvar del caos a la nación que dejaron en un desbarajuste impresionante. De tal magnitud, que muchos de quienes fueron sus colaboradores están en la cárcel o están haciendo cola para ser juzgados; aun cuando no faltan los fugitivos.

Como dijera Aldous Huxley, literato británico, “Cuanto más siniestro es un político, más pomposo es su lenguaje.”


http://www.maganguehoy.com/index.php/editorial/2032-el-ejercicio-del-poder

8 de junio de 2015

DOCTOR, SOY MORTAL

La obsesión de la medicina moderna por prolongar la existencia puede recortar la libertad de las personas en la última fase de sus vidas.

Joseph Lazarov padecía un cáncer de próstata incurable. Un día su pierna se paralizó y fue hospitalizado. La enfermedad se había extendido a la columna. Pese a que no existía la posibilidad de una recuperación razonable, que le permitiera una calidad de vida aceptable para él, quiso someterse a una operación de alto riesgo para extirpar la creciente masa tumoral. “No deis mi caso por perdido”, suplicó a los médicos.

La intervención fue técnicamente perfecta. Pero supuso el detonante de decenas de molestas y dolorosas complicaciones (fallos respiratorios, infecciones, coágulos, hemorragias…). El paciente, de sesenta y tantos años, pasó sus últimas horas postrado en una cama en una fría sala de cuidados intensivos, entubado. Todo salió mal. Murió 15 días después. “Le torturamos durante dos semanas, y luego murió; pasara lo que pasara, lo cierto es que no podíamos curarle”, reconoce Atul Gawande, uno de los cirujanos que le atendió, hace ya una década.

El paciente no estaba preparado para morir, ni sus médicos supieron cómo hablar con él sobre la verdad de su estado, a pesar de que las consecuencias de la operación eran muy previsibles. “Aprendí muchísimas cosas en la facultad, pero la mortalidad no figuraba entre ellas. Nuestros libros no decían casi nada sobre el envejecimiento.

A nuestro modo de ver, y al de nuestros catedráticos, el objetivo de la enseñanza de la medicina era que aprendiéramos a salvar vidas, no a cómo ocuparnos de su final”, afirma Gawande, también profesor de Harvard, en la introducción de Ser mortal, la medicina y lo que importa al final (Galaxia Gutenberg). El libro, publicado en España el mes de marzo, refleja uno de los grandes debates actuales: el papel de los médicos en un mundo en el que cada vez más gente vive hasta bien entrada la vejez.

Los importantes avances registrados en medicina en el último siglo han proporcionado gran parte de la humanidad una existencia mejor y más larga. En 1790, las personas de 65 años o más suponían menos del 2% de la población en Estados Unidos; hoy son el 14%. En Alemania, España, Italia y Japón, rondan el 20%. China se ha convertido en el primer país del mundo con más de 100 millones de personas ancianas. Y las cifras van en aumento. Pero existe cierto consenso en que, en más ocasiones de las deseadas, se llevan demasiado lejos los intentos por prolongar la vida y se habla poco con el paciente sobre sus preferencias.

La definición de cómo debe ser la última parte de nuestra existencia está en el centro de un intenso debate. Frente a la creencia de que vivir muchos años suele dar la felicidad, cada vez se pone más el énfasis en que no todos aspiran a batir marcas de longevidad. “Somos criaturas mortales, con cada vez menos salud, y debemos aspirar a tener la mejor vida posible hasta el final. La medicina debe ayudar en ese proceso. Hemos medicalizado la última fase de la vida, que cada vez dura más años. La gente tiene más objetivos aparte de vivir más”, explica Gawande en una entrevista telefónica desde Boston, donde vive y trabaja.

¿Morir en casa o en el hospital? ¿Reanimación en caso de parada cardiorrespiratoria? ¿Suministro de antibióticos si se detecta una infección, pese a que se trate de un enfermo terminal o de muy avanzada edad? ¿Afrontar los riesgos asociados a una operación o vivir fuera de un hospital los últimos meses? ¿Vivir menos pero con mayor calidad de vida o ir tirando? Las respuestas son extraordinariamente personales y únicas y deben de ser respondidas. Iona Heath es una de las profesionales de la salud que han analizado las repercusiones de la negación de la muerte para el paciente.

En un libro de referencia en este tema, Ayudar a morir (Katz Editores), la médica británica cita un estudio esclarecedor al respecto, realizado en Estados Unidos entre pacientes con cáncer avanzado y demencia avanzada: en el 24% de los casos se intentó reanimar al moribundo, mientras el 55% de los pacientes con demencia murieron con los tubos de alimentación. “Uno de los encuentros más desafortunados de la medicina moderna es el de un anciano débil e indefenso, que se acerca al final de su vida, con un médico joven y dinámico que comienza su carrera”, explica la doctora de familia.

Uno de los efectos del enorme avance científico es que la muerte se ha trasladado a los hospitales. La gente fallece rodeada de máquinas y de profesionales sanitarios a los que no conoce. En 1995, la mayoría de los fallecimientos en Estados Unidos se producían en el domicilio; en los ochenta, solo el 17% de los casos. La tendencia en Europa es similar. “La medicina actual ha convertido las vidas cortas y las muertes rápidas del pasado en unas vidas largas y unas muertes lentas”, según el psicólogo Ramón Bayés, profesor emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona de 84 años, y estudioso de la salud (oncología, sida, envejecimiento y cuidados paliativos), que también ha escrito sobre el tema. El problema es que la posibilidad de demorar el proceso de morir se ha convertido, en muchos casos, en el objetivo a alcanzar.

Bayés cita un ejemplo de este cambio de paradigma: “Un campesino viudo que durante su larga existencia ha vivido siempre en un entorno familiar físico y afectivo le sobreviene un derrame cerebral y una ambulancia lo traslada con rapidez a un gran hospital de la ciudad, donde muere solo, en un lugar extraño, en ninguna parte”. Hace 50 años, casi con toda seguridad, habría muerto en casa.

