SOMOS POLVO DE ESTRELLAS

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19 de marzo de 2008

EL BIEN MORAL. OBLIGATORIEDAD

EL BIEN MORAL, SU NATURALEZA Y OBLIGATORIEDAD

El bien es el fin de todas las acciones del hombre. Todas las artes, todas las indagaciones metódicas del espíritu, lo mismo que todos nuestros actos y todas nuestras determinaciones morales, tienen al parecer siempre por mira algún bien que deseamos conseguir; y por esta razón ha sido exactamente definido el bien, cuando se ha dicho, que es el objeto de todas nuestras aspiraciones.

El fin supremo del hombre es la felicidad. Vivir bien, obrar bien es sinónimo de ser dichoso.

El bien moral coincide con el bien completo de la persona en la medida exacta en que ese bien está en juego en la conducta humana y ha de ser realizado a través de ella. El bien de la persona es fin moral de la acción libre, y su bien pleno o completo tiene carácter de fin moral último de la conducta, llamado también felicidad.

La moralidad de los actos está definida por la relación de la libertad del hombre con el bien auténtico. El obrar es moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad están conformes con el verdadero bien del hombre y expresan así la ordenación voluntaria de la persona hacia su fin último. El obrar es moralmente bueno cuando testimonia y expresa la ordenación voluntaria de la persona al fin último y la conformidad de la acción concreta con el bien humano tal y como es reconocido en su verdad por la razón

La perspectiva del bien de la persona como fin aparece necesariamente ligada a la esencia de la acción libre: querer es abrirse intencionalmente a un fin alcanzable o realizable y ese abrirse es auto referencial.

La noción de fin último o felicidad así obtenida es el motivo o la razón formal universal a la que natural y necesariamente responde en último término todo querer deliberado. En ese sentido se dice que la felicidad o vida feliz es el fin último querido natural y necesariamente por todos y cada uno de los hombres.

La felicidad como razón formal última y natural del querer no es un bien concreto, de naturaleza material, o ideal, que la persona se propone libremente como fin de sus actos, sino el término último que corresponde, por naturaleza y no en virtud de una decisión libre, a la intencionalidad básica y fundamental de todo el dinamismo voluntario.

Es el horizonte natural de la voluntad, al que queda necesariamente referido todo lo que queremos y decidimos. Al desear algo, al dar un determinado rumbo a nuestra vida, estamos necesariamente proyectando y dando un contenido concreto a nuestra felicidad; nunca elegiríamos algo porque destruye o hace imposible la vida feliz.

La universalidad e indeterminación de la razón formal de felicidad, a la vez que hace posible la libertad de elección ante los bienes concretos, plantea la tarea de convertir ese ideal indeterminado en un proyecto concreto de vida.

Concepto del bien

En cierto sentido podemos definir bien como el objeto que es bueno y que produce un estado de gratificación. El bien es simplemente el bien, irreducible, inanalizable e indefinible.

El bien se define como placer, calidad de deseable, evolución, vida conforme a la naturaleza, y otros conceptos similares.

Aristóteles empieza su Ética con la declaración: "el bien es aquello que todas las cosas persiguen". Esto no debe tomarse como una definición del bien, sino solamente como un reconocimiento de la relación entre el bien y el fin. Dice que el fin es "aquello por amor de lo cual una cosa es hecha"

El hombre tiene también una naturaleza, el origen del dinamismo interno de su ser, que hace que sea natural para el hombre buscar el bien como su fin. Algunos seres tienen una naturaleza libre, están construidos para actuar libremente y es natural para ellos dirigirse ellos mismos a su fin por elección libre. Otros, en cambio, carecen de libertad y siguen automáticamente las pistas que su naturaleza les ha trazado.

Todo fin es un bien y todo bien es un fin un fin no se perseguiría a menos que fuera algo bueno para el que lo persigue, y el bien, al ser perseguido, es el fin o propósito del afán de quien lo busca.

El bien como fin, como perfeccionante, como bien para, posee varios significados, de entre los cuales debemos aislar el bien moral. Todo ser posee cierta cantidad de bondad física, que consiste en una integridad de sus partes y en una competencia de actividad.

Debido a que no todo es bueno para todo, corresponde al juicio humano decidir cuáles cosas son buenas para él. Los juicios humanos están sujetos al error y, por consiguiente, el individuo podrá tomar el bien aparente por el bien verdadero. El bien moral ha de ser siempre el verdadero bien.

El bien moral, además de poder ser también útil y placentero, es siempre y necesariamente el bien apropiado. La ordenación racional del acto humano hacia el bien en toda su verdad y la búsqueda voluntaria de ese bien, conocido por la razón, constituyen la moralidad.

Este análisis del bien muestra que la conducta humana ha de estar dirigida siempre en algún sentido hacia el bien, pero que éste no siempre es el bien moral. El hacerlo bien moral, tal es el propósito de la vida y tal nuestra responsabilidad.