Cristina Galindo

http://elpais.com/elpais/2015/06/04/ciencia/1433408846_350341.html

1 de junio de 2015

“HE PERDIDO LA FE EN EL MUNDO ACADÉMICO” Dura crítica de un estudiante de doctorado

El estudiante Gene Bunin se retiró decepcionado de su doctorado que estaba a punto de concluir y escribió esta carga a todos los estamentos académicos, profesores, investigadores y estudiantes de la prestigiosa Escuela Politécnica Federal de Lausana en la que cuestiona la formación que se le estaba dando pero sobretodo el propósito, más orientado hacia lo mercantil sin aportarle mayores beneficios positivos al mundo o a la sociedad en las que se vive. Esta fue la polémica y crítica reflexión del estudiante nacido en Moscú y emigrado a Estados Unidos quien pretendía concluir un doctorado en ciencia en el famoso Politécnico de Laussane en Suiza que expresó a través de esta carta pública.

Querida  Escuela Politécnica Federal de Lausana:

Les escribo para decirles que después de cuatro años de duro pero agradable trabajo de doctorado en esta escuela, tengo la intención de abandonar mi tesis en enero, tan sólo a unos meses de terminarla. Originalmente había pensado dirigir esta carta sólo a mis tutores. Sin embargo, mientras la escribía me di cuenta de que el mensaje de ésta puede ser pertinente para cualquier persona involucrada en la investigación y así he ampliado su alcance un poco. En concreto está dirigida a estudiantes de posgrado, investigadores postdoctorales, investigadores de alto nivel y profesores, así como para la gente en los más altos niveles de la administración de la escuela.

Mientras que podría dar una multitud de razones para abandonar mis estudios -algunos más concretos, otros más abstractos- la motivación esencial surge de mi conclusión personal de que he perdido la fe en el mundo académico de hoy como algo que trae un beneficio positivo para el mundo o para las sociedades en las que vivimos. En cambio, estoy empezando a pensar en él como una gran aspiradora de dinero que se lleva subvenciones y escupe resultados nebulosos, impulsada por personas cuya principal preocupación no es avanzar en el conocimiento y lograr un cambio positivo, aunque pueden hablar de tales cosas, sino agrandar su currículum y propulsar/mantener sus posiciones académicas. Pero más sobre esto en un momento.

Antes de continuar quiero ser muy claro acerca de dos cosas. En primer lugar, no todo lo que voy a decir aquí es de mi experiencia de primera mano. Mucho también se basa en las conversaciones que he tenido con mis compañeros, con gente fuera de la EPFL y refleja tanto sus experiencias como la mía. En segundo lugar, ninguna de las declaraciones negativas que hago en esta carta debe ser tomada como ataques personales por ninguno de sus lectores. No es mi intención demonizar a nadie, ni apuntar a individuos específicos. Voy a añadir que, tanto aquí (en la EPFL) como en otros lugares, he conocido a algunas personas excelentes y no me atrevería – ni ahora ni en cien años – a acusarlos de lo que escribí en el párrafo anterior. Sin embargo, el miedo y la sospecha es que estas personas son pocas, y que son ellas quienes están siendo marginadas por un sistema, que alimentándose de nuestras debilidades humanas innatas, se está saliendo rápidamente fuera de control.

No sé cuántos de los estudiantes de doctorado que leen esto han entrado en sus programas de doctorado con el deseo de realmente aprender y de alguna manera contribuir a la ciencia de una manera positiva. Personalmente yo sí lo hice. Si tú también lo hiciste, entonces probablemente compartes por lo menos alguna de las frustraciones que voy a describir a continuación.

Academia: No es ciencia, es negocio

Voy a comenzar con la suposición de que el objetivo de la ciencia es la búsqueda de la verdad para mejorar nuestra comprensión del universo que nos rodea y de alguna manera utilizar ese entendimiento para llevar al mundo hacia un futuro mejor. Al menos esa es la propaganda con la que hemos sido alimentados desde jóvenes y esa es por lo general la propaganda que las universidades que hacen investigación emplean para ponerse en un terreno moral elevado, para decorar sus páginas web y para reclutar a jóvenes ingenuos como yo.

También voy a suponer que con el fin de encontrar la verdad, el requisito básico es que uno como investigador tiene que ser brutalmente honesto, sobretodo con uno mismo y con la calidad del trabajo propio. Aquí uno se encuentra inmediatamente con una contradicción, pues tal honestidad parece tener un papel muy secundario en la agenda de la mayoría de las personas. A poco tiempo de adentrarse en el mundo académico, se aprende que el ser “demasiado honesto” sobre el trabajo propio es algo malo y que mencionar las deficiencias de tu investigación “muy abiertamente” es un gran paso en falso.

En cambio, se te enseña a “vender” tu trabajo, a preocuparte de tu “imagen”, y a ser estratégico en tu vocabulario y donde tienes que utilizarlo. Se da preferencia a una buena presentación sobre un buen contenido – una prioridad que, aunque comprensible a veces, ahora ha ido demasiado lejos. La forma “malvada” de hacer contactos (véase, por ejemplo: click ) parece estar alentada abiertamente. Con tantos aspectos comerciales de que preocuparse, es realmente sorprendente que de hecho algo de investigación se siga haciendo estos días. O tal vez no, ya que son precisamente los aún ingenuos estudiantes de doctorado quienes hacen casi todo.

Además de sentir la gran injusticia de todo esto – a los estudiantes, quienes hacen el verdadero trabajo, se les paga sorprendentemente poco, mientras que a los tutores se les paga muy bien – el estudiante de doctorado a menudo se queda pensando si sólo está haciendo ciencia hoy para después poder ocupar los puestos administrativos de sus tutores. Lo peor es cuando un estudiante de doctorado que quiere quedarse en la academia acepta esto y comienza a jugar del otro lado de la mesa.

Todos los estudiantes de doctorado que lean esto, inevitablemente conocerán a alguien con la mala suerte de haber encontrado un tutor que ha aceptado este tipo de dinámica y que ahora está aplicándola en sus propios estudiantes – obligándolos a escribir artículo tras artículo y a trabajar cantidades ridículas de horas para que el asesor pueda avanzar en su carrera o, como con frecuencia pasa, para obtener la permanencia definitiva. Esto es inaceptable y tiene que parar. Y sin embargo, mientras escribo esto me acuerdo de cómo la EPFL ha establecido su propio sistema de permanencia definitiva no hace mucho tiempo.

Academia: La mentalidad de cabeza

Un aspecto muy triste de todo el sistema académico es la cantidad de autoengaño que ocurre, la cual es una “habilidad ” que muchos de los nuevos reclutas son obligados a dominar desde el principio. Como muchos estudiantes de doctorado no pueden elegir su tema de investigación, se ven obligados a adoptar lo que sus asesores hacen y a crear “algo original” con ello para que algún día eso pueda llegar a convertirse en una tesis. Todo esto está bien y es aceptable cuando el tema es realmente interesante y tiene potencial. Personalmente, tuve la suerte que este fuera el caso para mí, pero también sé de bastante gente que, después de haber recibido su tema, se dieron cuenta de que la dirección de su investigación era de importancia marginal y no tan interesante como les fue vendido por su tutor.

Esto parece dejarle al estudiante un ultimátum desagradable. Obviamente decirle al asesor que la investigación no es prometedora u original no funciona – el asesor ya ha invertido mucho de su tiempo, reputación y trayectoria en el tema y no será convencido por alguien con la mitad de su edad de que ha cometido un error. Si el estudiante insiste él o ella será etiquetado como “obstinado” y si la insistencia es demasiado fuerte no será capaz de obtener el doctorado. La alternativa, por muy desagradable que esta sea, es mentirte a ti mismo y encontrar argumentos para estar moralmente cómodo y con esto de alguna manera convencerte de que lo que estás haciendo tiene un valor científico importante. Para quienes la obtención de un doctorado es un deber inamovible (normalmente por razones financieras) la elección, aunque trágica, es obvia.

El verdadero problema es que este hábito puede fácilmente ser llevado más allá de los estudios de posgrado, hasta que el estudiante mismo llegue a ser como el investigador, con la mentalidad inversa de “es importante porque he gastado muchos años de mi vida trabajando en ello”.

Academia: Donde la originalidad te dañará

La buena y sana mentalidad sería naturalmente trabajar en aquella investigación que consideremos importante. Desafortunadamente, la mayoría de ese tipo de investigaciones está llena de retos y es difícil de llegar a publicar. Además, el sistema actual de publica-o-perece hace difícil el mantener un laboratorio mientras se trabaja en problemas que requieren cuando menos de diez años de trabajo antes de que se pueda reportar el más pequeño de los resultados preliminares. Peor aún, los resultados pueden llegar a no ser entendidos, lo que en algunos casos es el equivalente a ser rechazados por la comunidad científica. Reconozco que esto es difícil, y no me atrevería a criticar a aquellos que han escogido no perseguir tan “arriesgados” problemas.

Idealmente, el sistema académico debería incentivar a aquellas personas que ya están bien establecidas a alcanzar estos retos y estoy seguro que algunos de ellos ya lo hacen. Sin embargo, no puedo evitar pensar que la mayoría de nosotros estamos evitando las verdaderas preguntas y nos conformamos con las pequeñas y fáciles que sabemos que pueden ser resueltas y publicadas. El resultado es una cantidad masiva de literatura científica llena de contribuciones repetitivas y marginales. Esto, en cambio, no es necesariamente algo malo si lo que deseas es obtener un buen currículo.

Academia: El agujero negro del oportunismo en la investigación

De hecho, escribir un montón de artículos de valor cuestionable acerca de un tema popular parece ser una muy buena manera de avanzar en tu carrera académica en estos días. Las ventajas son evidentes : no hay necesidad de convencer a nadie de que el tema es pertinente y es muy probable que seas más citado ya que más personas pueden trabajar en cosas similares. Esto, a su vez, aumentará tu factor de impacto y te ayudará a establecerte como un investigador reconocido, independientemente de si tu trabajo es realmente bueno o importante. Asimismo de esta forma se establece una especie de red en la que otros investigadores (igualmente oportunistas) te dan palmaditas en las espalda mientras tú haces lo propio.

Desafortunadamente, esto no sólo lleva a favorecer la cantidad sobre la calidad, sino que muchos investigadores, habiéndose hecho dependientes de este efecto de arrastre, después necesitan encontrar formas de mantenerlo vivo incluso cuando el campo comienza a estancarse. Los resultados suelen ser desastrosos. O bien los investigadores comienzan a pensar en extensiones creativas pero completamente absurdas de sus métodos para usos para los que no son apropiados, o tratan de inhibir a otros investigadores que proponen alternativas más originales y eficientes (por lo general hacen ambas cosas). Esto a su vez desalienta a los nuevos investigadores a buscar alternativas originales y los anima a “subirse al carro” que aunque se basó en una buena idea, ahora se ha estancado y es mantenido por nada más que la pura voluntad de la comunidad que se ha vuelto dependiente de él . Entonces se convierte en un gigantesco y muy costoso desastre.

Academia: Estadísticas a granel

“Los investigadores con artículos son como niños”, me dijo una vez un investigador. Y, de hecho, parece existir una malsana obsesión entre los académicos al respecto de su número de citas, de su factor de impacto y de su número de publicaciones. Esto lleva a cualquier cantidad de sinsentidos: investigadores realizando “citas estratégicas”, escritura de recomendaciones “anónimas” donde se sugiere a los autores del artículo revisado a citar el trabajo propio y hasta a intercambiar artículos entre colegas con el entendido de “yo-leeré-el-tuyo-si-tú-lees-el-mío”. Si se pregunta, nadie aceptará preocuparse por sus citas, y aún así esas mismas personas con seguridad sabrán de memoria el número de veces que sus artículos han sido citados. Admito que yo mismo he estado en esa posición y me odio por lo mismo.