El bien como deber ser

La norma de conducta más elemental es la de hacer el bien y evitar el mal. Esta sencilla premisa universalmente aceptada como norma moral entraña una serie de parámetros que por primarios o elementales no dejan de tener una enorme trascendencia en la concepción del ser.

· El ejercicio del bien como determinación voluntaria es signo de la libertad humana.

· El ejercicio del bien en cuanto a su proyección entre seres es signo de relación, de acto social.

· El ejercicio del bien en cuanto ordenamiento es signo de una estructura cósmica.

Desde el análisis del bien se puede efectivamente ir penetrando en la estructura del ser fundamentando la existencia de una moral directiva de la conducta.

Lo que es más importante distinguir es que hacer el bien y evitar el mal se oponen con dos distintos tipo tipos de oposición lógica. Hacer el bien se opone contradictoriamente a hacer el mal en cuanto que el ejercicio del bien necesariamente supone una negación del mal; pero en el sentido contrario la oposición lógica es de contrariedad, pues de evitar el mal no se sigue necesariamente el acto volitivo del ejercicio del bien.

El bien, según acabamos de ver, es objeto de nuestro afán constante. No nacemos como poseedores del bien, sino como buscadores constantes de él. Nuestra existencia es un paso de la capacidad a la realización, de la potencia a la actualidad, de la perfectibilidad a la perfección. Nuestra vaciedad pide ser llenada, y todo aquello que satisface nuestro apetito es llamado bien. En esta forma, el bien se presenta a nosotros como un fin.

Todo bien, excepto el bien moral, es optativo, en tanto que el bien moral es necesario. No hay manera de substraerse a las exigencias de la moral, al imperativo de vivir una vida buena y de ser, así, una buena persona.

Este carácter obligatorio del bien moral es lo que se impone a aquellos que ven la ética principalmente en términos de deber. No es tanto la belleza del bien lo que los invita sino la voz severa del deber que los llama.

Todo lo que hago expresa en alguna forma mi personalidad, pero el uso de mi libertad es el ejercicio real de mi personalidad única en cuanto constitutiva de mí ser más íntimo.

Según que acepte o rechace el bien moral, subo o bajo en mi propio valor como hombre. El bien moral proporciona la escala con la que necesariamente me mido a mí mismo, con la que me juzgo inevitablemente a mí mismo. Este juicio no es meramente una opinión subjetiva, sino una apreciación objetiva de mi verdadero valor en el orden de las cosas.

Según que subrayemos el bien como fin o el bien como deber, tenemos dos variedades principales de ética, a saber: la ética teleológica la ética deontológica. Una oposición desafortunada de estos dos puntos de vista ha inficionado el estudio entero, como si debiéramos optar ya sea por una ética de los fines y consecuencias o por una ética de la ley y la obligación o, en una palabra, por una ética de la felicidad o por una ética del deber.

Una consecuencia social muy importante de la moral del bien es la de que todo hombre, con independencia de sus circunstancias e historia personal, puede ejercer el bien; lo que le constituye en un ente moral bueno, positivo, contribuyente al bien común.

La represión del mal, por sí solo, no construye sociedades en progreso, es necesario para las mismas la catarsis hacia la promoción de la educación en el ejercicio del bien como norma moral fundamental del hombre y de la sociedad.

Categorías de bienes humanos fundamentales

Existe un grupo de bienes que responden al hecho de que las personas humanas son sustancias orgánicas, y pueden agruparse bajo el encabezamiento: vida. Esta categoría incluye la preservación de la vida: los llamados: asuntos de vida o muerte.

Un segundo grupo de bienes reflejan el hecho de que las personas humanas son racionales; se les puede poner como etiqueta la de: conocimiento especulativo. Como bien humano fundamental, este es un conocimiento que se busca por si mismo, no como medio para alcanzar un fin. Podría decirse que buscamos este conocimiento simplemente para satisfacer la curiosidad.

Asimismo, en correspondencia con el carácter racional de las personas y el impacto de la inteligencia en la sensibilidad humana, aparece un grupo de bienes relacionados con la experiencia estética, la apreciación de la belleza, Esta incluye no sólo el disfrute con las obras de arte de la música y la pintura, sino también otras experiencias, diferentes al menos superficialmente. El placer que se siente al contemplar un paisaje bello puede constituir una experiencia estética, y también puede serlo el placer de ver un partido de fútbol en la televisión.

En el otro extremo de la experiencia estética, existe un cuarto grupo de bienes, derivados del hecho de que las personas son a la vez racionales y animales, que se refieren a las propias habilidades. En un sentido muy amplio, estos bienes pueden etiquetarse bajo la categoría de: juego. El trabajo puede ser una forma de participar en este bien, que esencialmente implica una transformación del mundo natural, dándole valor y significado a través de una actuación hábil.