En la EPFL el rector nos manda un correo electrónico cada año diciendo lo bien que la escuela está ubicada en los rankings. Yo siempre me pregunto cuál es el punto de estos correos. ¿Por qué habría de preocuparle a los científicos si la institución está ubicada en la décima u onceava posición por tal o cual comité? ¿Se trata de elevar nuestros ya hinchados egos? ¿No sería mejor si el rector nos enviara un reporte anual donde se mostrara la forma en que el trabajo de la EPFL está afectando el mundo o como éste ha contribuido a resolver ciertos problemas importantes? En cambio, se nos dan estos estúpidos números que dicen a qué universidades podemos mirar con desprecio y a cuales aún debemos rebasar.

Academia: La tierra salvaje de los egos gigantes

Con frecuencia me pregunto si mucha gente en la academia viene de infancias inseguras donde nunca fueron los más fuertes o los más populares entre sus compañeros y habiendo estudiado más que ellos, ahora están en busca de venganza. Sospecho que sí, ya que es la única explicación que puedo encontrar para entender porque ciertos investigadores atacan, de mala manera, el trabajo de otros. La manifestación más común de esto tal vez sea el sistema de revisión por pares, donde estas personas abusan de su anonimato para decirte, sin términos ambiguos, que eres un idiota y que tu trabajo no vale ni un montón de estiércol.

De forma ocasional, algunos tendrán el descaro de hacer lo mismo durante conferencias, aunque todavía no he observado personalmente esto último.

Más de una vez he escuchado a investigadores de diferentes campos referirse a los métodos de otros con descripciones tan bellas como “basura” o “porquerías”, algunas veces aún extendiendo estas calificaciones a métodos pioneros cuyo único crimen es ser viejo por algunos años. A veces, estas personas descansarán de hablar mal de la gente de su misma área y cambiará su atención a otros campos – la investigación tecnológica, por ejemplo, algunas veces se burlará de la investigación realizada en las humanidades, ridiculizándola como absurda e inconsecuente, como si lo que ellos hiciera fuera más importante.

Academia: El truco más grande que alguna vez realizó fue convencer al mundo de que era necesaria

Tal vez la pregunta más crucial que la gente en la academia debería preguntarse a sí misma sea esta: “¿Realmente somos necesarios?”. Año tras año, el sistema toma toneladas de dinero vía cualquier forma de becas y subvenciones. Mucho de este dinero después se ocupa en pagar a subvalorados y malpagados estudiantes de posgrado quienes, con o sin la ayuda de sus tutores, producen algún resultado. En muchos casos, estos resultados son incomprensibles para todos excepto para un pequeño círculo, lo cual hace difícil calificar su valor de una forma objetiva. En algunos casos raros, la incomprensibilidad es de hecho justificada. El resultado puede ser tan poderoso, pero puede requerir tanto desarrollo matemático, que realmente se requiera un doctorado para entenderse. En muchos casos, sin embargo, los resultados pueden requerir muchas matemáticas, pero puede llegar a ser inútil en aplicación.

Esto está bien, porque el progreso real es lento. Lo que es molesto es cuantas subvenciones se le pueden sacar a un resultado puramente teórico antes de que los investigadores se decidan a producir algo útil y práctico. Peor aún, muchas veces parece no haber una necesidad en la gente en la academia de ir y aplicar su resultado, aún cuando esto es posible, lo que probablemente se deba a su miedo al fracaso – se está moralmente a gusto investigando sus propios métodos siempre y cuando estos funcionen en teoría, pero nada lastimaría más que ir y tratar de aplicarlo y aprender que no sirve en realidad. A nadie le gusta publicar artículos que muestren como sus métodos fallan (aunque, desde la perspectiva científica, están obligados a hacerlo).

Estos son sólo algunos ejemplos de las cosas que desde mi humilde perspectiva están mal en la academia. Otras personas probablemente podrían agregar otras y podríamos ir y escribir un libro al respecto. El problema, como lo veo, es que no estamos haciendo mucho para corregir estos asuntos y no hay mucha gente que haya aceptado que “la verdadera ciencia” simplemente es un ideal que inevitablemente desaparecerá con el sistema actual trabajando como lo está haciendo. Entonces, ¿por qué arriesgar nuestras carreras y reputaciones para pelear por una noble causa que la mayoría de la academia no valorará de todas formas?

Voy a terminar esta carta diciendo que yo no tengo la solución a estas cosas. Dejar mi doctorado no es una solución – simplemente es una decisión personal – y no animo a otras personas a hacer lo mismo. Lo que sí quiero fomentar es un tipo de conciencia y responsabilidad. Pienso que hay muchos de nosotros, ciertamente de mi generación, a quienes nos gustaría ver a la academia como un sinónimo de ciencia. Sé que a mi me gustaría, pero he renunciado a que esto suceda así que buscaré a la ciencia verdadera desde otro camino.

Hubo un tiempo en que pensé que me sentiría orgulloso de poner las letras Dr. antes de mi nombre, desafortunadamente esto ya no es así. Sin embargo, nada puede quitarme el conocimiento que he ganado durante estos cuatro años y por eso, EPFL, te estaré eternamente agradecido.

Academia: “Trabaja duro, joven padawan, para que algún día tú también puedas dirigir tu propio laboratorio”

A veces me resulta tanto divertido como aterrador que la mayoría de la investigación académica en el mundo en realidad se está haciendo por gente como yo, que ni siquiera tenemos un doctorado. Muchos investigadores, de quienes se esperaría que fueran los que empujaran la ciencia hacia adelante con sus décadas de experiencia, hacen sorprendentemente poco y sólo se aparecen para administrar a sus estudiantes, quienes se matan como esclavos en artículos que después son firmados por sus tutores en una especie de “cuota” por haberse tomado el tiempo de leer el documento (a veces, en casos particularmente desesperados, pueden incluso tratar de robar el lugar del primer autor). Rara vez me entero de tutores que realmente revisen todo el trabajo de sus estudiantes con todo rigor y detalle; la mayoría parece haber adoptado el enfoque de “si se ve bien, podemos enviarlo para su publicación”.

Gene Bunin
http://www.las2orillas.co/la-academia-es-ciencia-es-negocio/

20 de mayo de 2015

CORRUPCIÓN

Quizás una de las graves enfermedades que aqueja nuestra estructura social es la corrupción, que permea prácticamente todas las instituciones nacionales.

Son muy mediáticos los casos de corrupción oficial, de la que no se escapa prácticamente ninguna entidad... corrupción en la salud, en la contratación, en las fuerzas armadas, en las alcaldías, en las gobernaciones, en los institutos descentralizados, en las altas cortes.

Pero muy poco de habla de la corrupción en el sector privado. Miembros de juntas directivas o presidentes de compañías que se aprovechan de información confidencial privilegiada para, por intermedio de testaferros, hacer negocios en su beneficio personal. Jefes de compras que reciben comisiones de los proveedores para favorecerlos con pedidos. Y es tan corrupto el que recibe la “coima” como el que la ofrece.

Altos empleados que piden reintegro de gastos que no efectúan. Gerentes que con la complicidad de contadores y revisores fiscales, maquillan la información para volver buenos resultados unas pésimas gestiones.

Empresas competidoras entre sí, que forman “carteles” para manipular mercados, precios y territorios. Vendedores que tienen contrato de exclusividad con una empresa pero que manejan otras líneas que compiten con las de la compañía que les paga.

Y así, múltiples formas de corrupción en el sector privado que cuando se destapan se resuelven casi siempre con el despido del funcionario. De ahí no pasa. El corrupto, muy orondo, vuelve a ser contratado sin ser sometido a ningún tipo de sanción moral o económica.

En el sector público, escasas, pero se dan sanciones pecuniarias y morales para los corruptos. Qué tal si las empresas privadas adoptaran un código de conducta para informar, por ejemplo, a las Cámaras de Comercio el nombre de esos funcionarios de forma que esas listas se puedan consultar públicamente.

Seguramente dirán que eso atenta contra la libertad individual o contra el libre desarrollo de la personalidad. Pero es urgente que se tengan herramientas efectivas para combatir quizás el mayor mal de nuestra sociedad.


Julio César Tettay  Calle
http://www.elcolombiano.com/cronologia/noticias/meta/julio-cesar-tettay-calle

16 de mayo de 2015

CODIFICAR LA ÉTICA

En otro momento hablábamos de la moda o proliferación de códigos éticos, impuesta entre instituciones públicas, e incluso algunas empresas. Pues bien, recientemente, como se informó, una formación política presentaba también su Código Ético. Y pensamos, en voz alta, por qué diantres hay que elaborar un código ético cuando realmente la ética es una virtud que debe caracterizar al hombre. Decía Aristóteles: “El hombre virtuoso sabe conducirse bien y seguir el camino recto”, y subraya que la virtud es “un medio entre dos vicios, que pecan uno por exceso, otro por defecto”.
O lo que es lo mismo. La ética, la moral, la virtud, reside en la persona, pues cada uno ha de obrar en consecuencia con unos principios morales, dado que de no hacerlo, es actuar “amoralmente” y esto, en aquellos que se dedican o se quieren dedicar a la política, es una exigencia de primer nivel.
Parafraseando al filósofo griego antes mencionado, “la ciencia política y la prudencia son una sola y misma disposición moral”. Pues bien, Anova, en su anunciado código ético, afirma que les “guiará” su actuación si consiguen algún escaño en la nueva corporación municipal y afirman que dimitirán si hacen una “mala gestión o incumplimiento flagrante y no justificado del programa”. Y por supuesto, rechazan regalos y privilegios y abogan por “finanzas éticas”.
Sobre el papel todo queda muy bonito, pero en realidad, ¿es necesario un código que regule el comportamiento de la clase política? A priori, toda aquella persona que ejerza la política, ¿no se da por hecho que es honesta?...
Como decimos, mal andan las cosas si tenemos que regular la actuación pública de quienes aspiran a algún resorte del poder. Y por supuesto, la ética no es necesario “codificarla”. Esto es un invento de la modernidad con el que se pretende paliar la carencia de bondades en toda aquella persona que pretende desempeñar una función al servicio del ciudadano y a la que accede mediante sus votos.
Juan José Feijóo

http://www.laregion.es/opinion/juan-jose-feijoo/codificar-etica/20150515083526543789.html

25 de abril de 2015

AGNOSTICISMO Y ATEISMO

El agnosticismo es aquella postura filosófica o personal que, a grandes rasgos, considera inaccesible para el ser humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende o va más allá de lo experimentado o experimentable. Mientras que el ateísmo niega la existencia de un dios como ente sobrenatural en el que se concentra lo divino y permite creer en eventos sobrenaturales que trascienden lo experimentable, el agnosticismo es una doctrina basada en las observaciones y experiencias, y por lo tanto declara como inaccesible todo fenómeno que escape de la experimentación o reproducibilidad.

El término 'agnosticismo' fue acuñado por el profesor T.H. Huxley en una reunión de la Metaphysical Society en 1876. El definió a un agnóstico como alguien que niega tanto el ateísmo ("fuerte") como el teísmo, y cree que la cuestión de si existe un poder superior es indeterminable e irresoluble. Otra forma de decirlo es que un agnóstico es alguien que cree que no sabemos ni podemos saber con certeza si Dios existe.

La palabra agnóstico es de origen griego. A diferencia de los Gnósticos, los agnósticos consideran cuestionable la existencia y evidencias de un Dios como entidad suprema. No suponen hablar de ninguna verdad como absoluta por no poder ser demostrada. Suponen ciertos conocimientos por considerar que el humano no va más allá de su propia existencia. Alegan que para saber si una verdad es absoluta se debería conocer la eternidad de posibilidades y no seria posible ya que el cerebro humano posee límites.

Es una tendencia que suelen tener los gnósticos luego de comprender que tomar ciertos conocimientos como hechos o verdades seria idóneo. Pero si lo toman en cuenta como simples pautas de suposición para comprender otras circunstancias y poder llevar a cabo diferentes comunicaciones, para el progreso y aprendizaje.

 Últimamente, la creencia en una realidad indetectable y trascendente ha acabado en la fe antes que en la razón. Las iglesias han convencido a la mayor parte de la raza humana de creer en lo increíble, darle crédito a lo inverosímil, racionalizar lo irracional. Un ateo es alguien que no puede creer en algo que no tiene base racional, que es nada más que una fantasía y una delusión arrastrada desde la infancia ignorante y supersticiosa de la raza humana.


Cuando se es miembro de alguna religión, no se es libre de usar el propio juicio. Se espera que se aplace el juicio por el de otros que aseguran tener autoridad sobrenatural. Y desde el momento en que ellos no ofrecen evidencia para avalar lo que dicen excepto su propia palabra, se te pide que evites usar tu propio intelecto en el proceso.

27 de marzo de 2015

MÁS DÓCILES Y MÁS COBARDES

El ‘smartphone y la tableta invaden todas las esferas de la vida cotidiana. Además de sus múltiples virtudes, los dispositivos electrónicos han conseguido atomizar a la sociedad y ahora estamos cada vez más solos.

El filósofo italiano Giorgio Agamben, en su inquietante ensayo titulado ¿Qué es un dispositivo?, llega a la conclusión de que hoy tenemos “el cuerpo social más dócil y cobarde que se haya dado jamás en la historia de la humanidad”. Esa docilidad y esa cobardía que Agamben percibe está relacionada con los teléfonos móviles y con las tabletas a las que vive conectado un habitante común del siglo XXI.

Pero estos aparatos electrónicos, que son el punto en el que termina el ensayo, no son más que la evolución de los dispositivos que han modelado el comportamiento y los destinos de la humanidad desde hace siglos. ¿Qué es un dispositivo? Agamben echa mano de las ideas de Michel Foucault, de Jean Hyppolite y de Hegel para establecer que el dispositivo es eso que tiene “la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes”, y esto incluye no solo las instituciones como la escuela, las fábricas, la religión, la constitución y el manicomio.

También son dispositivos “la pluma, la escritura, la literatura, la filosofía, la agricultura, el cigarrillo, la navegación, los ordenadores, los teléfonos móviles y —por qué no— el lenguaje mismo, que quizás es el más antiguo de los dispositivos”. En suma, Agamben divide al mundo en dos grandes clases: los seres vivientes y los dispositivos, que forman una intricada red que, inevitablemente, nos condiciona, nos hace pensar, reaccionar y conducirnos de una manera determinada, aun cuando nosotros estemos muy convencidos de nuestra originalidad.

Pero el filósofo italiano termina su ensayo precisamente en cuanto aparecen el smartphone y la tableta, que han venido a revolucionar, y a multiplicar de manera masiva, esos dispositivos que nos han acompañado desde el principio de los tiempos, pues ninguno de estos, ni las fábricas ni los manicomios ni el cigarrillo ni la agricultura, han sido tan invasivos, ni han gozado de tanta impunidad como las tabletas y los teléfonos móviles, que son también, a su vez, dispositivos, y que invaden absolutamente todas las esferas que conforman la vida cotidiana de un individuo.

Además, invaden, a diferencia de aquellos dispositivos altamente invasivos como la religión, o las dictaduras, o el capitalismo rampante, de manera rigurosamente personal, más bien de forma personalizada, en un permanente y muy íntimo tête à tête con el usuario de la tableta o el teléfono. Y no hay que dejar de lado otra diferencia con los dispositivos invasivos, la de que el usuario tiene en alta estima a su aparato electrónico, lo lleva a todos lados, no puede vivir sin él, lo ama y le preocupa que su aparato envejezca y caiga en desuso, le preocupa no estar al día, le agobia que su dispositivo no sea ventana suficiente para mirar, y empaparse, de todos esos millones de dispositivos que son las páginas web, las redes sociales, las aplicaciones que sistematizan y propagan los millones y millones de dispositivos que están ahí palpitando, a un solo clic de distancia, listos para que el usuario voraz los consuma, los digiera y, a la postre, se deje conformar por estos.

Antes de los teléfonos móviles, y de los ordenadores, el individuo gobernaba mejor su relación con los dispositivos, tenía espacio para reflexionar, la información se administraba con una velocidad de escala humana; hoy la escala es la velocidad de la luz y en ese batiburrillo de pronto el planeta entero, como sucedió hace unos días, debate si el vestido que llevaba una señora a una boda era blanco y dorado, o azul y negro. ¿La discusión sobre el color del vestido era importante?, seguramente no, pero era la que con más fuerza entraba por los aparatos electrónicos y esto nos da una idea de la nueva jerarquía que establece el siglo XXI.

Tiene razón Giorgio Agamben cuando dice que nunca en la historia de la humanidad la sociedad ha sido tan dócil y tan cobarde, quizá porque nunca habíamos consumido tantos dispositivos, estamos permanente distraídos, con la atención puesta en demasiadas cosas simultáneamente y eso nos hace vulnerables, hemos abierto demasiadas puertas y la atención que requiere atenderlas a todas nos va condenando poco a poco a la individualidad, nos va convirtiendo en individuos que se bastan a sí mismos, que pueden prescindir, cada vez con más confort, de la vida en comunidad.

Los teléfonos y las tabletas, además de sus múltiples virtudes, también han conseguido atomizar a la sociedad y quizá por esto, porque estamos cada vez más solos somos hoy más dóciles y más cobardes. Y en esa rotunda soledad a la que nos invita la tableta, estamos expuestos permanentemente al discurso oficial de este milenio, que es el de la preocupación de los Estados por la salud de sus ciudadanos, y la preocupación de las familias por la salud de sus individuos; vivimos bombardeados por millones de dispositivos que nos hacen ver, con una insistencia francamente sospechosa, lo perjudicial que puede ser fumar, beber alcohol, consumir grasas saturadas, no hacer ejercicio; una batería de dispositivos del miedo al envenenamiento corporal, a la decadencia física, al peligro, que atemorizan al individuo y que, seguramente, tiene que ver con eso de que somos el grupo humano más dócil y más cobarde que ha producido la humanidad.

Observemos, desde nuestra individualidad atómica, lo que ya ha pasado, en este siglo que apenas comienza, con el acto de sentarse a mirar la televisión, que en el siglo XX sustituyó al acto colectivo de sentarse alrededor del fuego; el televisor estaba en el salón y la casa gravitaba entorno a él, como también pasaba con el tocadiscos: la tele y la música eran dos grandes pretextos para convivir con el otro.

Hoy este paisaje doméstico ha sido erradicado, se ha atomizado, cada individuo mira lo que quiere en su tableta, en su habitación y en solitario y, el aparato de televisión, que se parece cada vez más a un monitor de ordenador, o a una pantalla de cine, subsiste gracias a las películas y a los partidos de fútbol, los dos espectáculos que son capaces, todavía, de congregar a un grupo de personas que atiende a una sola propuesta. Desde luego que la tableta tiene enormes ventajas sobre la televisión, no está sujeta a un horario, se puede hacer una pausa o repetir una escena, se pueden ver producciones de todo el mundo y puede evitarse la publicidad; pero estas contundentes ventajas solo lo serán de verdad si somos conscientes de lo que esa misma tableta nos ha arrebatado.

La imagen que ilustra de verdad la atomización que producen estos aparatos electrónicos, es la del individuo que escucha música enchufado a unos cascos. La calle está llena de gente que lleva cascos, cada vez más ostentosos, y que con frecuencia van cantando la canción que solo ellos oyen; van atendiendo parcialmente los accidentes del camino y transmitiendo a los que se topan con ellos, el mensaje que pretendo atrapar desde que comenzaron estas líneas: aquí voy, en medio de la multitud, completamente solo.
Pensemos en lo que era escuchar música en el siglo XX, era el acto colectivo por excelencia, se ponía un disco que oían los demás y la obra musical generaba una conversación, un intercambio de ideas, una convivencia, cosa que todavía puede hacerse hoy pero que ya ha caído en desuso, porque lo de hoy es lo atómico, el individuo solo con sus cascos. Y como complemento de esta nueva tendencia, también la música se ha atomizado, ya nadie escucha un disco completo, la música se vende por canciones, a pedazos.

Pensando desde la paranoia, parece que alguien se ha puesto a aplicar aquella máxima de divide y vencerás, o mejor: atomiza y tendrás una multitud de individuos solitarios, dóciles y cobardes.

Jordi Soler

http://elpais.com/elpais/2015/03/16/opinion/1426529697_159621.html

27 de febrero de 2015

SOLUCIÓN DE CONFLICTOS

Las relaciones entre las personas están determinadas por la aparición de conflictos que surgen de las formas diferentes de ver la realidad y comprender el mundo social. Cuando los conflictos no tienen una solución racional se convierten en violencia y esta puede desestabilizar cualquier organización social.

Como norma universal es importante la búsqueda del control entre las partes afectadas. Para lograrlo es necesario la prudencia y la decisión de reprimir la ira que surge entre ambos.

El manejo del tono de la voz produce efectos positivos, de ahí la importancia de no gritar y de tener templanza y capacidad de manejo de los actos emotivos. Esta condición disminuye el nivel de agresividad y genera posibilidades de acuerdos racionales.

La tendencia del ser humano a vencer en todos los momentos de la vida, le permite usar esta condición para que el contrincante sea el ganador. En el fondo cuando al otro se le concede la razón, este baja su nivel de agresividad y se presenta dispuesto a la negociación. La aparente derrota se convierte en una gran victoria sobre sí mismo.

Cuando sea necesario realizar una crítica de un evento social es importante hacerla con lealtad, desarrollarla en forma serena y sencilla, y sobre todo pensando en el otro, en su bien. Es preciso, y representa un reto, ser fuerte, prudente y recto para actuar de esta manera.

Las formas de actuación de las épocas pasadas deben ser retiradas del proceso de negociación. No es condición sinequanon echarse los errores de cada una de las partes afectadas. Ambos deberán estar en iguales condiciones y esto permite una aproximación más rápida y racional en la solución del conflicto.

La tenacidad y la perseverancia representan las virtudes, que deben mover a las partes, en el logro de acuerdos que beneficien a ambos. Es necesario ceder y conceder para el logro de la paz. Frente a esto es necesario hacer uso de la claridad y de la humildad para reconocer la parte de culpa propia, el olvido de los rencores y la confianza en el otro.

El ser humano y las organizaciones sociales son receptivas de mensajes constructivos, de reconocimiento y de loas que redunden en su propio crecimiento, por ello es importante expresar ideas y conceptos que en cierto modo, vituperen la condición de ser significativo en lo social. Las partes involucradas en el conflicto deben desempeñarse con cordialidad y galantería.

El respeto por los actos equivocados del otro genera confianza y se debe estar dispuesto para admitirlos con sinceridad y sencillez. El errar es de los humanos pero cuando se admite este y se pide perdón con humildad, el hombre mismo y la sociedad perdonan. Esto es la representación de la máxima condición de lo humano. Por eso siempre se quiere vivir en paz.

Estratégicamente si una de las partes decide no pelear, el otro se siente que tiene que bajar su nivel de actor en el conflicto y por eso el que está equivocado es el que más habla. El más racional está más sereno y es el que mejor puede ceder.


En la solución de los conflictos sociales es necesario aplicar el refrán: “ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre”. Debemos encontrar la distancia correcta.

23 de enero de 2015

CULTURA CIUDADANA: UNA CONDICIÓN HUMANA

Es preocupante que a pesar del incremento de la escolaridad promedio en nuestra población, cada día seamos testigos de actos que son manifestación de un actuar pre convencional, infantil, que revela deficiencias graves en la socialización básica y falta de la más mínima apropiación de una cultura cívica que nos permita unas condiciones mínimas para vivir en sociedad y proteger el hábitat, patrimonio de todos.

Preocupa al caminar por el centro de nuestras principales ciudades, el nivel de basura en nuestros andenes, calles, lotes sin construir y otros espacios públicos, generado por una inadecuada disposición de estos residuos sólidos por establecimientos comerciales y familias, a la vez, que por la ofensiva costumbre de tirar al suelo papeles, botellas y elementos de desecho sin hacer el mínimo esfuerzo por buscar un recipiente para su adecuada disposición.

Ciudadanos de todos los estratos, arrojan a la calle, desde automóviles particulares y buses, todo tipo de basuras como si ésta fuera el lugar natural de los mismos; estudiantes de educación básica, media y superior en sus cafeterías, aprenden a convivir con la basura, el desaseo y los desperdicios arrojados por ellos mismos como si esta situación fuera lo normal.

Definitivamente estamos fallando todos los educadores, desde los padres de familia, donde se inicia la socialización primaria, los planteles de educación básica y media, las universidades y finalmente el Estado conductor de las políticas públicas. Da pena al llevar a visitantes europeos y de otros países con mayor desarrollo a algunos sitos de nuestras ciudades, el tener que caminar en medio de basuras y del desaseo y el abandono.

Nos hemos acostumbrado a un mundo altamente contaminado con los residuos generados por nosotros mismos sin pensar que esos basureros callejeros además de afear la ciudad y mostrar nuestra falta de cultura, son un caldo de cultivo de roedores y gérmenes que atentan contra la salud pública. Igualmente es preocupante que quienes son los encargados de recoger las basuras en muchos casos lo realizan de una manera tan poco técnica que terminan repartiendo parte de lo recogido por las calles y espacios públicos. Los habitantes de calle a quienes no hemos educado y los animales domésticos callejeros, contribuyen al problema al romper las bolsas de basura y regar mucho de este material de desecho alrededor de los sitos de disposición provisional de las bolsas de basura.
  
Lo anterior nos lleva a la necesidad de diseñar programas integrales para concientizar a los ciudadanos, desde niños, de la importancia de una adecuada disposición de los residuos sólidos en los núcleos urbanos, de una adecuada educación desde la infancia en el respeto por el medio ambiente y por los congéneres, que no queremos ver convertidas nuestras ciudades en basureros crecientes y de la creación de una cultura del reciclaje que además de generar recursos para los grupos que laboran en esta actividad, permitan la utilización posterior de mucho material, produciendo dinero importante para la sociedad y evitando que al no de ser reutilizado siga contaminando por largos períodos de tiempo.
  
Si los programas del Estado, no se apoyan en las entidades educativas y en especial en preescolares y centros de educación básica y media, no lograremos un cambio cultural positivo que evite convertir a nuestras ciudades en desagradables basureros. Los niños y los jóvenes con educación son los que deben cambiar esta situación.

José M. Maya M.

http://www.larepublica.co/promovamos-una-cultura-c%C3%ADvica-en-nuestras-ciudades_211536

15 de enero de 2015

DE CÓMO YIHADISTAS CONQUISTAN A JÓVENES

El ser humano tiene que obrar con criterio propio. No puede dejarse manipular. Tiene que tener su propia capacidad de decisión. Ramiro Pérez Alvarez

Steffi, una joven alemana que se convirtió al islam, cuenta cómo fue reclutada en Internet por salafistas fundamentalistas y llegó a pensar unirse a la Guerra Santa. Hace dos años logró liberarse del grupo radical.

“Te dicen que formarás parte de una familia y, si te unes a la Guerra Santa, te prometen el paraíso”, dice Steffi, de 25 años de edad, que estuvo ocho años en las filas del salafismo en Alemania. “Los videos que muestran son tan sugestivos, que tuve una fase en la que llegué a pensar que tenía que unirme a su lucha terrorista”, dice la joven alemana, hoy exsalafista, que fue reclutada cuando tenía apenas 15 años.

“Aún no me puedo explicar por qué. A pesar de que antes no era religiosa, la propaganda de los salafistas logró convencerme”. El papá de una compañera de la escuela, que era imán, invitó a la chica alemana a su mezquita y pronto dejó de ser miembro de la iglesia católica para convertirse al islam, aprendió a rezar el Corán y a cubrirse la cabeza con mantos. Steffi también se unió a un grupo yihadista presente en Facebook.

Una joven que incita al asesinato

“Yo no era consciente de lo que hacía y acabé aceptando lospostings con ideas radicales que me llegaban”, dice Steffi. Poco a poco esta chica fue adoptando las posturas radicales que leía y escuchaba y empezó a acosar a quienes no fueran musulmanes. Steffi llegó incluso a llamar al asesinato de esas personas.

La situación de Steffi se volvió cada vez más insoportable: “Yo ya no podía decidir libremente. Mi horizonte se cerraba y ya no podía pensar sino lo que me ordenaban. No les gustaba que mi exmarido no orara mucho, porque era más liberal, y quisieron obligarme a abandonarlo, irme a Afganistán y casarme con un muyahidín”.

Si bien no aceptó irse a Afganistán, Steffi perdió a muchos de sus antiguos amigos. La relación con sus padres siempre fue difícil y conflictiva. Ellos no se preocuparon por su futuro, ni siquiera cuando vieron que sus ideas eran cada vez más radicales.

Entrar es fácil, salir puede costar la vida

Pero Steffi logró salir del infierno el que se metió sin la ayuda de sus padres. Las primeras dudas sobre su errado camino le surgieron cuando escuchó las prédicas de Denis Cuspert, hoy uno de los más conocidos miembros del grupo terrorista Estado Islámico que “alababa las ventajas del paraíso y prevenía contra los no creyentes”.

“Las palabras de Cuspert me hicieron recapacitar porque de él esperaba importantes enseñanzas religiosas y no que hablara solo de muerte o de que me tenía que cubrir toda la cara”. Steffi llevaba un pañuelo que cubría su cabello, algo que no le gustó a las mujeres radicales del grupo, que empezaron a difundir mentiras sobre ella en Facebook, como “que conocía muy poco el islam o que era una espía”.

Eso rebozó la copa y se dijo “¡Basta!. Ese no es el islam que yo busco”. Su salida duró seis meses más. Hoy, Steffi termina sus estudios medios y frecuenta una mezquita de una comunidad liberal. Más adelante quiere ayudar previniendo a otros jóvenes, visitando escuelas y colegios para contar la historia de cómo se envolvió con radicales islámicos y de cómo se desprendió de los mismos. Steffi concluye: “Eso es pura violencia, la que reina en ese medio. Y la mayoría de los chicos no pueden salir sin ayuda externa”.

http://www.dw.de/de-c%C3%B3mo-yihadistas-conquistan-a-j%C3%B3venes/a-18195223